Rosa Sandoval tenía catorce años y una escoba de chilca más alta que ella. Desde las seis de la mañana barría el piso de tierra del tinglado de Colonia Las Pichanas, y cada pasada levantaba un polvo fino que se le metía en la boca y le sabía a harina vieja.
Era el jueves 3 de junio de 1943. Al otro día, viernes, iba a haber baile con un cuarteto que habían escuchado por la radio de Córdoba, y en el paraje no se hablaba de otra cosa. Los hermanos Francisca habían repartido las tareas como se reparte una cosecha: unos colgaban los faroles de kerosene, otros acarreaban tablones para los bancos, y a Rosa le tocaba el piso, porque, dijo el presidente de la comisión, tenía mano de barrer.
—¿Vos los oíste alguna vez? —le preguntó la Tota, la hija de los vecinos, que había venido a ayudar con los faroles.
—No tenemos radio.
—Yo tampoco. Pero mi tío Juan sí, cuando estaba de colimba en Córdoba. Dice que suena como si alguien le diera cuerda a un reloj y se olvidara de parar.
Rosa se rió y siguió barriendo. Del otro lado del camino salía humo del algarrobo que alguien ya había puesto a arder para el cabrito de mañana, y el aire de junio, seco y frío, traía ese olor mezclado con el de la tierra mojada con la que los chicos habían apagado el polvo del camino.
A mediodía comieron en la cocina de la casa, frente al tinglado: mate cocido, tortas fritas del día anterior y un resto de guiso. Su padre, Eusebio, tenía a cargo la barra del baile. Contaba las damajuanas de vino en voz baja, como quien reza, sin levantar la vista del cuaderno.
—Mañana el primer baile me lo debés, papá —dijo Rosa.
Eusebio dejó el lápiz.
—Mañana yo atiendo la barra. Alguien tiene que cobrar.
—Mamá no te hubiera dejado cobrar.
Lo dijo sin pensarlo, y enseguida quiso desdecirse. Hacía dos inviernos que Clara se había muerto, y hacía dos inviernos que el traje negro de bailar colgaba en el ropero, con una bolita de alcanfor en cada bolsillo. Su madre bailaba el pasodoble de una manera que todo el paraje recordaba: con la espalda derecha como un poste y los ojos entrecerrados, como si escuchara algo más lejos que la música.
—Terminá de comer —dijo Eusebio. Y no habló más.
La tarde fue de sulkies y de carros. Llegó un hombre con las bolsas de harina para las empanadas, llegó un sobrino de los Francisca con el cajón de los vasos, y Rosa cargó tablones hasta que se le entumecieron los dedos. A la noche barrió por segunda vez. Después se acostó con la ropa puesta y los pies helados, mirando el techo de chapa, rabiosa con ella misma por haber mencionado a su madre.
No supo cuánto durmió. Algo la despertó: un ruido seco y parejo, un arrastrar y un golpe, un arrastrar y un golpe, del lado del tinglado. Se puso el poncho y salió descalza.
Había luna. La luz entraba entre las tablas del tinglado y rayaba el piso de plata. En el medio, solo, estaba su padre.
Eusebio tenía puesto el traje negro. Le quedaba un poco ancho, porque ese verano había adelgazado, y olía a alcanfor hasta desde la puerta. Sostenía la escoba de chilca contra el pecho, con la mano izquierda en el cabo y la derecha extendida, como se sostiene a una compañera, y daba pasos cortos, un dos, un dos, con la boca apenas abierta contando sin voz. Giraba con cuidado, y la escoba giraba con él, y las cerdas arrastraban un poco en la tierra y dibujaban un círculo.
Rosa se quedó quieta, con una mano en el palo de la puerta. Vio cómo se equivocaba el paso, se detenía, se acomodaba el saco y empezaba de nuevo. Vio que tenía los ojos entrecerrados, como los de ella, como los de su madre.
No hizo ruido. Volvió a la casa, se metió en la cama y se tapó hasta las orejas. Cuando él entró, un rato después, ella fingió dormir, y el olor a alcanfor se quedó un buen rato en el cuarto.
El viernes se levantó antes de que aclarara. Fue al tinglado con la escoba de repuesto. El piso estaba como lo había dejado: parejo y gris, salvo en el medio, donde había un círculo grande de rayas finas, con las marcas de unos zapatos de hombre que habían dado la misma vuelta muchas veces.
Rosa barrió todo, rincón por rincón, hasta las patas de los bancos. El círculo no lo tocó.
Los músicos llegaron al atardecer, después de ciento cincuenta kilómetros de huella, con el polvo hasta las cejas y los instrumentos envueltos en frazadas. Una mujer joven se sentó al piano que habían bajado entre cuatro del camión, apoyó la mano izquierda y marcó un pulso, nada más, y el tinglado entero se movió un poco. Hasta el cabrito, en la parrilla, pareció escuchar.
Esa noche llegó gente de veinte leguas a la redonda. Los hombres entraron con el sombrero en la mano, las mujeres con los vestidos que guardaban para las bodas, y los chicos se metieron debajo de los bancos para ver bailar desde abajo. Los faroles hacían temblar las sombras en las chapas. Cuando sonó la primera pieza, un pasodoble con un aire de tarantela que nadie había escuchado así, nadie se animó a salir.
Eusebio estaba detrás de la barra, con el delantal y el cuaderno. Rosa cruzó el tinglado y se paró frente a él, sin decir nada, con las manos en los costados.
Él la miró un rato largo. Después se sacó el delantal, lo dobló y lo dejó sobre las damajuanas. Estaba otra vez con el traje negro, y a ella se le aflojó algo en el pecho.
—Es nada más que uno —dijo.
—Uno solo —dijo Rosa.
Le dio la mano y lo llevó, entre la gente que se abría sin hablar, hasta el medio del piso. El círculo ya casi no se veía, pisado por veinte botas. Rosa lo encontró igual, con los pies, y empezó a contar.
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