La válvula de Faustino

A las tres y media de la tarde, el vapor ya estaba arriba. Faustino Ledesma lo supo por el manómetro y también por la espalda, que le avisaba antes que cualquier aguja. Treinta y ocho zafras en la sala de calderas del ingenio, a las afueras de Aguilares, le habían enseñado a leer la presión como otros leen la cara de un hijo.

Afuera, el último camión de la campaña esperaba su turno en la fila, con la caña apilada y el polvo de ceniza pegado a las lonas. Era un miércoles de octubre, de esos con el cielo blanco y el calor que ya no pide permiso. Adentro olía a hierro caliente, a melaza vieja y a bagazo quemado, un olor dulce y pesado que se te mete en la ropa y no sale hasta el verano siguiente.

—Don Faustino —dijo Brian, el pibe nuevo, asomándose por la escalerilla con el casco torcido—. El jefe de planta dice que a las cuatro, cuando salga la última caña del trapiche, la sirena la toca el gerente. Con su señora y los del sindicato. Que hay una foto.

Faustino no contestó enseguida. Se limpió las manos con un trapo que había sido rojo.

—¿La toca el gerente?

—Eso dijo.

—¿Y sabe dónde está la válvula?

Brian se encogió de hombros. Tenía veinte años y era su primera zafra. Le habían dado el puesto en mayo, cuando todavía llovía, y desde entonces había aprendido a no preguntar de más.

La válvula estaba detrás de la caldera número tres, en un caño que subía hasta el techo de chapa. Una palanca de hierro, gastada en el punto exacto donde la mano de Faustino la agarraba desde 1986. No tenía nada de ceremonia. Se tiraba hacia abajo, se abría el paso del vapor y el ingenio entero gritaba, un largo aullido que cruzaba los cañaverales y llegaba a las casas de la colonia, al almacén, a la ruta. Era el aviso de que se terminaba. Los que llevaban meses lejos de la familia sabían que podían volver. Los otros sabían que el sueldo se acababa con el sonido.

Su padre había tirado de esa palanca antes que él. Él se la había mostrado en 1986, con la mano encima de la suya: «No la sueltes de golpe, Fausto, que se queja». Y la sirena, en efecto, tenía voz de queja. Por eso los viejos de Aguilares decían que el ingenio lloraba.

Faustino se jubilaba en diciembre. Nadie se lo había dicho como un homenaje. Se lo habían dicho como se dice un trámite, con un papel y una fecha. Y él había asentido, porque no sabía qué otra cosa hacer con la cara.

—Andá a ver si la caña llegó al trapiche —le dijo a Brian.

—Pero don…

—Andá.

Cuando se quedó solo, subió los seis escalones de la plataforma y puso la mano sobre el hierro. Estaba tibio. Pensó que podía tirar ahora, antes de la foto, antes del gerente, antes de la hora. Lo pensó con claridad, como se piensa cruzar una calle con el semáforo en rojo. Pero la sirena de las cuatro significaba que la última caña había pasado por los rodillos. Si sonaba antes, mentía. Y en treinta y ocho años no le había mentido a nadie con esa palanca.

Bajó. Fue hasta el pasillo del trapiche, donde los operarios se juntaban junto a la cinta con el último camión ya descargando. Alguien había traído una caja de cerveza. Alguien había colgado una bandera de Tucumán de un andamio. Un temporario, sin decir nada, se sacó la campera de trabajo y la tiró a la cinta, y la cinta se la llevó rumbo a las calderas, porque así se hacía: lo que no se quiere llevar a la próxima campaña, se quema.

A las cuatro menos diez apareció el gerente, con camisa limpia, y detrás la señora y dos del sindicato. Saludó a todos con la mano levantada, como en un acto.

—Faustino —dijo—. Qué bueno que está. Hoy hacemos algo lindo, ¿vio? Para la despedida de la zafra.

—Sí, señor.

—Quería preguntarle dónde se tira.

Faustino lo miró un rato. Después lo llevó, sin apuro, hasta la caldera tres. Subió con él los seis escalones. Le mostró la palanca.

—Se agarra acá —dijo, y puso la mano del gerente sobre el hierro gastado—. Pero hasta que no pase la última caña no se toca. Cuando Brian grite que pasó, usted tira. Despacio. No la suelte de golpe, que se queja.

El gerente asintió, un poco serio, como quien recibe una llave. Abajo, la cinta trepidaba. A las cuatro y un minuto se oyó la voz del pibe, desde el fondo, quebrada de tanto correr:

—¡Pasó! ¡Pasó la última!

El gerente tiró. Despacio, tal como le habían dicho. Y el ingenio lloró.

Faustino salió al patio y se quedó parado bajo el techo de chapa, con el trapo en el bolsillo y la cara hacia los cañaverales. El sonido le pasó por encima, como siempre, largo, de queja, rumbo a la colonia y a la ruta. Atrás, entre aplausos, alguien sacaba la foto.

Brian se le paró al lado, sin casco, con las orejas coloradas.

—¿Usted lo dejó, don Faustino?

—Le enseñé dónde está —dijo él—. Eso es otra cosa.

Esperó a que el último eco se apagara contra los cerros, allá lejos, y entonces, solo para él, apoyó la palma en la baranda tibia del caño, donde todavía temblaba el vapor.

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