El viento del sudoeste había clavado las lanchas amarillas contra la Banquina Chica desde las seis de la mañana, y Pascual Iaccarino aprovechó para remendar. Estaba sentado en un cajón de pescado dado vuelta, con la red extendida sobre las rodillas y la aguja de madera ya gastada en la punta, y trabajaba sin mirar, como se toca algo que se sabe de memoria.
Era domingo, último día de la Fiesta de los Pescadores. A las once la misa en la Sagrada Familia, después la procesión con San Salvador hasta la banquina, y a la una la salida de las embarcaciones para tirar flores al mar. Pascual tenía un ramo de margaritas envuelto en papel de diario, apoyado en la proa de la Stella del Sur. Lo había comprado a las siete y lo estaba cuidando del viento como a un pichón.
Abajo, entre los pilotes, un lobo marino viejo resoplaba y se acomodaba sobre otro. Los turistas se asomaban a la baranda para fotografiarlo, y de paso lo fotografiaban a él.
—¿Eso lo hace todos los días, señor? —preguntó un pibe de unos nueve años, con una gorra de Boca que le quedaba grande.
—Cuando no hay mar, sí.
—¿Y cuando hay?
—Cuando hay, no remiendo. Pesco.
El pibe se rio. Atrás venía la abuela, con una cartera apretada contra el pecho y un acento que Pascual conoció antes de que abriera la boca.
—¿Usted es de Ischia? —le dijo él, sin levantar la vista.
—De Forio. ¿Y usted?
—Mi viejo era de Sorrento. Yo soy de acá, de la calle Magallanes.
La mujer asintió, como quien confirma un dato de un documento. Pascual siguió con la aguja. Le faltaban tres mallas para cerrar el rasgón, y no tenía apuro, porque para la procesión no hacía falta la red. Hacía falta otra cosa, y esa otra cosa no estaba resuelta.
Hasta el año pasado salía con su hermano Cosimo en la misma lancha. Cosimo se había ido en octubre, de un infarto, en la cocina de su casa, mirando el pronóstico. Habían tirado sus cenizas en la escollera, cosa que Pascual no quería, pero que había aceptado porque la familia era grande y él era el menor. Después de eso la Stella del Sur se quedó sin segundo hombre, y la Sociedad de Patrones le avisó que para la procesión náutica los lugares se asignaban a las embarcaciones grandes, las que llevaban fieles, la reina y el cura.
—Pascual, entendeme —le había dicho el presidente—. Una lanchita de siete metros con un solo tipo arriba no entra en el programa.
—Yo no pido entrar. Pido que no me saquen.
—Es lo mismo.
No era lo mismo, pero no lo discutió.
A las diez y media cerró la última malla, cortó el hilo con los dientes y dobló la red en cuatro. Lo hizo con cuidado, aunque nadie la fuera a mirar. Después sacó una lata de la bolsa, mate cocido tibio, y se la tomó parado, de espaldas al viento.
Las campanas llegaron desde el barrio a las once y cuarto, flacas por la distancia. Un rato más tarde apareció la procesión por la calle, con el San Salvador a hombros, los hombres de camisa blanca, los chicos con banderitas de Italia y de la Argentina, todo mezclado. La banda tocaba algo lento. Los turistas se corrieron a las barandas, y el pibe de la gorra se subió a un cajón para ver mejor.
Pascual miró hacia el agua. El viento había bajado un poco. No lo suficiente para salir al mar abierto, pero sí para moverse adentro del puerto, entre los muelles y hasta la boca.
Desató la Stella del Sur sin avisar a nadie. Puso el ramo en el piso de la lancha, entre los pies, y arrancó el motor al segundo intento. Pasó junto al muelle Deyacobbi con el casco golpeando apenas las defensas, y rodeó los barcos de altura amarrados, enormes y herrumbrados, que lo hacían parecer un juguete.
—¡Señor! —gritó una voz desde la banquina—. ¡Señor, espere!
Era el pibe. Corría por el borde con la gorra en la mano, y detrás la abuela, que no corría pero caminaba rápido.
Pascual dudó un segundo con la mano en el acelerador. Después hizo la maniobra, volvió despacio y arrimó la proa al escalón.
—No es paseo —dijo.
—Ya sé —dijo la mujer, y se persignó antes de bajar con el nieto de la mano. Pascual los ayudó a subir a los dos, y ella se sentó en el banco de popa con la cartera sobre el regazo, sin preguntar nada.
Salieron. Adentro del puerto el agua tenía un verde espeso, con manchas de aceite que brillaban como vidrio. Desde la banquina llegaba la música, cada vez más lejos. Las embarcaciones grandes ya se alineaban junto a la escollera, listas para cruzar la boca con la reina y los fieles a bordo.
Pascual apagó el motor a cien metros de la salida, donde la corriente de la marea bajante empezaba a tirar hacia afuera. Levantó el ramo, le sacó el papel de diario y lo dejó en el piso.
—Era mi hermano —dijo—. Se llamaba Cosimo.
—Dilo tú —dijo la mujer en voz baja—. Nosotros escuchamos.
Pascual no sabía rezar bien. Dijo el nombre otra vez, y después dijo que la red estaba arreglada, que la lancha seguía amarilla, que el motor andaba como a él le gustaba. Después soltó las margaritas una por una, y el pibe, sin que nadie se lo pidiera, soltó también la gorra de Boca con la última.
La corriente las agarró enseguida. Las flores empezaron a alejarse entre los pilotes, rumbo a la boca, mientras de la banquina subía el Ave María. Un lobo marino grande, de lomo oscuro, asomó la cabeza al lado de la lancha, miró el ramo y empezó a nadar detrás.
La gorra flotó un rato más que las flores, y después también se fue.
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