A las dos y diez de la madrugada, en la cabecera de Barrancas de Belgrano, Norberto Iglesias apagó el cartel luminoso del interno 114 y se quedó un rato con las manos en el volante, como si el micro fuera a arrancar solo. Hacía cuarenta y un años que la línea 60 le pagaba el sueldo y treinta y tres que el 114 era suyo: lo había comprado en cuotas, como casi todos los socios componentes, con plata del padre, que había llegado de Pontevedra con una valija de cartón y ningún oficio. Mañana se firmaba el traspaso. Esta era la última vuelta.
La vuelta, en realidad, era corta: de Barrancas hasta la playa de Barracas, en Suárez y General Hornos, donde el 114 dormiría con los demás. Treinta, treinta y cinco minutos sin tráfico. Norberto la había hecho mil veces con el micro vacío y la radio baja.
Lo que no esperaba era el pibe del fondo.
Lo vio por el espejo grande, cuando ya había cerrado la puerta: un chico de veinte años, con una mochila de delivery entre las piernas y la cabeza contra el vidrio, dormido de verdad, con la boca abierta. Se había subido en la última parada de la noche y nadie le había avisado que el servicio terminaba ahí.
—Flaco —dijo Norberto, sin levantarse—. Flaco, estamos en la cabecera.
El chico abrió un ojo.
—¿Pasa por Constitución?
—Este ya no pasa por ningún lado. Va a la playa.
—La playa está en Barracas, ¿no? —El chico se frotó la cara—. Desde ahí camino. Dejame ir con vos, jefe. Se me murió el celular y la bici la dejé encadenada en Cabildo.
Norberto lo pensó menos de lo que debía. Hizo un gesto con el mentón y el chico se sentó dos asientos atrás, del lado del pasillo, con la mochila en el regazo. Se llamaba Brian. Trabajaba para una aplicación de comida y había terminado el último pedido en Núñez.
El 114 salió de Barrancas con el motor quejándose en primera. Norberto conocía cada ruido. Cuando cambiaba a segunda había un zumbido que venía del lado del tablero, y desde hacía años lo dejaba así, porque el día que lo arreglara iba a extrañarlo.
Bajaron por Cabildo, después Santa Fe, con los semáforos pasando a amarillo intermitente para nadie. Olía a gasoil tibio, a yerba vieja del termo y al desinfectante del piso. En Palermo, Brian se despertó del todo y empezó a mirar la calle.
—Qué lindo que es viajar de noche en bondi —dijo—. Parece otra ciudad.
—Es la misma. Solo que no hay nadie para taparla.
En Plaza Italia, Norberto dio la vuelta a la calzada circular despacio, sin apuro, y se acordó de la primera vez que la había dado con un micro propio: 1987, el 114 recién pintado, y su viejo esperándolo en la playa con una botella de sidra para brindar sobre el capot. El viejo había muerto en 2004. La sidra nunca la tomaron; se la regalaron a un mecánico.
—¿Cuántos años manejaste? —preguntó Brian.
—Cuarenta y uno.
—¿Y hoy qué, te jubilás?
—Vendo el interno. El que lo compra lo va a manejar con el cartel nuevo. No sé si te fijaste, pero ahora el cartel dice Barrancas, Escobar, Tigre. Antes decía Constitución. Constitución era la palabra. Uno se subía y no preguntaba más.
Norberto no dijo lo que seguía, que era lo único que lo apuraba: que de todos los ramales, solo uno pasaba todavía por la plaza, y que él lo había manejado treinta años y nunca había podido despedirse de ese tramo. Desde Barracas no hacía falta ir por Constitución. Cualquier chofer lo sabía. Hacerlo era un desvío de diez cuadras, con el micro vacío, sin que nadie lo viera ni lo anotara, salvo un pibe que probablemente se olvidara de todo al día siguiente.
Siguió por Las Heras, después Junín, Corrientes. Cuando el semáforo de Callao se puso en verde, Norberto no giró hacia el sur por el camino corto. Siguió derecho.
—Jefe, esto no es para Barracas —dijo Brian.
—No. Esto es para Constitución. Cinco minutos, y te dejo en la puerta de la estación para que no camines.
Pasaron por Avenida de Mayo con las persianas bajas, un panadero descargando bolsas de harina en una esquina, un taxi con las luces apagadas esperando a nadie. Norberto bajó la ventanilla. Entró un aire frío que olía a pan y a río, aunque el río quedara lejos. Brian se levantó y se paró junto al asiento del chofer, agarrado del caño.
—¿Siempre fue así?
—Siempre. Yo llegaba a las cinco y media y ya estaban los que venían a tomar el tren a La Plata, con los termos y los diarios. Todos de pie. Todos con sueño.
La plaza apareció de golpe, con las palmeras negras y la estación al fondo, el reloj marcando las tres y veinte. Norberto frenó en la parada de la puerta, la que decía 60 con letras desteñidas. Apagó el motor. El zumbido de segunda se fue con él.
No dijeron nada durante un rato. Se escuchaba un tren que maniobraba y, más cerca, el tic del motor enfriándose.
—Gracias por el viaje —dijo por fin Brian, y bajó con la mochila al hombro.
—Cuidate.
El chico cruzó la plaza hacia las boleterías sin darse vuelta. Norberto se quedó en el asiento, mirando el parabrisas, hasta que el reloj de la estación pasó a las tres y media. Después prendió el cartel de nuevo, por última vez, y dejó que dijera lo que decía, Barrancas de Belgrano, al revés de todo.
Giró la llave. El 114 arrancó con su zumbido de siempre.
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