Después de la tormenta, el barrio quedó sin luz y sin señal. Los celulares todavía marcaban la hora, pero no mandaban nada a ningún lado. Ismael lo comprobó dos veces, parado en el patio de tierra, con el aparato levantado hacia el cielo como si fuera una antorcha.
—Dejá eso —dijo la tía Rosalba desde la galería—. Ayudame con el cabrito.
Colgado de un gancho, bajo el algarrobo, el cabrito ya estaba carneado. Rosalba lo había hecho al mediodía, antes de que el cielo se pusiera color panza de burro, porque el sábado a la noche siempre hay quien quiere carne para la peña de la esquina. Ahora el agua había enfriado el aire, la tierra olía a tierra mojada y a humo viejo, y no había manera de avisarle a nadie.
—Si no se vende hoy, se pierde —dijo ella, sin dramatismo, como quien lee un número en una balanza—. Y la carne no se regala.
Ismael miró el bombo.
Estaba apoyado contra la pared del fondo, bajo el alero, donde lo había dejado su abuelo Telésforo antes de morirse. Era un legüero de ceibo, con los aros de quebracho blanco, el parche de chivo y los tientos de cuero de vaca ya oscurecidos de tanto sudor de manos. Hacía tres años que nadie lo tocaba en esa casa. Ismael lo había limpiado una vez, con un trapo húmedo, nada más. Le daba cosa.
—Tía —dijo—. ¿Y si aviso con el bombo?
Rosalba se rió, pero poquito.
—Eso lo hacía tu abuelo. Un golpe para la vaquillona, otro para el ternero, otro para la cabra. Hace una pila de años que nadie se acuerda cuál era cuál.
—Yo me acuerdo de la cabra.
Era mentira a medias. Se acordaba de un ritmo, no de una regla: dos golpes secos y uno largo que se arrastraba, como alguien que tira una soga y la recoge. Se lo había oído a su abuelo una tarde de verano, desde abajo de la mesa, con los zapatos de todos a la altura de los ojos.
Fue a buscar el bombo y lo levantó contra el pecho. Pesaba menos de lo que recordaba, o él había crecido, o las dos cosas. Se sentó en un banquito, tomó el palillo de palo blanco y pegó.
El golpe salió muerto. Un “pof” ahogado, de cartón mojado. El aire de la tormenta se había metido en el parche y lo había aflojado, como se afloja la voz de uno cuando está por llorar.
—Está húmedo —dijo Rosalba—. Así no se escucha ni en la vereda.
Ismael pegó de nuevo, más fuerte. Peor. La mano le quedó hormigueando.
Se acordó de algo más. Su abuelo, en las noches de invierno, arrimaba el bombo al fuego antes de tocar. No demasiado, decía, porque el cuero se enoja. Lo acercaba hasta que el parche se ponía tirante y tibio, como la panza de un animal que respira, y recién entonces pegaba.
No había luz, pero había brasas. Rosalba había prendido el fogón de atrás para el agua del mate, y todavía quedaba un rescoldo rojo entre las cenizas.
—Tía, sostenémelo.
Ella dejó el cuchillo y lo miró un rato. Después se limpió las manos en el delantal y agarró el bombo por los aros.
—A un metro —dijo—. Ni un centímetro más. Si se te quema, me matás un abuelo dos veces.
Lo fueron girando de a poco frente a las brasas. Ismael apoyaba la palma sobre el parche cada medio minuto, y sentía cómo cambiaba: primero fofo, después apenas firme, después vivo. Afuera, el barrio estaba muy quieto. Se oía una lata que goteaba, un perro lejos, a alguien arrastrando una silla de plástico sobre el cemento.
—Ahora —dijo Rosalba.
Ismael se sentó, apoyó el bombo en la rodilla y respiró. No pensó en la carne. Pensó en la mesa, en los zapatos, en el ritmo que se arrastraba.
Dos golpes secos.
El sonido salió del patio como una piedra bien tirada. Rebotó contra el algarrobo, contra la pared de ladrillo sin revocar, contra el tanque de agua, y siguió. Ismael sintió el golpe en el pecho antes de oírlo.
Un golpe largo, arrastrado.
Se quedó esperando. Al principio, nada. Después, a dos casas, se abrió una puerta. Una voz de mujer preguntó algo que no se entendió. Más lejos, alguien dijo “¡cabra!” con una alegría de sorpresa, como quien reconoce a un pariente en la fila del colectivo.
—¡Otra vez! —gritó Rosalba, y ya no se reía poquito.
Ismael repitió el ritmo. Una vez, dos, cinco. Le ardía el palillo en la mano. Empezaron a aparecer linternas en la calle, vasos, platos, un nene en patas con una bolsa. Don Chicho, el de enfrente, asomó con un billete doblado en cuatro y la cara de haber estado dormido.
—¿Quién toca? —preguntó.
—Ismael —dijo Rosalba—. El nieto de Telésforo.
Don Chicho se quedó mirando el bombo, después al chico, y asintió despacio, sin decir nada más.
A las diez, el cabrito ya no estaba. Quedaban los huesos en una bolsa, una fila de platos en la mesa y una mancha de grasa en el piso de la galería. Ismael apoyó el bombo en la pared, bajo el alero, pero esta vez no lo dejó mirando para adentro. Lo dejó de costado, con el palillo encima, a mano.
En algún lugar, lejos, un perro contestó con un ladrido largo, arrastrado, que se parecía mucho al último golpe.
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