El turno de las tres

La bicicleta de Eusebio tenía el farol atado con alambre, y Joaquín lo prendió recién al llegar al carril Sarmiento, cuando ya no quedaba nadie que lo viera pedalear con la linterna del abuelo en el bolsillo y el azadón cruzado sobre el manubrio. Eran las once y media. Hacía veinte días que Eusebio estaba internado en el hospital Paroissien con la cadera rota, y desde entonces el turno del canal era de su nieto.

—Vos no hacés nada raro —le había dicho el viejo desde la cama, con el pijama del hospital abotonado mal—. Entregás las boletas, abrís cuando toca, cerrás cuando toca. Y escuchás. El agua avisa antes de llegar.

Joaquín había entregado las boletas esa mañana, casa por casa, con el block de copias en una bolsa de supermercado. Cada regante firmaba al pie, en la hoja amarilla que se quedaba el tomero. Don Giménez firmó sin mirarlo. La señora del barrio nuevo, la del cerco de ligustro, firmó diciendo que ella no entendía para qué, si el pasto lo regaba con manguera. Y Perla Aguilera, que tenía una hectárea de parral criollo detrás de la casa y no la había vendido a pesar de las ofertas, firmó despacio, con una letra de maestra, y dijo:

—A las tres, ¿no? Vengo a las tres.

—Usted no se preocupe, doña Perla. Yo le abro.

—Ya sé que me abrís. Vengo igual.

Ahora la noche olía a tierra húmeda y a humo de leña de algún patio. Había una luna chica. Los álamos del carril se movían apenas, y entre ellos, bajo el puente de cemento, se oía el canal corriendo grueso por el cauce principal. Joaquín dejó la bici contra un poste y bajó por el terraplén hasta la compuerta de la hijuela Centenario, la de fierro pintado de verde, con la manivela que Eusebio engrasaba cada marzo.

Giró la manivela, y no pasó nada. Giró otra vez, más fuerte. La compuerta subió sin dificultad, pero la hijuela, que tenía que llenarse de a poco, siguió seca. Desde el puente llegaba el ruido del agua, pero no llegaba el ruido del agua entrando.

Prendió la linterna y caminó por el borde del cauce, treinta metros, cincuenta. En la curva, antes del tablón de la finca de Giménez, encontró lo que buscaba: un atoradero. Bolsas de plástico, una bolsa de cemento rota, ramas de álamo, y en el medio, hinchado y negro, un colchón de una plaza. Todo prensado contra la reja de la alcantarilla como si lo hubieran puesto ahí a propósito. Una parte del agua ya se había abierto camino por arriba y se perdía en la zanja del vecino.

Joaquín miró la hora en el reloj de pulsera de su padre. Doce y diez. Tenía hasta las tres. Eusebio le había contado mil veces lo de la basura, que en Maipú todo viene a parar al canal, que la ciudad tira lo que no quiere ver y el agua se lo trae de vuelta al que cuida. Nunca le había contado cómo se saca un colchón mojado de una reja con una sola persona.

Se sacó las zapatillas, se arremangó el jean y bajó al agua. Estaba fría como la de una heladera. Empezó por lo liviano, las bolsas y las ramas, que fue tirando al borde con el azadón, y después se agachó a buscar el colchón por abajo, con las dos manos, buscando dónde agarrarlo. Pesaba más que él. Tiró, y el colchón no se movió. Probó empujando desde el costado, resbaló, se mojó hasta el pecho y se quedó un momento ahí, con la respiración cortada, mirando la luna en el agua.

Pensó en llamar a su tío Raúl. Pensó en dejar la boleta de Perla sin cumplir y decirle mañana que el canal estaba sucio, que era verdad. Nadie le iba a reprochar nada. En ese tiempo había menos parrales cada año, el barrio nuevo avanzaba por el carril como una mancha y a cada rato alguien preguntaba para qué seguían regando eso.

Entonces escuchó, por encima del agua, un chirrido de bicicleta. Era un ruido muy particular, de cadena seca. Una linterna bajó por el terraplén balanceándose, y detrás venía doña Perla con un chal sobre el camisón y un rastrillo de jardín en la mano.

—Falta una hora y pico para las tres —dijo Joaquín, tiritando.

—Ya sé. Te dije que venía igual.

No preguntó nada. Se paró en el barro con las botas de goma, clavó el rastrillo debajo del colchón y le hizo una seña con la cabeza. Tiraron los dos. El colchón cedió con un ruido de trapo mojado, giró sobre sí mismo, y la reja, de golpe, se descargó: el agua pasó por debajo con un golpe sordo, como un animal que se despierta.

Lo arrastraron entre los dos hasta el borde y lo dejaron ahí, chorreando. Después limpiaron la reja a mano hasta que no quedó una sola hoja. Joaquín volvió a la compuerta, corriendo, con las zapatillas en la mano.

Esta vez lo oyó. Primero fue un murmullo en el fondo de la hijuela, algo que se parecía al viento. Después el sonido se hizo más ancho y más cercano, un ruido de tela que se desliza, y la linterna alumbró una lengua oscura que avanzaba despacio por la tierra seca, llevándose adelante un poco de polvo, una cáscara de maní, una hormiga que no entendía nada.

—Ahí viene —dijo doña Perla, y su voz sonó distinta, más joven.

Caminaron siguiendo el agua por la hijuela hasta el fondo de la finca, hasta el primer surco del parral, y se quedaron mirando cómo la tierra se oscurecía, hilera por hilera, bajo las parras que todavía no habían echado brote. Eran las dos y cuarenta. Joaquín sacó del bolsillo la copia amarilla de la boleta, que se había mojado en una esquina, y una birome que milagrosamente andaba.

—Firme acá, doña Perla. Para que quede constancia.

Ella apoyó la hoja contra el poste de un alambrado, escribió su nombre con la letra de maestra y, al devolvérsela, le puso la mano fría sobre el hombro, un segundo, como hacía con los chicos cuando les tomaba la lección.

Después se quedaron callados. En la oscuridad del parral, el agua seguía llegando.

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