El pedido había entrado a las 21:47 y decía solamente: “Congreso 141, puerta lateral. Tocar dos veces. Dos sánguches de milanesa completos, uno sin tomate”. Lucía lo leyó en el celular atado al manubrio, con un pie en el pedal y el otro en el cordón, y pensó que alguien se había equivocado de dirección. Congreso 141 era la Casa Histórica. A esa hora, lo único que se entregaba ahí era silencio.
Pedaleó igual. La noche de julio tucumana pegaba en las orejas, un frío seco que no mojaba pero ardía. La mochila térmica le calentaba la espalda y olía a pan, a fritura y a limón. Era la décima entrega de la noche. Con la undécima cerraba los mil quinientos pesos que se había puesto de meta para pagar la cuota de la tecnicatura en guía de turismo, la que empezaba en marzo y de la que no le había contado a nadie en la casa de su tía.
Dobló en Congreso. El frente blanco se veía mucho más bajo de lo que ella lo recordaba de la primaria, cuando fue con el grado en un micro alquilado y se quedó afuera, en la vereda, con un barbijo de fiebre y un sándwich de miga que no le entró. Todas sus compañeras habían vuelto con una estampita del Salón de la Jura. Ella nunca entró, y cada 9 de julio, cuando la ciudad se llenaba de banderas, sentía que era la única tucumana que se lo había perdido.
Dejó la bici contra la pared y buscó la puerta lateral. Era una puerta de chapa verde, sin cartel. Tocó dos veces.
Abrió un chico de su edad, más o menos, con un chaleco gris de guardia y los ojos hinchados de sueño.
—¿Vos sos la del pedido? —dijo—. Pasá, que se enfría.
—No puedo pasar. Tengo que dejarlo y seguir.
—Y yo no puedo salir. Si salgo, se activa la alarma de la puerta y la tengo que desactivar de nuevo, y son cuatro códigos. Pasá un segundo, dale. Me llamo Gastón.
Lucía dudó. Miró el celular: 22:31. Le quedaba una hora larga hasta la meta. Entró.
El pasillo olía a cera y a humedad vieja. Gastón caminaba adelante con una linterna chica, de esas de llavero, y hablaba bajito como en una iglesia.
—Hoy me tocó turno doble porque se enfermó el otro. Hace doce horas que no como nada. Me animé a pedir acá porque me dijeron que nadie controla la puerta lateral.
—Nadie controla nada a esta hora —dijo Lucía, y se rió, y la risa rebotó contra una galería y volvió con otro tono.
Salieron a un patio. Arriba no había luna, pero sí un cielo muy limpio, y los árboles dibujaban manchas negras contra el techo de tejas. En el centro había un aljibe. Gastón se sentó en el borde de una galería, abrió el papel de aluminio de uno de los sánguches y le ofreció la mitad. Ella dijo que no. Él insistió. Ella aceptó, y la milanesa, todavía tibia, le supo mejor que cualquier cosa que hubiera comido en la semana.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella con la boca llena—. El Salón de la Jura, ¿es el verdadero?
—Es lo único verdadero que quedó. A principios del siglo pasado derribaron casi toda la casa y dejaron en pie solamente ese cuarto, con un templete de piedra encima, como una vitrina. Después, en los años cuarenta, reconstruyeron el resto copiándolo de una foto vieja y de un plano. O sea que todo esto —señaló el patio, las columnas, la galería— es una copia muy bien hecha. Pero el cuarto donde firmaron es el mismo.
—O sea que lo único que no es copia es lo que tiene el cartel de museo.
—Más o menos. ¿Querés verlo?
Lucía se quedó quieta. Pensó en la tecnicatura, en la cuota, en el celular que vibraba con el próximo pedido. Pensó en la nena de once años en la vereda con el barbijo.
—Cinco minutos —dijo.
El Salón era más chico de lo que había imaginado. Una mesa larga, sillas de respaldo alto, retratos en las paredes. Gastón enfocó la linterna hacia el techo y después hacia el piso de ladrillo gastado. No había nada espectacular: había un lugar donde habían estado sentados unos hombres con frío, en 1816, discutiendo con tinta y con nervios si se podía decir en voz alta algo que todavía no tenía ejército.
—Qué cosa —murmuró Lucía—. Parece un comedor.
—Era un comedor. Lo unieron con la sala para que entraran todos.
Se quedó un rato mirando la silla de la cabecera. Después dijo, sin darse cuenta de que lo decía:
—Yo me anoté para guía. Voy a empezar en marzo, si junto la plata.
—Entonces vas a necesitar saber esto —dijo Gastón, y le contó lo del aljibe, lo de las puertas azules que el Congreso hizo pintar, la mesa grande que compraron para los diputados. Ella lo escuchaba y repetía en voz baja, para no perderlo.
A las 23:05 sonó el celular. Lucía volvió al pasillo, cerró la mochila y apretó el cierre de la campera. En la puerta, Gastón le dio un billete doblado de propina.
—Es mucho —dijo ella.
—Es el pasaje de entrada, que nunca cobraron.
Salió a la calle. El frío le volvió a pegar en las orejas, pero distinto. Montó la bici, miró una vez más el frente blanco y bajo, y arrancó hacia el centro con el celular marcando la meta que ya había cumplido. A mitad de cuadra se dio cuenta de que iba repitiendo, en voz alta, el nombre de las cosas: aljibe, galería, templete, Salón de la Jura. Las decía como quien ensaya la primera frase de un recorrido, y la ciudad, vacía, la escuchaba pasar.
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