El filo de Aurelio

A las cinco y diez, con el viento del oeste ya largado sobre la meseta, Aurelio Maldonado prendió el esmeril del fondo del galpón y la chispa le dibujó una raya naranja en los lentes. Era el cuarto día de esquila en la estancia, a unos cuarenta kilómetros de Piedra Buena. Quedaban unas novecientas ovejas en los bretes, y él tenía veintidós cuchillas por afilar antes de que el cocinero terminara de calentar el agua para el mate.

Había sido esquilador hasta los cuarenta y ocho. Después la espalda le dijo que no, y la comparsa le dio el puesto de mecánico: afilar peines y cuchillas para los cuatro turnos del día, de poco más de dos horas cada uno. Treinta y cuatro temporadas en total. Esta era la última, aunque todavía no se lo había dicho a nadie.

Pasó la primera cuchilla por el plato con la pasta, la miró a contraluz, la secó con un trapo y la dejó en la caja de lata. Después la segunda. El galpón olía a lanolina, a grasa de máquina y a humo de leña, porque el cocinero ya había encendido el fogón afuera, al reparo de los fardos.

—Don Aurelio —dijo una voz detrás de él.

Era Brian, el esquilador nuevo. Diecinueve años, de Río Gallegos, con una campera de equipo de fútbol que le quedaba grande y las manos cortadas de tanto sostener el cuerpo de la oveja. Traía la pieza en la mano, como quien trae un pájaro herido.

—Otra vez me corta —dijo—. Ayer me cortó cuatro. Hoy ya van dos y recién son las cinco.

Aurelio no contestó. Sacó el peine, lo apoyó contra la luz de la lámpara y pasó el dedo por los dientes, sin apurarse. Después hizo lo mismo con la cuchilla.

—El filo está bien —dijo.

—¿Entonces qué?

—Entonces no es el filo.

Brian se quedó parado con la boca apenas abierta. Afuera el viento golpeó la chapa y el galpón entero crujió como un barco. En la mesa de clasificar, alguien había dejado una lata con fichas, las que el playero reparte para pagar cada oveja pelada, y las fichas tintinearon con la vibración.

Aurelio dejó el peine y se limpió las manos.

—Vení. Sentate acá.

Le hizo agarrar una cuchilla vieja y le acomodó los dedos como se los habían acomodado a él en 1989, en un galpón de San Julián, un capataz que ya no existía. No era agarrar fuerte. Era agarrar parejo, con la muñeca suelta. Le explicó que la oveja se siente cuando uno se apura y se pone dura, y que una oveja dura es una oveja que se mueve, y que una oveja que se mueve es un tajo.

—Vos vas rápido porque te están contando las latas —dijo—. Todos fuimos rápidos por la plata. Pero el que cuenta las latas es el playero, no es tu problema. Tu problema es dónde pisás.

—¿Dónde piso?

—Con los pies. Dónde apoyás el peso. Si el peso lo llevás en los pies, las manos van livianas.

Brian practicó en el aire. Después en un fardo viejo, con la cuchilla apagada. Aurelio lo miró dos o tres veces sin decir nada, y después volvió al esmeril, porque todavía le faltaban diecinueve cuchillas y el sol ya empezaba a pintar de gris las ventanas del fondo.

A las seis y media el cocinero golpeó una olla con un cucharón. Se oyó el ruido de las botas sobre la tarima, las voces, el portón de los bretes. El capataz repartió los turnos. Brian agarró su máquina, enganchó la primera oveja y la dio vuelta sobre las rodillas. Aurelio, desde el esmeril, ya no lo veía. Escuchaba.

Se escucha la esquila. El zumbido parejo, los pasos del playero, la oveja que se afloja, el vellón que cae entero como una sábana sacada de la cama. Cuando algo va mal, el zumbido se corta, hay un balido corto y alguien pide el aerosol azul para curar. Esa mañana, en el primer turno, el aerosol no sonó.

En el segundo turno, tampoco. Al mediodía, el playero, un chico flaco de Gregores que se llamaba Ezequiel, vino con una ficha en la mano y se la mostró a Aurelio, como quien enseña una estampita.

—Ciento veinte, el nuevo —dijo—. Y ninguna cortada.

—Mirá vos —dijo Aurelio, y siguió con el peine.

A la tarde, cuando el viento aflojó y la meseta quedó amarilla hasta el horizonte, Brian vino al fondo del galpón con el mate y dos facturas de la bolsa del cocinero. Se sentó en un cajón de manzanas.

—Don Aurelio. ¿Quién lo va a hacer el año que viene?

—¿Qué cosa?

—Esto. Afilar.

Aurelio le recibió el mate. Estaba caliente, un poco amargo, justo como le gustaba. Miró el esmeril, el plato gastado en el medio por tantos años de cuchillas, la caja de lata donde las dejaba en fila.

—Ahora que lo preguntás, no sé.

Brian miró para otro lado, hacia las ovejas recién peladas, que se amontonaban blancas y raras en el corral, como si les hubieran sacado el abrigo antes de tiempo.

—Yo aprendo —dijo—. Si usted quiere.

Aurelio no contestó enseguida. Terminó el mate, devolvió el mate, y recién entonces sacó de la caja la última cuchilla de la tarde, la que había dejado para el final. La puso en la mano del pibe, con el filo hacia afuera.

—Mañana a las cinco —dijo—. Traé guantes. Esto muerde peor que la oveja.

Afuera, el cocinero ya había prendido el cordero al asador para la noche. El humo se iba para el este, hacia la ruta, y adentro del galpón el esmeril, apagado, seguía girando un poco más, solo, hasta quedarse quieto.

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