Treinta metros de barro

Nolo Sosa se levantó a las cinco y media, con el frío de agosto metido en las rodillas, y bajó al galpón de botes del Rowing por la escalera de atrás, la que nadie usa. Adentro olía a cedro, a barniz viejo y a río. Ese olor no se iba nunca, ni siquiera ahora que el río se había ido.

Hacía cuarenta años que cuidaba el galpón, sobre la avenida Colombres, en Alberdi. Reparaba cascos, lijaba remos, le cambiaba los tholes a los botes que se rompían contra el muelle. Y desde febrero tenía, en el rincón de la ventana, un casco de cedro sin nombre pintado todavía, de tres metros y medio, lo único que le quedaba por hacer bien.

Era para Brisa. Su nieta cumplía doce el sábado y entraba a la escuela de remo del club. Él le había prometido que la primera vez que bajara al agua lo haría en un bote hecho por sus manos.

—Abuelo, no hace falta —le había dicho ella el domingo, mirando por el ventanal el barro agrietado donde antes estaba la caleta—. Ni hay río.

Tenía razón y no la tenía. El Paraná estaba en una de las bajantes más largas que se recordaban. La bajada del club terminaba en una playa de barro gris, y el agua, la de verdad, la que se mueve, quedaba más de treinta metros más allá, detrás de un banco de arena donde se habían parado los camalotes secos como pelos de un animal muerto.

Nolo agarró el pincel y el tarro de pintura blanca. Escribió, con letra de rotulista, la que le había enseñado su padre, el nombre en la proa: BRISA. Después lo miró un rato largo.

—Ahora falta el agua —dijo en voz alta, y se rió solo. A esa hora, en el galpón, solamente lo escuchaban las quillas.

Pero la idea lo venía rondando desde hacía semanas, y esa mañana se le terminó de armar. Si el río no venía, había que llevar el bote hasta el río.

Salió a la bajada y midió los pasos con el pie. Treinta y cuatro, hasta donde empezaba lo blando. Después, treinta más de barro hasta el agua. El bote pesaba menos de veinte kilos, pero no era el peso. Era el barro, que se come las botas y las ganas.

Llamó a Chicho Aranda, el pescador que dejaba la lancha en la rampa de al lado, y que a esa hora ya estaba tomando mate con la radio baja.

—¿Vos querés meter un casco de cedro en ese barro? —preguntó Chicho, sin sacar el pie de la banqueta—. Se te va a tragar hasta los zapatos, Nolo.

—Necesito tablones. Y dos pares de manos.

—Y yo qué gano.

—Un mate de los míos con facturas.

Chicho miró el río, que no estaba, y se puso de pie.

Trajeron tablones del fondo del galpón, de los que habían sobrado de una obra de hacía veinte años, y los fueron tendiendo uno detrás de otro sobre el barro, como un puente que se apoya sobre nada. Nolo caminaba adelante probando cada uno con el talón. Chicho cargaba el bote en el hombro y maldecía en voz baja la fecha, el gobierno, el cambio climático y la madre de la bajante, todo en el mismo suspiro.

Para las siete y cuarto, el sol de costado ya le pegaba a la isla, y el barro brillaba con una película rara, de agua que ya no estaba. Habían tendido veinte metros. Les faltaban diez.

—Esperá —dijo Chicho.

Del otro lado de la barranca bajaban dos pibes con mochila, de guardapolvo, camino a la escuela. Se frenaron a mirar. Una de ellos era Brisa.

—¿Qué hacen? —preguntó, y se le quebró la voz de sueño y de sorpresa—. Abuelo. ¡Es el sábado!

—Es martes —dijo Nolo—. Pero el sábado va a estar el río igual de lejos, así que mejor probamos hoy.

Brisa no preguntó más. Dejó la mochila sobre el pasto, se sacó las zapatillas y le sacó a Chicho el otro extremo del tablón. Su amigo, un flaco que se llamaba Ezequiel, quedó en el borde sin saber qué hacer, hasta que Chicho le gritó que pasara los tablones de atrás para adelante, como en una cadena de bomberos.

Así fueron los últimos diez metros: tablón, paso, tablón, paso. El agua estaba más cerca de lo que parecía y más lejos de lo que quería Nolo. Cuando llegaron a la orilla de verdad, el agua tenía el color del té con leche y corría despacio, con una calma que daba un poco de miedo.

—Poné el bote —dijo Nolo. Le temblaban las manos, y no era del frío.

Brisa lo apoyó con cuidado, de costado, como se apoya a un bebé dormido. El casco tocó el agua y se asentó con un ruido casi de nada, un chasquido mojado. Flotó. Con diez centímetros de agua, flotó.

—No se hunde —dijo Ezequiel.

—Es de cedro, nene —dijo Chicho—. Nada de lo que hace Nolo se hunde.

Brisa se subió despacio, con los pies bien en el centro, y agarró los remos que él le tendió. Eran los de su abuelo, de punta gastada, un poco largos para ella. Remó una vez. El bote se movió apenas, con un impulso corto que levantó dos círculos en el agua.

—Más largo —dijo Nolo, en cuclillas en el barro—. Estirá los brazos. Dejá que el río haga la mitad.

Ella remó otra vez, y otra. A los diez metros se frenó y se dio vuelta para mirar la orilla, el galpón verde, la línea blanca de los tablones, a su abuelo con el barro hasta las rodillas y la boca abierta de orgullo.

—Abuelo —gritó—. Lo bauticé yo también.

—¿Cómo?

—Brisa. Le puse Brisa. Como el viento que levanta el agua.

Nolo se rió y se secó la cara con la manga, y nadie dijo nada de eso.

El río no iba a volver pronto, eso lo sabían todos. Pero esa mañana, entre los tablones y el barro, con el sol ya entero sobre la isla, un bote de cedro se alejaba despacio con una nena adentro, y detrás le iba quedando una línea de agua mansa, fina como un renglón, que tardó un largo rato en cerrarse.

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