A las seis de la mañana la topadora empezó con su pi, pi, pi de marcha atrás, igual que todos los días de esa semana de mayo. Mirta Aguirre ya estaba en el patio, con los pies metidos en las alpargatas y una pala de punta en las manos. La había dejado clavada en el fondo el vecino de al lado, el que se mudó en la primera tanda, en marzo. “Por si acaso”, había dicho.
El mandarino tenía nueve años, los mismos que Cacho. Lo había plantado Raúl el día que el chico nació, un palito con dos hojas, para que el nene tuviera algo que le creciera más rápido que él. Ahora le pasaba el hombro a Mirta y todavía daba mandarinas chicas, agrias, de cáscara floja, que a Cacho no le gustaban y se comía igual.
Raúl se había ido a las cinco, al turno de la obra de la represa, con el termo bajo el brazo. Antes de salir lo dijo sin mirarla, bajito, para que no fuera una pelea:
—No lo vas a poder sacar, Mirta. Es un árbol, no un mueble.
El camión de la mudanza pasaba a las diez. La casa nueva estaba a cinco kilómetros, en la ciudad que habían levantado en poco más de un año, con las tejas todas iguales y los cables bajo tierra. Mirta la había ido a ver el domingo. Calle de tierra recién abierta, olor a cal y a pintura, y en cada frente un cuadrado de pasto sin una sola sombra. Cacho se había quedado parado en la vereda, mirando para arriba, como si faltara algo en el cielo.
—¿Y dónde me voy a trepar acá? —había preguntado.
Ella no supo qué contestarle. Ahora, a las seis y diez, empezó a cavar.
Hizo un círculo grande alrededor del tronco, más grande de lo que le parecía razonable, porque alguien le había dicho una vez que las raíces llegan hasta donde llegan las ramas. La tierra de la costa era oscura y pesada, con ese olor a río viejo que tenía todo el patio. A las siete salió Cacho en pijama, se frotó los ojos y no dijo nada. Agarró la pala del otro lado, la que usaba su padre para el gallinero, y cavó con ella a su ritmo, con la lengua afuera.
A las ocho, la topadora estaba a dos casas. Se veía el pecho amarillo de la máquina por encima de los techos, y el polvo que levantaba se metía en el patio y se pegaba en las hojas del mandarino. Doña Elba, la de enfrente, se asomó con el delantal puesto.
—Mirta, por Dios. Dejá eso. Mañana vas a tener otro, en la casa nueva te dan para plantar.
—Me dan pasto, Elba.
—Y bueno, pasto.
—No es lo mismo.
Doña Elba se quedó mirando un rato. Después entró a su casa y volvió con un balde de lata y una cuerda de tender, y no preguntó más.
A las nueve y media el pozo era una olla profunda, y el mandarino seguía parado en medio, atado a la tierra con un pan de raíces del tamaño de una damajuana. Mirta metió la pala por debajo y empujó. Nada. Empujó con los dos pies. Cacho se colgó del mango. El árbol crujió, apenas, como una puerta.
Entonces el ruido de la topadora se cortó. Mirta levantó la cabeza. Un muchacho de gorra, de veinte años, a lo sumo, había bajado de la cabina y estaba parado en la vereda, con los brazos colgando. Tenía la cara cubierta de polvo, salvo alrededor de los ojos.
—Señora, me mandaron a esta cuadra a las diez.
—Y yo a las diez me voy —dijo Mirta—. Falta media hora.
El muchacho miró el pozo. Miró el árbol. Miró al nene, que tenía barro hasta las orejas.
—Es que si me atraso, el capataz…
—Ya sé.
Se sacó la gorra y se la volvió a poner. Después entró al patio, sin pedir permiso, y se agachó en el borde del pozo.
—Por ese lado tiene que soltar. Metele la cuerda por abajo, así.
Entre los cuatro, Doña Elba incluida, ataron el pan de raíces con la cuerda de tender y lo sacaron de a poco, con los hombros, hasta que el mandarino salió del suelo con un ruido húmedo, de muela. Quedó apoyado de costado sobre una arpillera, con las raíces al aire, chorreando. Mirta tuvo ganas de llorar y no tuvo tiempo.
El camión llegó a las diez y diez. El chofer miró el árbol y miró el reloj.
—Eso no entra.
—Entra —dijo Mirta—. Entra atravesado, arriba de la heladera.
Entró. Viajó de costado por la ruta, con las ramas golpeando contra la lona, y Mirta lo fue cuidando todo el camino, con una mano en el tronco, mientras Cacho iba en la cabina contándole al chofer cuántas mandarinas daba por año. Detrás, por la ventanilla de atrás, se vio la nube de polvo de la topadora que arrancaba otra vez.
En la casa nueva, Raúl las esperaba en la vereda. Había pedido salir un rato de la obra y todavía tenía el casco puesto. Miró el árbol bajar del camión. No dijo nada de lo que había dicho a la mañana. Hizo el pozo en el medio del cuadrado de pasto, frente a la ventana, y entre los tres lo pusieron en la tierra pelada, tierra colorada, distinta, y la apisonaron con los pies.
A la semana, el mandarino se quedó sin una hoja. Quedó pelado, derecho, con un aspecto de palo clavado en el medio del frente, y los vecinos nuevos, que todavía no conocían a nadie, pasaban y lo miraban con lástima. Una tarde Mirta salió con una uña y raspó apenas la corteza de una rama, y se quedó mirando.
Por debajo, todavía estaba verde.
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