Vidrio bajo la Movediza

Evaristo Ferrante se levantó a las cuatro, antes que el gallo del vecino y antes que Nunzia, para no tener que explicarle adónde iba. Se calzó las botas sin atar, se llenó el bolsillo de galleta dura y salió al aire de marzo, que todavía traía el calor pegajoso del jueves.

Desde el patio se veía el cerro. Era un bulto negro contra un cielo apenas gris, y en lo alto, donde desde que él tenía memoria había una silueta redonda apoyada en un punto, ahora no había nada. Evaristo se quedó mirando ese hueco como quien mira un diente que falta.

Había oído la noticia a las siete de la tarde, en el almacén de la calle Rivadavia, mezclada con el olor a querosén y a yerba. Alguien dijo que la Movediza se había caído. Alguien más dijo que había sido entre las cinco y las seis, y que nadie la vio. Un tercero, sin mirarlo, dijo “los canteros”, y el almacén se quedó callado como si hubieran apagado una vela.

Evaristo era barrenero. Hacía agujeros en el granito con una barra de acero y una maza, los cargaba de pólvora y encendía la mecha, y después se tiraba atrás de una peña a contar. De esos cerros salían los adoquines que se iban en tren a Buenos Aires. Su mecha, el jueves, había sido la de las cinco y cuarenta. Él lo sabía mejor que nadie, porque había mirado el reloj del capataz antes de encenderla.

Subió por el sendero de las cabras con la barra al hombro, por costumbre, aunque no pensaba trabajar. Le crujían las rodillas. A mitad de cuesta se sentó, mascó un pedazo de galleta y pensó en lo que le diría a la gente si le preguntaban. No encontró nada que sirviera. Lo único que podía hacer era llegar primero y mirar con sus propios ojos, antes de que llegaran los fotógrafos, los diputados y las jardineras llenas de familias que venían de la estación a ver el milagro y ahora vendrían a ver el entierro.

Cuando salió a la loma ya clareaba. El aire olía a tomillo pisado y a piedra fría. Caminó hasta el borde, donde la Movediza había hecho su equilibrio durante siglos, y se arrodilló.

La base era una pequeña cuna de granito gastado, lisa como una palangana. Evaristo pasó la mano por el borde y buscó lo que buscaba: la marca negra de la pólvora, la quemadura, la grieta fresca con el filo vivo de un golpe. Conocía esas señales como las líneas de su palma. Había visto cómo muerde un barreno una piedra, y cómo la deja.

No había nada de eso. La piedra estaba limpia.

Se quedó un rato sin respirar bien. Después se dio cuenta de que algo brillaba en la cuna, justo donde el sol empezaba a entrar de costado. Se acercó con la cara casi pegada al granito.

Era vidrio. Pedacitos verdes, marrones, transparentes, incrustados en las rugosidades como la sal en un borde de copa. Miles. Evaristo se acordó de las botellas. Todo Tandil sabía que los turistas las ponían bajo la piedra el sábado, la empujaban para que se meciera y volvían el domingo a ver los cascotes. Él mismo había visto a un inglés, con sombrero de corcho, pagarle cincuenta centavos a un pibe para que acomodara una de ginebra. Años de botellas. Décadas. Una molienda lenta, de gente que quería la prueba de que la piedra era de verdad.

—No fuiste vos —dijo en voz alta, y se sorprendió de que le saliera tan flojo.

Pero no sabía si le creía. El vidrio no decía nada de su mecha. Podía haber sido el vidrio, o la pólvora, o las dos cosas, o ninguna. Un hombre de ciencia de Buenos Aires hablaría de resonancia y de péndulos, y habría otro que juraría haber visto a una secta. Evaristo no iba a saberlo jamás. Eso era lo que había subido a buscar, una respuesta, y lo que encontraba era un hueco con forma de pregunta.

Abajo, en el sendero, sonaron voces y una tos. Subían los primeros. Evaristo se levantó despacio y se sacudió el polvo de las rodillas. Antes de irse, desprendió con la uña un fragmento de vidrio verde y se lo guardó en el bolsillo, junto a la galleta.

—¿Es usted el que la tiró? —le preguntó un muchacho de la comitiva, con una libreta en la mano, mientras Evaristo bajaba.

Evaristo lo miró de arriba abajo. Tenía los zapatos limpios y una curiosidad que no le hacía mal a nadie.

—Soy el que la quería —dijo—. Como todos.

En la cantera lo esperaba el capataz con el reloj abierto en la palma. Evaristo agarró la barra, eligió su frente de granito y empezó a golpear. Entre un golpe y otro, sentía en el bolsillo el vidrio verde, chiquito y filoso, que todavía guardaba un poco de la luz del cerro.

A las cinco y cuarenta, como siempre, encendió la mecha. Se tiró atrás de la peña y contó hasta el final, con los ojos abiertos.

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