El chori de la esquina de Génova

A las cinco de la tarde, Rosa Ledesma ya tenía la parrilla armada en la esquina de Génova y Avellaneda, como cada vez que Central jugaba de local. Eran las mismas cuatro patas, el mismo tambor cortado al medio, el mismo olor a carbón que se le había metido en el pelo hacía treinta y cuatro años. Lo único distinto era el papel que llevaba pegado con cinta en la heladera de telgopor: un código QR, un número de puesto y una cuadra nueva.

—Parque Alem, Rosa —le había dicho el inspector esa mañana, con la tablet en la mano y mucha amabilidad—. Es un lugar lindo, con sombra. Y acá, en la vereda, no se puede prender fuego. Ya lo hablamos.

Lo habían hablado, sí. Había ido a la reunión con los vecinos, había escuchado a la señora del tercer piso que ya no podía abrir las ventanas en los días de partido, y había pensado que tenía razón. Eso era lo peor. Tenía razón la señora, tenía razón el inspector, y Rosa se quedaba parada con una pinza en cada mano y ninguna razón para enojarse.

Esa noche jugaban contra Belgrano, a las diez. Faltaba poco para la primera fecha de todo el año, y el barrio ya era una sola fila de motos, camisetas azules y amarillas y chicos con las caras pintadas. Rosa acomodó los chorizos en dos hileras. Debajo de la mesa tenía una bolsa de nylon negra que había traído de su casa y no había abierto.

—¿Qué tenés ahí, abuela? —preguntó Abril, su nieta, que a los diecinueve ya sabía cortar pan sin mirar.

—Nada. Una cosa.

La cosa era un foco. Más precisamente, era una luminaria vieja del Gigante, de las que el club había puesto a la venta entre los hinchas cuando cambió las luces por unas led. Rosa había hecho la cola un miércoles, con el termo, entre señores que hablaban de goles de hacía treinta años como si hubieran sido el domingo anterior. Había pagado y se la había llevado en una carretilla prestada, tapada con una frazada para que nadie preguntara.

Pensaba prenderla alguna vez, aunque no sabía bien cómo. Su marido, Beto, se había ido hacía seis años, y de todos los partidos que habían vendido juntos, el que más recordaba era uno de noche, cuando se cortó la luz en la manzana y la única claridad de la esquina fue la de la brasa y la del reflector de la cancha, que se veía de lejos por encima de los techos. Beto había dicho entonces: «Mientras ese esté prendido, nosotros trabajamos». Y habían trabajado.

A las siete llegaron los primeros clientes. Un padre con un nene en hombros, dos pibes en moto, un hombre grande que siempre pedía el chori sin nada y le daba la mano antes de pagar. Rosa servía y cobraba y no miraba a nadie. A las ocho y media apareció el inspector de nuevo, con otro chaleco, y se paró a cierta distancia con las manos atrás.

—Rosa, el operativo arranca a las nueve. Yo sé que es difícil.

—No es difícil —dijo ella—. Es mi esquina.

—Ya lo sé. Pero se la pido por favor. Hoy ya tiene el lugar en el Parque, está marcado con su número. Acá no puedo dejarla prender fuego.

Abril se acercó y le tocó el codo. Rosa miró la esquina, la medianera pintada de azul y oro, la parada del 133, la ventana del tercer piso donde la señora ya había cerrado las persianas. Miró la parrilla, y por primera vez en todo el día se le aflojaron los hombros.

—Dame diez minutos —dijo—. Para apagar como corresponde.

El inspector asintió y se alejó. Rosa se agachó, abrió por fin la bolsa negra y sacó la luminaria. Pesaba más de lo que recordaba. Tenía el vidrio rayado y una marca de óxido en el borde, y adentro todavía se veía la forma del filamento, quieto, como un pelo en una carta. Se la dio a Abril.

—Llevala vos. Para el Parque. Colgala del toldo.

—Abuela, esto no prende.

—Ya sé que no prende. Pero es el que alumbró acá treinta años. Que lo vea el barrio, aunque sea apagado.

Cargaron todo entre las dos: la heladera, las bandejas, el tambor ya sin brasas, y la luminaria envuelta en la frazada, con el cuidado con que se lleva a un nene dormido. Caminaron las cuadras hasta el Parque Alem entre la gente que subía hacia el estadio, a contramano, como quien vuelve de un lugar al que nadie más va.

El puesto tenía su número pintado en el piso, un 14 en blanco. Había sombra, había un árbol, había un cesto de basura que no era de nadie y un baño químico que alguien había alquilado entre varios. Armaron la parrilla de nuevo, con carbón nuevo y una cuadra más de distancia, y Abril colgó la luminaria de un gancho del toldo, con alambre, torcida.

A las diez menos diez se encendieron los reflectores del Gigante. Desde el Parque se los veía por encima de los árboles, nuevos, blanquísimos, más fuertes que cualquier cosa que Rosa hubiera visto en esa cancha. Un nene que pasaba con el padre se detuvo frente al puesto.

—¿Eso también es una luz de la cancha?

—Fue —dijo Rosa, y le dio vuelta el chorizo—. Ahora se la dejo al toldo. ¿Con qué lo querés?

El padre pidió dos. A lo lejos empezó el canto, y Rosa, con el humo subiendo recto hacia la luz nueva, sintió que la esquina no se había movido tanto. Se había corrido una cuadra, nada más, y el reflector viejo, apagado, colgaba sobre su cabeza igual que antes, marcándole el lugar.

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