El camión de la municipalidad dejó a Ariel en la entrada de las ruinas a las siete y diez de la mañana, con un termo, una espátula de albañil y un cuaderno de tapa dura. Era un martes de febrero y ya hacía calor. Del lago venía ese olor a sal mojada y a algo más viejo, a pileta cerrada.
—¿Seguro que sabés por dónde ir? —le preguntó el chofer, que era de Carhué como él y lo conocía del colectivo.
—Seguro no. Pero la calle la tengo en las piernas.
Caminó. Los árboles muertos estaban blancos hasta la mitad, como si alguien los hubiera mojado en cal. Pisaba una costra que crujía y a veces cedía. Pasó el esqueleto de un hotel con las columnas peladas, una bañadera de hierro boca arriba, el cordón de una vereda que ya no llevaba a ninguna casa. El agua se había retirado hacía unos años y había dejado todo a la vista, parejo y pálido, igual que un cuarto después de una mudanza.
Ariel tenía siete años en 1985. Se acordaba de poco, pero lo que se acordaba lo tenía entero: el ruido del agua una madrugada, su madre envolviendo los platos en el diario, el tren que los sacó cuando los caminos ya estaban tapados. Se acordaba sobre todo de su padre, Mateo Quinteros, sentado en la cocina todos los diciembres con un lápiz de carpintero detrás de la oreja.
—Ven, Ariel. Parate contra la pared.
Y le hacía una raya a la altura de la cabeza. Pero la raya de la cabeza era la de arriba. Más abajo, en la misma pared, había otras. Cada una con una fecha y un número.
—Esto no es tu altura, nene. Es la del lago.
El lago subía cincuenta, sesenta centímetros por año, y su padre, que trabajaba en el matadero y no creía en nada que no pudiera medir, había decidido medirlo. Marcaba la orilla contra la pared del fondo de la casa, la que daba al terraplén, y anotaba. Después, cuando todos en el pueblo hablaban del canal y de la Hidráulica y de que alguien iba a arreglar eso, Mateo seguía con el lápiz. No discutía. Marcaba.
Su padre había muerto en Carhué en 1999, sin volver a pisar Epecuén. Ariel nunca le preguntó por la pared. Lo que quería ahora era simple y un poco ridículo, y no se lo había contado a nadie, ni a su mujer: ver si la pared seguía en pie y si las marcas se leían.
A las ocho y media encontró la calle. Había perdido la cuenta de las cuadras, pero reconoció un poste de ladrillo con un mosaico roto, el de la esquina de la panadería. Contó dos lotes. Un cimiento. Un piso de baldosas rojas y negras, en damero, con una mancha de sal encima como una escarcha.
La casa no tenía techo. Tenía tres paredes, y la del fondo, la que daba al terraplén, estaba entera hasta la altura del pecho y después seguía en pedazos. Ariel se paró frente a ella con el cuaderno apretado contra el cuerpo.
La sal la había tapado toda, una capa gris blanquecina, áspera, que brillaba un poco cuando el sol la agarraba de costado. No se veía ninguna raya.
Se agachó. Sacó la espátula. Tenía miedo de arrancar justo lo que buscaba, así que empezó por abajo y fue raspando despacio, con el filo casi plano, como quien le saca la costra a una herida. La sal cayó en escamas. Debajo apareció el revoque amarillo de la cocina, el mismo amarillo que su madre había elegido en el 79, y a los veinte minutos, cuando se le dormían los dedos de la mano, apareció una línea de lápiz.
Gris, finita, derecha. Y al lado, en letra de imprenta, un número. Dic. 1980. 0,52.
Ariel se sentó en el piso de damero. Se quedó un rato así, con la espátula en la mano. Después se paró y siguió.
Fue encontrando las demás una por una, cada una unos centímetros más arriba que la anterior, como los escalones de una escalera que subía hacia el techo que ya no había. 1981. 1982. 1983. En la de 1984 su padre había escrito una sola palabra además del número, y la palabra decía otra. Ariel se rió solo, con un sonido seco. Era tan Mateo.
La última marca estaba a la altura de su propia cabeza, y ahí se quedó mirándola. Era la que le había hecho a él, ahora lo entendía, o a medias: al lado del número del lago había una segunda raya, más corta, y una letra chica, A. Su padre había medido las dos cosas juntas, el agua y el hijo, y las había dejado en la misma pared, sin decir nunca que eran la misma cuenta.
Del otro lado del terraplén, lejos, se oyó una chicharra y después nada. Un par de visitantes con gorra pasaron por la calle de al lado, hablando bajito, como en una iglesia. Uno sacó una foto de la casa sin mirar adentro.
Ariel abrió el cuaderno. Desde que se jubiló del volante pensaba en llevar un registro de cualquier cosa, y recién ahora sabía de qué. Se sacó el lápiz de la oreja, un lápiz de carpintero, achatado, que se había comprado la semana anterior en la ferretería de la avenida, sin preguntarse por qué ese y no una birome.
Se paró de espaldas a la pared. No había nadie para marcarle la cabeza, así que levantó la mano plana por encima, la apoyó contra el revoque y trazó la raya a ciegas, a una altura que le pareció la suya. Se dio vuelta. Quedaba medio dedo más alta que la de 1985. Ni siquiera se había dado cuenta de que seguía creciendo.
Debajo de las dos, donde el piso de baldosas se encontraba con la pared, dibujó una última línea corta y escribió la fecha de hoy. Y al lado, donde su padre anotaba los metros del lago, puso un cero. Después, porque le pareció honesto, le agregó una coma y otro cero.
Guardó la espátula, cerró el cuaderno y salió por donde había estado la puerta. En la calle de sal el sol ya le pegaba fuerte en la nuca. Caminó hacia la entrada sin darse vuelta, con el lápiz otra vez detrás de la oreja.
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