Cuatro horas de cable

A las cinco de la mañana, el teléfono de la Estación 2 sonó dos veces cortas y una larga, que era la señal de El Durazno. Aurelia Páez levantó el auricular con la mano todavía manchada de harina.

—Estación Dos —dijo—. Habla Páez.

—Aquí Chilecito. Sale una carga de leña y dos barriles de aceite hacia arriba. Preparen la mordaza.

Aurelia anotó la hora en el cuaderno y colgó. Afuera todavía no había luz, pero ya se oía el cable tractor, ese zumbido de fierro que hacía temblar la taza de mate sobre la mesa. Diecinueve años llevaba oyéndolo. Desde que su padre subió a La Mejicana como guardia de depósito, ella se había quedado en la estación de abajo, atendiendo el teléfono y la caldera, y escribiéndole cartas que viajaban a razón de una por semana, en una vagoneta, entre sacos de harina y repuestos.

Esa semana la carta decía otra cosa. Decía que la Famatina Development iba a parar la línea. Se lo había contado el jefe de estación, don Ludovico, un alemán flaco que hablaba con las erres atragantadas y que desde hacía un mes miraba las torres como se mira a un pariente enfermo. Quedaban pocas semanas. Después, el cable iba a quedar quieto, y su padre iba a bajar a pie por el camino de las torres, tres días de mula, y se iba a encontrar con una hija a la que no veía desde la Pascua.

Lo que Aurelia quería era simple y no estaba permitido. Quería mandarle un pan.

No uno cualquiera. El de anís que hacía su madre, que en paz descanse, con la receta que Aurelia había aprendido a los trece mirándola amasar. Su padre decía que el pan de la panadería de Chilecito sabía a papel mojado. Cumplía cincuenta años el jueves.

El reglamento de la compañía era claro y estaba pegado con tachuelas en la puerta de la estación: las vagonetas llevaban mineral, insumos, agua, forraje, correspondencia y, con autorización escrita, personas. Nada de encomiendas particulares. Cada vagoneta soportaba doscientos cincuenta kilos y cada una estaba anotada.

Aurelia amasó de noche, con la ventana abierta para que el frío del cerro le enfriara las manos. Horneó en el horno de la caldera, cuando don Ludovico dormía. Ahora el pan estaba en un lienzo, sobre la mesa, con la costra dorada y el olor del anís llenando la pieza.

A las siete llegó la carga de leña. Las vagonetas pasaban una tras otra por el riel de maniobras, colgadas del cable portador, balanceándose. Aurelia las enganchaba al tractor con la mordaza, una por una, y las veía alejarse hacia la torre siguiente, que se erguía contra el cielo como un esqueleto de hierro remachado.

—Páez.

Don Ludovico estaba en la puerta, con el sobretodo abotonado hasta el cuello. Había visto el lienzo.

—Eso huele a anís —dijo.

—Es para mi desayuno.

—Tiene usted un desayuno muy grande.

Aurelia no contestó. El alemán caminó hasta la mesa, levantó una punta del lienzo con dos dedos y lo volvió a dejar caer.

—Bleichert diseñó este sistema para que nada se caiga —dijo, mirando por la ventana las torres que se perdían cuesta arriba—. Doscientas sesenta torres. Hasta una naranja llega entera si uno la sabe enganchar. Cuatro horas hasta la última estación. —Se frotó las manos—. Yo no vi nada, Páez. Estoy ciego del ojo izquierdo desde el invierno.

—No tiene nada en el ojo izquierdo, don Ludovico.

—Hoy sí.

Aurelia envolvió el pan en una bolsa de arpillera, lo ató con piolín y escribió en un papel, con el lápiz de las planillas: Para Eulogio Páez, guardia, La Mejicana. De su hija. No lo parta con cuchillo de la compañía. Lo colgó dentro de un cajón de forraje, entre fardos de alfalfa que lo iban a mantener abrigado, y enganchó la vagoneta a las ocho y diez, con las manos más firmes que nunca.

La vio salir. Pasó la primera torre, la segunda, la tercera. El cajón se fue achicando, balanceándose sobre la quebrada, hasta que fue una mancha y después nada.

Cuatro horas. Aurelia limpió la caldera, regó el patio, anotó el paso de otras diez vagonetas. A cada rato miraba el teléfono. No podía llamarlo, porque el aparato era para órdenes, y las estaciones de arriba estaban atendidas por hombres que se enterarían de todo. Ya había hecho bastante.

A las doce y veinte sonó el timbre: una larga y una corta. Era la señal de La Mejicana. Aurelia contestó con la garganta seca.

—Estación Dos. Habla Páez.

Hubo un silencio, de esos que hace el cable cuando el viento sopla fuerte entre las torres. Después, una voz ronca, lejana, comida por la estática:

—Hija, acá llegó un forraje que tiene un olor raro.

Aurelia se tapó la boca con la mano.

—¿Cómo está el forraje? —logró decir.

—Todavía tibio —dijo su padre—. Fíjate vos, tibio, después de cuatro horas. Lo voy a comer despacio. Mañana te mando algo para el viaje de vuelta.

—No hace falta, papá.

—Hace falta.

Colgaron. Afuera, el cable seguía su marcha, y por la quebrada bajaba una vagoneta vacía, que se mecía despacio, con el cajón abierto hacia el sol.

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