En octubre la Plaza Próspero Molina huele a pasto cortado y a humedad de butaca. Tito Bustos camina por el campo central con el manojo de llaves colgado del cinto, y las llaves suenan como un cencerro flaco. Lleva treinta y cuatro años de sereno del escenario. Sabe qué butaca cruje, qué reflector se recalienta y en qué escalón del fondo hay que apoyar el pie izquierdo para no resbalar cuando llueve.
Hoy tiene una tarea y un pendiente. La tarea es probar el plató, ese disco enorme que gira ciento ochenta grados para que un artista se vaya mientras entra el otro. Una vez por mes lo hace andar vacío, para que el motor no se duerma. El pendiente es otro, y no figura en ninguna planilla de la Comisión.
Sube por la escalerita lateral. El escenario Atahualpa Yupanqui, de día y sin gente, parece una playa de estacionamiento con techo. Tito lo cruza despacio, abre la caja de comandos y deja la mano un segundo sobre la palanca.
—Abuelo, ¿ya? —dice una voz desde abajo.
Es Camila, la nieta, once años, mochila al hombro y los auriculares colgando del cuello. Se la dejaron esa tarde porque la escuela tuvo acto y la madre trabaja hasta las ocho. Se sentó en la primera fila, con los pies sobre el respaldo de adelante, que es una falta grave en enero y una gracia en octubre.
—Esperá que caliente.
—¿Qué va a calentar, si es un motor?
—Todo se calienta, Camila. Hasta las ganas.
Aprieta la palanca. Abajo, en las entrañas del escenario, algo tose, se acomoda y empieza un ronroneo grave. El disco se mueve. Primero es un temblor en las suelas de Tito, después un deslizamiento lento, como si el piso decidiera pensarlo. Gira. Los parlantes apagados, los micrófonos sin cable, la batería tapada con una lona, todo pasa frente a él como pasa un pueblo visto desde el tren.
Camila se para en la butaca.
—¡Se mueve de verdad!
—Doscientas veces lo vi y todavía me sorprende —dice Tito, y es mentira por exceso: son muchas más.
Detiene el disco en el medio giro. Se queda de espaldas al público, mirando el telón de fondo, que en octubre es un muro gris con manchas de humedad.
Lo que no figura en la planilla es una guitarra. Está en el baúl de su casa, en la calle Sarmiento, envuelta en una frazada de lana. Era de Elsa, la mujer, que cantaba zambas en las peñas del río y nunca subió a este escenario. Se lo prometió una vez, medio en broma, durante una noche de la quinta luna: “Algún día te hago cantar acá, aunque sea cuando no hay nadie”. Elsa se rió y dijo que el día que él se animara a prender los reflectores para ella sola, ese día cantaba.
Hace tres años que Elsa no está. La guitarra sigue en el baúl, y Tito sigue pasando por la plaza con las llaves, sin hacer nada con la promesa.
—Abuelo, ¿qué hacés ahí parado?
—Nada. Pensaba.
—Pensás con cara de estar por llorar.
—Es la humedad.
Camila se ríe y sube de un salto la escalerita. Cruza el escenario como si le perteneciera. Tito piensa que en enero este mismo tramo lo cruzan los que cantan ante diez mil personas, con las piernas flojas, y que ella lo cruza con zapatillas de lona y una mochila de Hello Kitty remendada.
—¿Me dejás parar en el disco cuando gire? —pregunta.
—Está prohibido.
—¿Quién lo prohíbe?
Tito mira alrededor. No hay nadie. Un jilguero baja de la torre de luces y se asienta en el parlante de la izquierda.
—Yo —dice—. Pero hoy me tomo el día.
Camila se planta en el centro del plató y abre los brazos, y él acciona la palanca. El disco gira otra vez. La nena se va moviendo de frente a perfil y de perfil a espaldas, con el pelo volándole, y grita algo que no se entiende porque el motor lo tapa.
Cuando el disco se frena, ella queda mirando hacia el campo vacío. Tito sabe que desde ahí se ven las ocho mil butacas, las tribunas, el cerro Pan de Azúcar al fondo, y en enero también la luna.
—Abuelo —dice Camila, sin darse vuelta—, ¿vos nunca cantaste acá?
—Yo no canto.
—¿Y la abuela?
Tito traga saliva. Se acuerda de la frazada, del baúl, de la promesa con risa.
—Ella quería. Nunca le tocó.
—Y entonces, ¿qué esperás?
No hay una respuesta buena, así que Tito hace lo único que sabe hacer: se va a prender los reflectores. Va hasta el tablero y baja las llaves una por una. Se enciende uno solo, el blanco, el que cae sobre el centro del disco. La luz le dibuja a Camila un círculo a los pies.
—Esperame acá —dice.
Sale de la plaza con paso corto, cruza dos cuadras, abre el portón de la casa y vuelve con la guitarra envuelta en la frazada. Camina más rápido de lo que caminó en años. Cuando regresa, Camila sigue en el círculo de luz, quieta, y el jilguero también.
Desenvuelve el instrumento. Tiene una cuerda floja, la quinta, y la madera tiene el color del té. Tito la afina de oído, con los dedos duros. No sabe tocarla. Le acerca la guitarra a la nena.
—Tocá lo que sepas.
—Sé una sola, de la escuela. “Zamba de mi esperanza”.
—Esa va bien.
Camila se sienta en el borde del disco, con las piernas cruzadas, y arranca torpe, errándole a los acordes, sin voz firme. Tito se queda de pie en la penumbra, junto a la palanca. En algún momento sus labios se mueven con la letra. Él, que no canta, canta bajito. Cuando la nena se equivoca, él la corrige.
Terminan la última estrofa. Nadie aplaude. Pero en el campo central, entre las butacas vacías, se escucha la nota final quedarse un instante en el aire, redonda, y después irse despacio por encima de las tribunas, rumbo al cerro.
—Listo —dice Tito—. Cumplido.
Apaga el reflector. El círculo de luz se achica hasta no ser nada. En la oscuridad del escenario, el motor del plató todavía respira, y la guitarra de Elsa, con su cuerda floja, sigue sonando en las manos de la nena.
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