A las cuatro de la tarde del sábado, Elías Bronstein subió a la parrilla del teatro por la escalera de gato, escalón por escalón, con la mano buena agarrada al hierro y la otra apretada contra el pecho. Arriba olía a madera nueva y a cola. Hacía cuatro meses que ese techo no existía.
Había sido el tornado de diciembre. Se llevó parte de la sala, parte del techo y las bambalinas, y dejó a la Kadima con el cielo adentro. Ahora, en abril de 1993, la comisión había juntado plata, la Comuna había mandado gente, y esa noche a las ocho el telón tenía que abrirse otra vez para el pueblo entero de Moisés Ville. Faltaba una sola bambalina, la última, la de la tercera vara.
Elías era tramoyista desde los diecinueve años. Cuarenta y siete años de sogas, de contrapesos, de poleas que chillaban cuando tenían que callarse. Conocía ese escenario como otros conocen la cara de un hijo. Pero desde el invierno le temblaba la mano izquierda, y un nudo que no se cierra bien en la parrilla no es un problema de nadie hasta que cae sobre una cabeza.
—¿Don Bronstein? Me mandó el ingeniero.
Abajo había un pibe flaco, de bombacha de campo y zapatillas, con una carpeta bajo el brazo. Dijo que se llamaba Nicanor Ledesma, que era ayudante de la Comuna y que había trabajado en galpones de Ceres. Subió sin que lo invitaran. Se paró en las tablas de la parrilla con una naturalidad que a Elías le pareció casi insolente.
—Yo cuelgo solo —dijo Elías.
—Ya vi —dijo Nicanor, y miró la mano izquierda, que en ese momento temblaba sobre la soga—. Tardó cuarenta minutos en subir la escalera.
—Subí despacio porque quise.
El pibe no contestó. Se agachó, agarró el cabo de manila nuevo, todavía tieso, y empezó a atar la bambalina a la vara. Lo hizo rápido, con una vuelta y un medio golpe que Elías nunca había visto en un teatro. Algo de campo, de manga de ganado, de poste de alambrado.
—Eso no es un nudo de teatro —dijo Elías.
—Es un nudo de caballo. Aguanta lo que le pongan.
—Se suelta. Los de caballo se sueltan cuando el animal tira. Acá no tira nadie, acá cuelga. Y lo que cuelga se quiere ir para abajo todo el tiempo, de a poco, toda la noche.
—Entonces enséñeme el suyo.
Elías se quedó quieto. Hacía un año que nadie le pedía eso. En los últimos tiempos le habían dicho que se sentara, que descansara, que ya había hecho bastante. Nadie le había dicho enséñeme.
Se arrodilló junto a la vara, con las rodillas crujiendo, y agarró el cabo. La mano izquierda se le fue sola, como una hoja. Probó una vez, otra, y el nudo salió flojo, torcido, indigno de un hombre que había atado el telón para ver a gente que después fue famosa.
—No me sale —dijo, y la voz se le quebró un poco en la última palabra.
Nicanor no dijo que no importaba. Eso, pensó Elías después, fue lo que lo salvó. El pibe se arrodilló del otro lado de la vara, puso las dos manos sobre el cabo y dijo:
—Hágalo con la derecha. La izquierda va a mirar. Yo le presto la mía para la vuelta.
Así lo hicieron. Elías decía “ahora” y Nicanor daba la vuelta. Elías decía “cruzá” y Nicanor cruzaba. La mano buena cerraba el seno, y la mano del pibe, fina, callosa, fuerte, sostenía el cabo en el aire hasta que el nudo se asentaba. Abajo, en la sala, alguien probaba las luces nuevas y los reflectores dibujaban cuadrados blancos sobre el piso de madera. Se oía una escoba, un martillo, la voz de una mujer que repetía un texto en idish. Elías no entendía todo, pero conocía la música.
A las siete y cuarenta la bambalina estaba colgada. Elías la miró desde el costado, torcida un dedo hacia la derecha, y se la dejó así. Después supo que era el dedo que ponía la altura justa.
—Ahora el nudo de caballo —dijo, de golpe.
—¿Cómo?
—Ese que usted hizo primero. Lo voy a poner abajo, de seguro, detrás del mío. Dos nudos. Uno de acá y uno de allá.
Nicanor sonrió por primera vez. Ató el suyo debajo del de Elías, con esa vuelta torcida de campo, y los dos quedaron juntos en la vara, uno al lado del otro, como dos familias de distinto lado del mundo que alguna vez compartieron una calle.
Bajaron despacio. Elías primero, con la mano buena en el hierro, el pibe un escalón más arriba, sin tocarlo. En la sala empezaba a entrar gente. Había olor a café, a perfume, a pasto mojado que venía de la calle. Alguien dijo que el acústico del techo nuevo sonaba mejor de lo que esperaban.
A las ocho en punto, Elías se paró en el costado del telón, con la soga en la mano buena. No tembló. Nicanor estaba a su lado, mirando el piso.
—Tire usted —dijo Elías.
—No sé cuándo.
—Cuando la sala se calle. Se va a callar toda de golpe. Vas a oír cómo se calla.
La sala se calló. Nicanor tiró. El telón subió con ese roce largo de la cuerda en la polea, el mismo chirrido de siempre, el que Elías había oído en esa casa durante cuarenta y siete años. Y arriba, en la tercera vara, la bambalina nueva colgaba firme sobre los dos nudos que nadie iba a mirar.
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