A Ramón Cuello le temblaba el cordón del silbato. No de nervios, se dijo, sino del frío de julio, que en Villa Mercedes entra por los puños de la camisa y no pide permiso. Eran las tres y media de la tarde, el sol estaba bajo y amarillo sobre el Barrio Estación, y la cancha de tierra y pasto ralo que quedaba pegada al terraplén tenía todavía la escarcha en el arco norte, donde no llegaba la luz.
Era su último partido. Treinta y dos años de árbitro en la liga, y antes de eso veinte de cambista en el ferrocarril, de los que levantaban la mano con la bandera verde. Sabía los horarios de memoria sin querer saberlos: el de Retiro a Mendoza pasaba a las cuatro y cuarenta, y desde que se enteró de que ese domingo era el último tren de pasajeros, no pudo pensar en otra cosa.
—¿Todo bien, don Ramón? —le preguntó el juez de línea, un flaco de campera de Boca que le decían Chiquito.
—Todo bien. Revisá que la red del sur esté sujeta.
—Ya la revisé.
—Revisala de nuevo.
Chiquito se fue arrastrando los pies. Ramón se agachó para atarse los cordones, aunque ya los tenía atados. Del lado del alambrado, las señoras de los jugadores habían armado un fogón en un tacho y calentaban agua para el mate. Olía a leña de piquillín y a grasa de empanada fría. Alguien tenía una radio a pilas que escupía una cumbia entrecortada.
El partido era entre el Ferroviario y un club del otro lado del río Quinto, y valía poco: un lugar a mitad de tabla. Pero los dos planteles habían venido igual, con los camiones de la fruta prestados y las camisetas lavadas a mano, porque era el último domingo de Ramón y en la liga eso se respetaba.
A las cuatro en punto juntó a los capitanes en el círculo. Uno era un pibe de bigote ralo, el otro un hombre mayor que ya había jugado de contrario en los ochenta.
—Don Ramón —dijo el mayor—, ¿quiere que le hagamos un pasillo al final?
—No quiero pasillo. Quiero que jueguen limpio, nada más.
Sopló. El silbato sonó finito en el aire seco y el partido arrancó con una patada larga que se perdió contra el terraplén. Ramón corrió pegado a la jugada, con el reloj de bolsillo en la mano izquierda, el mismo que había usado para marcar los pasos de los coches en la estación. Dio tres faltas en el primer cuarto de hora, y a todas las cobró despacio, mirando a los ojos.
A las cuatro y media ya le ardían los pulmones. Pensó en lo que había pensado toda la semana: que no iba a dejar que el tren pasara con el partido andando. El estruendo de la máquina, el ruido de los vagones sobre los rieles, las bocinas, todo iba a tapar el juego, y alguien iba a hacer un gol sin que nadie lo oyera. Peor: iba a ser un partido que se acordara por el tren y no por él.
Pero tampoco quería parar. Parar era admitir algo.
A las cuatro y treinta y ocho, con el ocho local en posesión cerca del área, Ramón escuchó a lo lejos lo que llevaba treinta años escuchando: ese zumbido bajo en las vías, anterior al sonido, que uno siente en las suelas. Miró el reloj. Miró la jugada. Miró el terraplén, y arriba, en el punto donde la vía se doblaba hacia la estación, apareció el penacho oscuro de la locomotora.
Levantó los brazos y sopló largo.
—¡Pare, pare! ¡Pelota quieta!
Los jugadores se frenaron de golpe, algunos con la pierna en el aire. El pibe del bigote ralo lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Qué pasa, don Ramón? No fue nada.
—Nada. Un minuto.
Nadie dijo una palabra. Fue Chiquito el primero en darse vuelta y entender, porque su abuelo también había sido ferroviario. Después se dio vuelta el arquero. Después los dos capitanes. Las señoras del fogón dejaron de pasarse el mate. La radio a pilas se quedó en una nota larga y se apagó sola.
El tren pasó despacio, casi con respeto. Eran seis o siete coches de segunda, con las ventanillas bajas y gente asomada que no sabía por qué veintidós hombres en calzoncillos largos estaban parados en un potrero mirando. Una nena saludó con la mano. Un hombre de sombrero se sacó el sombrero. En el último coche, un guarda con gorra azul se asomó al estribo y levantó la bandera verde, enrollada, a modo de saludo.
Ramón le contestó con el brazo en alto, igual que había hecho tantas veces en sentido contrario, desde el andén. Le ardieron los ojos y lo atribuyó al humo.
El tren se fue achicando hacia el oeste, hacia Mendoza, hacia las montañas que desde ahí no se veían. El ruido tardó todavía un rato en irse del todo. Cuando quedó sólo el viento sobre el pasto, nadie se movió.
—Don Ramón —dijo por fin el capitán mayor, con la voz rara—, ¿le parece que sigamos?
Ramón miró el reloj. Eran las cuatro y cuarenta y cuatro. Cuatro minutos de parada, cuatro minutos que iba a sumar al final, como mandaba el reglamento, aunque nadie se lo fuera a exigir.
—Sigamos —dijo—. La pelota la tenían ustedes, ocho.
Sopló, y el partido siguió como si nada, con las patadas torpes y los gritos de siempre. El Ferroviario metió un gol de rebote a los veinte minutos del segundo tiempo, y el otro equipo empató con un tiro libre que desvió un pie en la barrera. Terminaron uno a uno. Ramón dio los cuatro minutos de descuento, exactos, y sopló el final con el sol ya detrás del terraplén.
Los jugadores se acercaron a darle la mano de a uno, sin pasillo. Chiquito le alcanzó un mate lavado. Ramón se sentó en el borde del círculo central y, mientras tomaba, miró las vías vacías brillando fríos a lo lejos. Se guardó el silbato en el bolsillo de la camisa, sin soltarle el cordón, y se quedó escuchando el silencio hasta que oscureció.
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