El termómetro de Elvira

A las once de la noche el celular de Elvira Sandoval vibró contra la mesa de la cocina por tercera vez. Era Lucas, el hijo, desde Neuquén capital: «Mamá, el pronóstico dice menos uno para todo el valle. Dormite tranquila, que el riego ya está programado».

Ella contestó con un solo dedo, despacio: «Sí, hijo». Después apagó la pantalla, se puso el abrigo de Aníbal, el de corderoy marrón que todavía olía a tabaco de pipa y a gasoil, y salió con el termómetro.

Era un termómetro de mercurio con caja de madera, de esos que se compraban en las ferreterías de Roca cuando en la chacra no había otra cosa. Aníbal lo colgaba siempre de la misma rama, en el cuadro de abajo, el de las peras Williams, a un metro y medio del suelo. Decía que lo del pronóstico estaba bien para saber cómo venía la cosa en general, pero que la helada es una cosa que se juega chacra por chacra.

Afuera hacía un frío limpio, de cordillera. El cielo estaba sin una nube y las estrellas se veían tan juntas que parecían ruido. Se oía el canal, el agua corriendo bajo el puente de tablones, y a lo lejos algún perro de la calle Los Cipreses contestándole a otro. Elvira caminó entre las hileras con la linterna apuntando al piso. La tierra estaba oscura y apelmazada, recién regada, como a Aníbal le gustaba dejarla antes de una noche así. «Un cuerpo negro que guarde calor», decía.

Colgó el termómetro. Marcaba tres grados.

Volvió a la casa, puso el agua para el mate y se sentó en la silla del patio, tapada hasta las rodillas con la frazada de los perros, que ya no estaban. Desde ahí se veía la rama. Tenía hasta las cuatro, más o menos. Las heladas fuertes del valle no llegan temprano. Esperan a que la noche se afloje y entonces caen, justo antes del amanecer, cuando uno ya se confió.

A las doce y media le llegó otro mensaje, esta vez de Marcela, la vecina de la chacra de enfrente: «Elvira, ¿vos estás despierta? Yo no pego un ojo. Dicen que baja a menos tres en Cipolletti». Elvira escribió: «Acá tres arriba todavía. Te aviso». Se quedó mirando esas dos palabras. Hacía dos años que nadie le pedía que avisara nada.

Después de la muerte de Aníbal, Lucas le había insistido con los sensores. Habían instalado uno en el poste del fondo, con una antena y una aplicación que mandaba alertas, y otro más caro junto a la bomba. Elvira los respetaba como se respeta a un yerno nuevo: sin confianza. Pero tenía que admitir que el aparato del poste no medía lo que medía la rama de las Williams, porque el cuadro de abajo era una hondonada. El aire frío se escurre como el agua y se junta ahí, a ras, donde nadie lo mide.

A las dos y diez volvió a salir. El termómetro marcaba menos cero coma cinco. Tocó el vidrio con el dedo enguantado, como si eso lo pudiera calmar.

—No te me vayas a ir más abajo —le dijo en voz alta, y se rio sola.

La aplicación del celular, en cambio, mostraba un número distinto: uno coma ocho. El sensor del poste estaba cuatro metros más arriba y a ochenta metros de la hondonada. Elvira miró el número verde de la pantalla y después la columna de mercurio, y no tuvo dudas de cuál de los dos le estaba diciendo la verdad sobre las flores. Las peras estaban en plena floración, blanquísimas bajo la linterna. Con menos uno aguantaban. Con menos tres, ya no.

Fue hasta el galpón, abrió el tablero de la bomba y levantó la palanca que Aníbal había marcado con un trapo rojo. No hacía falta esperar la programación de Lucas, que estaba puesta para las cuatro y media. El agua tardaba veinte minutos en llegar a los aspersores del cuadro de abajo, y la película de hielo que se forma sobre la flor, ese cubito del que hablan los viejos, tiene que empezar antes de que el aire baje, no después.

Escuchó el golpe seco de la bomba arrancando, el zumbido que subía por las cañerías, y después, uno por uno, los aspersores girando entre los árboles con ese tac tac tac de ametralladora chica. Un chorro le pegó de costado a la linterna y le mojó la cara. Estaba helado como una hoja de metal.

Volvió a la rama. Menos uno coma dos. El agua empezaba a caer sobre las flores y a cubrirlas de a poco, y la luz de la linterna se rompía en mil lugares distintos, como en una araña de vidrio. Elvira se quedó parada en medio de la hilera, con el abrigo de Aníbal ya chorreando, mirando cómo cada flor se quedaba quieta adentro de su cáscara transparente.

Le escribió a Marcela: «Menos uno coma dos en la hondonada. Prendí el riego. Prendé el tuyo ya, no esperes». La respuesta llegó en un minuto: «Voy».

A las cinco menos diez, el celular empezó a vibrar sin parar. Eran Lucas, Marcela, y un grupo de WhatsApp de la cámara de productores que Elvira nunca había abierto. Los dejó sonar. En la rama, el mercurio había tocado menos dos coma ocho y ahí se había clavado, y ella lo miró fijo, sin parpadear, hasta que el cielo empezó a ponerse del color de la leche con un poco de té.

Cuando salió el sol, las peras estaban envueltas en hielo, enteras, brillando. Elvira cortó el agua recién a las ocho, cuando el termómetro pasó el cero. Sacó una flor del cubito con la uña. Adentro estaba verde y viva, con el pistilo derecho.

Lucas llegó a las nueve y media, con la camioneta todavía cabeceando de la ruta y la cara de no haber dormido.

—Mamá, ¿por qué no me llamaste?

—Porque vos tenías el aparato del poste —dijo ella, sin darse vuelta, y le alcanzó el mate—. Y yo tenía el de tu padre.

Lucas miró la rama, el cajoncito de madera, la columna fina todavía abajo del cero. No dijo nada. Se sacó la campera, la colgó en el alambre y se quedó al lado de ella, tomando el mate amargo, mirando cómo el hielo se iba soltando de a gotas de las flores.

Esa tarde, Elvira le pidió que clavara un segundo gancho en la rama, para colgar otro termómetro. Pero que fuera de mercurio, aclaró. Así el año que viene alguien más se queda despierto con ella.

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