Aníbal Rojas bajó del colectivo en la dársena de la estación de Lanús con el maletín de las herramientas en una mano y el diapasón en el bolsillo del saco. Eran las cuatro de la tarde de un jueves de octubre, y de las vías subía ese olor a hierro tibio y a fritura que el barrio tenía desde antes de que él naciera. Cruzó Yrigoyen esquivando una moto, dobló en 25 de Mayo y caminó seis cuadras hasta el Club Unión Obrera, que tenía el portón verde de siempre y un cartel nuevo, de lona, que anunciaba el baile del sábado.
Lo esperaba Marisa, la tesorera, con un llavero enorme.
—Don Aníbal, no sabe cómo le agradezco. Veinte años que le vengo diciendo al presidente que ese piano se está muriendo.
—No se muere —dijo Aníbal—. Se desafina, que es distinto.
El salón olía a cera y a humedad de pared vieja. Al fondo, contra el escenario de madera, estaba el vertical, un Bluthner de los años cuarenta con el barniz levantado en la tapa y una quemadura de cigarrillo en el borde, que alguien le había dejado en un carnaval. Aníbal puso el maletín sobre una silla y no se acercó enseguida. Hacía once años que no lo tocaba. La última vez había sido para el cumpleaños de Haydée, su mujer, que tocaba de oído, sin partitura, tangos y valses con la mano izquierda un poco pesada. Después ella se enfermó, y él dejó de venir al club, y el piano se quedó solo con el invierno.
Abrió la tapa. Sacó la llave de afinar, las cuñas con mango, la tira de paño roja que usaba para el temperamento. Los dedos le sabían todo, aunque las manos ya no eran las mismas. Hundió la tecla del La central y el sonido salió plano, cansado, medio tono abajo de lo que debía.
—Qué le vamos a hacer —murmuró.
Marisa se fue a contar las entradas. Aníbal colocó el paño entre los tríos de cuerdas, de modo que quedara una sola vibrando por nota, y sacó el diapasón. Lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en el hueso detrás de la oreja, como le había enseñado su maestro, don Vicente, en un taller de Remedios de Escalada, hacía más de cincuenta años. Cuatrocientos cuarenta. Un hilo fino y parejo que llenó la cabeza.
Giró la llave sobre la clavija del La. La cuerda subió, subió, y a media vuelta hizo un chasquido seco y se soltó.
Quedó colgando, enroscada sobre sí misma como un pelo. Aníbal se quedó mirándola. Faltaban cuatro horas y media para las nueve, la hora en que llegaban los primeros músicos a probar sonido, y un piano sin La central era un piano que no servía para nada.
Revisó el maletín. Rollos de alambre había, pero de otros calibres, para los bajos, para los agudos. El del La era justo el que no tenía. Pensó en llamar a la casa de repuestos de Avellaneda, pero a esa hora cerraban, y el viaje de ida y vuelta no le daba. Se sentó en el banquito. Le dolían las rodillas.
Entonces se acordó de la caja de lata.
Vivía a diez cuadras. Fue a paso rápido, con el saco abierto, y subió las escaleras del departamento sin parar. En el ropero, atrás de las cajas de zapatos, estaba la lata de galletitas donde guardaba lo que no se animaba a tirar: facturas viejas, una medalla de la parroquia, y un rollito de alambre de piano, calibre trece, que había sacado años atrás del Bluthner de su casa cuando le cambió las cuerdas por unas nuevas. El piano de Haydée. Lo había vendido el año después de que ella murió, a una escuela de Banfield, porque no soportaba verlo cerrado.
Volvió con la lata bajo el brazo.
Cortó el largo justo, lo pasó por la clavija, lo enroscó con tres vueltas prolijas y lo fue tensando de a poco, con la llave, apretando y soltando, estirando el alambre hasta que dejó de ceder. Después, el diapasón otra vez contra el hueso. El La nuevo sonaba demasiado brillante, nervioso, como un chico recién peinado. Lo bajó, lo subió. Los dos sonidos, el del piano y el de la horquilla, se montaban uno sobre el otro y producían esa batida lenta, un latido, un va y viene que se espacia a medida que uno se acerca.
Afinó el resto con la paciencia de siempre, octava por octava, hacia arriba y hacia abajo, y cuando terminó afuera ya era de noche y se escuchaban los trenes pasar a lo lejos, uno cada diez minutos. Marisa había prendido las luces y puesto las sillas contra las paredes. Habían llegado los músicos, un bandoneonista flaco y una chica con un violín en una funda de nylon, que lo miraron de lejos sin molestar.
—Ya está —dijo Aníbal, y la voz le salió rara.
Se quedó parado al lado del piano, sin saber si irse. La chica del violín se acercó. Tendría veinte años.
—¿Puedo darle un La, para afinar?
—Dale.
Ella apretó la tecla. El sonido llenó el salón entero, redondo, sin una sola batida, y el violín lo recogió con el suyo y los dos se volvieron uno, igualito, como si siempre hubieran sido el mismo hilo.
Aníbal cerró el maletín y salió despacio, con la lata vacía en el bolsillo. En la vereda, antes de cruzar, escuchó atrás suyo que empezaban a tocar un vals, con la mano izquierda un poco pesada.
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