El camión llegó a las siete y diez a la puerta del galpón de la calle Iriarte, en Barracas, con el escape tosiendo y la cabina todavía tibia. Bajó Rolando Sosa con un termo bajo el brazo y se quedó mirando la baranda de madera como quien mira un chico que va a dar examen.
—Hoy es el catorce, ¿no? —dijo—. El día de ustedes.
—El día de los fileteadores —dijo Ailén—. Pero a las doce lo necesitás en el Abasto, así que festejamos después.
Rolando asintió. Hacía treinta años que llevaba verdura desde el Mercado Central hasta las verdulerías de Almagro, y el camión tenía casi la misma edad que Ailén: un Dodge celeste, con la baranda lateral lijada hasta la madera. Se la habían rayado en una maniobra en septiembre, y él no quería chapa nueva ni calcomanía. Quería filete, como el que le había hecho el viejo Quiroga en el noventa y tres. El viejo Quiroga era el abuelo de Ailén y llevaba cuatro años muerto.
Ailén puso el termo de Rolando sobre el banco, abrió la lata de esmalte sintético y revolvió con una espátula hasta que el rojo dejó de hacer vetas. Olía a aguarrás y a barniz, el olor del taller desde que ella tenía memoria. Había dibujado el diseño la noche anterior sobre papel manteca: hojas de acanto en las puntas, una flor grande al medio, un moño de cinta, y debajo de todo, de punta a punta de la baranda, una línea larga, de más de dos metros, que cerraba el conjunto. Esa línea se hacía con la banda. Con nada más.
La banda era un pincel sin mango, solo la virola cargada con pelo de oreja de vaca, de más de cinco centímetros. Ella tenía la de su abuelo, con la virola marcada por sus dedos. Se la había dejado a ella en una caja de zapatos, envuelta en un trapo, untada con vaselina para que los pelos no se torcieran.
Pintó las hojas sin problema. Las flores también. Cargó los colores planos con el pincel de filetear, rojo, verde, un amarillo que sacaba de la lata como manteca, y la mano le respondió. Rolando se sentó en un cajón de manzanas y no habló, que es lo mejor que puede hacer un cliente.
A las nueve y media quedó la línea.
Ailén apoyó la banda sobre el azulejo, la cargó despacio, con todos los pelos en el mismo sentido, como le habían enseñado. Se paró frente a la baranda. Levantó la mano.
Le tembló.
No mucho. Un temblor fino, de cansancio, que venía desde hacía una semana y que se había instalado justo cuando le encargaron este trabajo. Una línea larga no perdona: si la mano duda, el trazo hace una ola, y esa ola se queda ahí para siempre, a la vista de todo el que pase por Almagro a las seis de la mañana.
Bajó la banda. La limpió con aguarrás. Volvió a cargarla.
—¿Querés que me vaya a dar una vuelta? —preguntó Rolando.
—No. Quedate.
Lo intentó dos veces más. En la segunda, la línea salió con una curva de tres centímetros a la altura de la rueda, y tuvo que lavarla con trapo antes de que secara. Eran las diez y cuarto. A las doce el camión tenía que estar cargando.
Se sentó en el piso, contra la pared, con la banda en la mano. Del otro lado de la chapa del galpón pasó un colectivo, sin filete, liso, con la publicidad pegada. Pensó en su abuelo, que decía que la mano no pintaba, que pintaba el cuerpo entero, desde los pies, y que el pincel era lo último que se enteraba.
—Rolando —dijo—. ¿Tu viejo vendía verdura también?
—Con carro. Con un caballo bayo que se llamaba Pelusa. —Rolando sonrió—. Lo prohibieron en el sesenta y ocho. Mi viejo lloró dos días. Después compró el primer camión, y lo primero que hizo fue mandarlo a filetear.
—Estoy pintando el cuarto camión de tu familia.
—El tercero. El cuarto es este, con vos.
Ailén se paró. No se secó las manos. Puso los pies separados, cargó el peso en las dos piernas, como se pone el que va a cruzar un río por unas piedras, y respiró hasta que el aire le llegó al fondo de la espalda. Cargó la banda una vez más, despacio, sobre el azulejo, hasta que los pelos quedaron derechos y parejos, brillando.
Apoyó la banda en el extremo izquierdo de la baranda. Toda, no la punta. Y empezó a caminar.
No miró el pincel. Miró el final de la tabla, un punto imaginario a dos metros, y dejó que el cuerpo se moviera hacia ahí, un paso, otro, la mano colgando de ese movimiento como un vagón enganchado. La pintura salió pareja, roja, sin gotas. Cuando llegó al extremo, levantó la banda con suavidad, y el trazo terminó afilado, como una aguja.
Nadie dijo nada. Se escuchaba el motor enfriándose y, a lo lejos, una bocina.
Rolando se levantó del cajón y se acercó. Pasó el dedo a un centímetro de la línea, sin tocarla. Tenía los ojos húmedos, y lo disimuló sirviéndose el café del termo.
—Es igual a la del noventa y tres —dijo.
—No —dijo Ailén—. Es mía.
A las once y cuarenta, con el esmalte todavía fresco, Rolando subió a la cabina y arrancó. Ailén salió a la vereda con la banda en la mano y lo vio doblar hacia Vélez Sarsfield, rumbo al Abasto. Desde ahí, con el sol de costado, la línea larga brillaba sobre la baranda como un hilo rojo tendido entre dos mástiles, y no se movía, aunque el camión sí.
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