El termo de Rubén

Rubén Aguirre cumplió el segundo día en el aparcamiento de Uspallata con la cabina oliendo a yerba vieja y a gasoil frío. Había dormido sentado, con la campera subida hasta la nariz, y se despertó cuando alguien golpeó la puerta del camión de al lado para pedir fuego.

En el tablero, apoyado contra el parabrisas, estaba el termo. Era un Stanley verde, con una abolladura en la base y la tapa rayada de tanto roce. Había sido de su viejo, que lo llevó a la vendimia durante cuarenta años. Rubén lo había cargado la noche anterior en la estación de servicio de la entrada, agua a punto de hervir, y lo cuidaba como si fuera una carga con seguro.

La radio chisporroteó.

—Aguirre, Aguirre. ¿Me copia, hermano?

—Te copio, Hernán.

—Abrieron. Salimos en convoy desde Los Libertadores. Dicen que bajamos nosotros primero y después suben ustedes. Esta tarde estoy en Uspallata. Después me jubilo, ¿sabe? Veintiocho años y a la casa.

—Ya sé, Hernán. Te lo dije el martes.

—Es que me gusta oírlo.

Hernán Pizarro manejaba una Scania blanca con una Virgen de Andacollo pegada en el espejo. Se conocían hacía veintidós años, de verse una vez por mes en la aduana, dos camiones frente a frente y cuarenta minutos de papeles. Rubén ofrecía mate. Hernán tomaba café instantáneo en un tazón de loza, porque decía que el mate le sabía a yuyo quemado, y siempre aceptaba uno igual, por educación, y siempre lo devolvía con la misma frase: «Está amargo, hermano». Veintidós años de lo mismo. A Rubén se le había hecho costumbre, como las luces de giro.

Lo que quería esa mañana era chico y no admitía discusión. Quería darle el termo, con el mate cebado, antes de que Hernán se bajara del camión por última vez. Se lo había dicho a nadie, ni a su mujer.

A las nueve y media los gendarmes levantaron la barrera. Los camiones fueron saliendo en fila, uno atrás de otro, con las cadenas colgando de los espejos, por la Ruta 7. Pasaron Uspallata, el río marrón que se llevaba la nieve vieja, las curvas largas con olor a piedra mojada, el cartel de Punta de Vacas. Rubén manejaba con una mano y con la otra tocaba el termo cada tanto, para confirmar que seguía caliente.

En Penitentes la columna se frenó. Una camioneta de Gendarmería se atravesó en el carril y un cabo, con la cara colorada por el viento, levantó la mano. Estaban dosificando la subida para no colapsar el complejo del otro lado. Rubén apagó el motor. Los cerros de arriba seguían blancos, y las pistas de esquí, abajo, eran tiras de barro con los tubos de los andariveles quietos.

Por el carril contrario empezaron a bajar los chilenos.

Uno, dos, siete camiones. Pasaban despacio, con los faros prendidos a pesar del sol. Rubén se bajó. Le dio frío en las rodillas y en las orejas. Abrazó el termo contra el pecho y se paró en la banquina, a dos metros de la línea, mirando las patentes y los espejos.

—Señor, no puede estar ahí —dijo el cabo, sin enojo.

—Tengo que darle algo a un amigo. Veinte segundos.

—¿Qué cosa?

Rubén levantó el termo. El cabo lo miró, lo midió con la vista, miró la fila de camiones y se encogió de hombros.

—Veinte —dijo—. Y yo no vi nada.

La Scania blanca apareció en el décimo lugar. Rubén reconoció primero la Virgen en el espejo, que se movía con el bamboleo, y después la cara de Hernán, flaca, con el bigote entrecano y el gorro de lana que usaba todo el año. Hernán lo vio, abrió grande los ojos, prendió las balizas y frenó con un suspiro de aire. Detrás, alguien le tocó bocina. Hernán sacó el brazo por la ventanilla y levantó un pulgar para todos.

—¡Aguirre! —gritó—. ¡Se me venía a perder!

—Te traje esto.

Rubén subió dos escalones de la cabina y le tendió el termo. Hernán lo recibió con las dos manos, lo sopesó, lo olió por la tapa.

—Es el de mi viejo —dijo Rubén—. Tiene el mate cebado. Ya sé que te sabe a yuyo. Pero es para que lo tengas en la casa. Para cuando te acuerdes.

Hernán no contestó enseguida. Dio vuelta el termo, vio la abolladura de la base, pasó el pulgar por la tapa rayada. Después se agachó, buscó algo detrás del asiento y sacó un bulto envuelto en un repasador a cuadros.

—Pan amasado. Lo hizo mi señora anoche. Dijo que usted se lo había ganado por veintidós años de mate amargo.

—¿Amargo?

—Amargo, sí. Pero lo tomé siempre.

El cabo carraspeó atrás. Alguien volvió a tocar bocina, ahora más largo. Hernán destapó el termo, se sirvió un poco en la tapa, sopló y probó. Hizo una mueca y se rió, con toda la cara, con el bigote y el gorro y los ojos chicos.

—Amargo —dijo—. Está perfecto.

Y arrancó. La Scania se fue bajando por la ruta, con las balizas todavía parpadeando, hasta que dobló una curva y se perdió entre los cerros. Rubén volvió a su camión con el pan contra el pecho, tibio a través del repasador, y se sentó a esperar que la columna se moviera. Cuando por fin arrancó, miró por última vez el espejo. En el carril de abajo, lejos, un brazo salía por una ventanilla y sostenía en alto, a contraluz, una cosa verde que brillaba como un farol.

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