A las 5.40 el muelle de la casa de Nahir todavía goteaba niebla. Ella estaba parada en la punta, con el guardapolvo blanco planchado por la abuela, la mochila en el pecho para que no se mojara y las zapatillas guardadas en una bolsa del supermercado. Ya sabía que algo andaba mal porque no se escuchaba el agua. El Caraguatá siempre hablaba contra los pilotes, un chapoteo flojo, de fondo, como una radio en otra pieza. Esa mañana no decía nada.
Miró hacia abajo. Entre los pilotes había barro marrón brillante, con una botella de lavandina clavada de costado y una raíz de ceibo que ella nunca había visto.
—Bajamar —dijo la abuela desde la puerta, con el mate en la mano—. Y con sudestada atrasada. Hoy no entra ni el ratón.
—La lancha pasa a las seis.
—Pasa hasta la boca, si pasa. Después se queda esperando que suba.
—¿Cuánto?
—Dos horas. Tres.
Nahir se mordió el labio. Las faltas se anotaban con lapicera roja en el cuaderno de la señorita Mabel, y en el cuaderno ya había una cantidad de rojo que la maestra había señalado el viernes con un dedo largo, sin decir nada. Entre el paro, el agua alta de agosto y la niebla de septiembre, el arroyo le había robado más días de clase de los que la escuela le había dado. Hoy había acto de promoción de los de cuarto a quinto, y Mabel había dicho que quien no estuviera en la lista cuando la leyera no iba a pasar de grado a los empujones. Había sonado exagerado, pero Nahir no estaba segura.
La lancha apareció a las seis y diez, con el farol prendido y la bocina corta, dos veces. Era la colectiva de la Línea Delta, la que baja por los arroyos recogiendo chicos con guardapolvo, y esa mañana venía con apenas siete a bordo, apretados en los bancos de adelante, con los termos entre las rodillas. Walter, el lanchero, tenía el gorro de lana hasta las cejas. Se arrimó todo lo que pudo, a dos metros del muelle, y se quedó mirando el fango como si le hubieran faltado el respeto.
—No te puedo levantar, nena —gritó—. Quedo clavado.
—Yo salto.
—Si saltás, te comés el barro hasta la rodilla.
—Tengo bolsa.
Walter miró la bolsa, miró el guardapolvo, miró el reloj. Se rascó la barba de tres días.
—Tirate al banco de atrás, rápido, y no pises lo blanco.
Nahir tiró la mochila primero. Después saltó, cayó con un pie en el borde de la cubierta y el otro en el aire, y Walter la agarró de la capucha. Quedó sentada, con las rodillas manchadas y el guardapolvo salvado. Nadie dijo nada. Santino, de sexto, le pasó un pañuelo de papel y se miró las zapatillas.
El motor tosió y la lancha empezó a bajar por el arroyo con la quilla rozando el fondo. Cada tanto se sentía un arrastre largo, como una uña en un pizarrón. En la curva del sauce caído, Walter apagó.
—Hasta acá llegamos. Hay que esperar que suba el agua.
—¿Cuánto? —preguntó Santino.
—Lo que tarde.
La niebla se había vuelto de color leche. De la orilla venía olor a hierba mojada y a humo de leña, y en algún lado un perro ladró una sola vez. Los chicos se miraban. Nahir contó los camalotes que flotaban quietos sobre el barro, atascados contra los troncos, y algo se le prendió en la cabeza.
—Walter.
—Qué.
—Hay un canal más hondo. Por el costado de la isla de los Benítez. Mi abuela dice que la marea ahí no se va nunca del todo, porque el sauce de la punta tiene la raíz parada.
—Ese no está en la carta.
—Pero está.
Walter la miró un rato largo, de arriba abajo, como se mira a un chico que de golpe dice una cosa de grande.
—¿Vos lo pasaste?
—En bote, con mi tío. Dos veces. Hay que pegarse a la derecha y soltar cuando ves el poste del cartel de la escuela vieja.
—¿Cuál escuela vieja?
—La de ladrillo, la que está tapada por el monte. Se le ve solo el techo.
El lanchero se quedó callado. Después prendió el motor despacio, bien bajo, y dijo:
—Vení para adelante, capitana. Y los demás, silencio, que no escucho el fondo.
Nahir se sentó a su lado, en el banco de madera que olía a gasoil y a pintura vieja, con la mochila abrazada. Iba mirando el agua, que no era agua sino un camino marrón de barro blando con vetas más oscuras, y entre la niebla, por fin, el techo de dos aguas, cubierto de enredaderas.
—Ahí —dijo.
—A la derecha.
—A la derecha. Ahora despacito. Más. Un poco más.
La quilla rozó una vez, apenas, y siguió. Detrás, los chicos se asomaron por las ventanillas, los siete, sin hablar. Santino trataba de no respirar.
Pasaron la isla de los Benítez. El sauce de la punta tenía, en efecto, la raíz parada, enorme, como el brazo de alguien que se hubiera quedado dormido tendido en el agua. Del otro lado, el arroyo ensanchaba y el agua volvía a ser agua, verde oscura, con el chapoteo conocido contra el casco.
Walter soltó el aire.
—Te debo una —le dijo, sin mirarla.
—Anotame en la lista.
—¿Qué lista?
—La de presentes.
El resto del viaje fue por el río Luján, que a esa hora ya tenía gente: un tractor flotante cargado de leña, un hombre pescando con una botella, una cortina de niebla que se levantaba de a pedazos. Llegaron a la escuela a las ocho y diez. Mabel estaba en el portón del muelle con el cuaderno abierto y la lapicera roja destapada.
—Aguirre, Nahir —leyó, y levantó la vista.
Nahir bajó de un salto, con los pies secos. El guardapolvo estaba blanco, salvo una mancha de barro que le subía por el borde del dobladillo, del tamaño de una mano.
—Presente —dijo.
La maestra miró la mancha. Miró el arroyo, que a lo lejos recién empezaba a subir. Cerró la lapicera roja y sacó del bolsillo la azul.
—Presente, con barro —anotó, y le hizo un tilde bien grande.
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