A las seis de la mañana del primero de julio, Tilo Haro ya había desarmado la nasa dos veces sobre la mesa de la cocina. El aro de hierro, con las soldaduras comidas por el óxido, era de su padre. La red no.
—Ciento cuarenta —dijo Luz, con la cinta de costura estirada entre los dedos—. La malla tiene ciento cuarenta milímetros, abuelo. Tiene que tener ciento sesenta.
—Ya sé lo que tiene que tener.
Afuera todavía era de noche. En Ushuaia, a principios de julio, el día recién se asoma pasadas las nueve, y la ventana de la cocina daba a un patio donde el viento le pegaba a la chapa del galpón como si quisiera entrar a calentarse. Hoy abría la temporada de centolla. Terminaba el 30 de junio la veda, y a Tilo, sesenta y tres años, treinta y ocho de patrón en el Beagle, le quedaba una temporada, o dos si la rodilla acompañaba.
La nasa del viejo Haro llevaba once años colgada de un clavo en el fondo del galpón. Nadie la había calado desde que el padre de Tilo, don Ernesto, dejó de salir. La red original se pudrió; la que tenía ahora la había tejido el propio Tilo una tarde de invierno, copiando el nudo de su padre, un nudo corredizo con una vuelta de más que, según don Ernesto, no se aflojaba ni con hielo. Era un lindo nudo. Pero era una red de otra época, de cuando la ley no decía nada de milímetros.
—¿Y para qué la querés? —preguntó Luz—. Tenés cincuenta trampas nuevas en la lancha.
—Cuarenta y ocho.
—Abuelo.
Tilo agarró el aro y lo dio vuelta, como si ahí abajo estuviera la respuesta. No la tenía. Lo que tenía era un lugar, un lugar que no figuraba en ninguna carta, que en la familia se llamaba el Paso del Viejo: un pliegue del fondo, frente a una restinga, donde don Ernesto había sacado su primera centolla grande el invierno del cincuenta y tantos. Tilo había calado ahí cuarenta veces, con trampas buenas, legales, y siempre había sacado lo mismo. Nada. Un cangrejo chico, devuelto. Como si el lugar solo respondiera a la nasa del viejo.
—Es una pavada —dijo al fin—. Una manía.
Luz lo miró un rato. Era flaca, tenía las manos de la madre, y esa costumbre de callarse justo cuando uno esperaba el reto. Después fue hasta el galpón sin pedir permiso, volvió con el rollo de piola nuevo, el de hilo de ciento sesenta, y una aguja de red.
—Enseñame el nudo —dijo.
Trabajaron hasta las ocho y media, con la estufa a kerosén ronroneando y el mate dando vueltas. Tilo le mostró la vuelta de más. A Luz le salió torcido las primeras veinte veces, y a la veintiuna, redondo. Cuando terminó de cerrar el último paño, la red olía a piola nueva y a humo de cocina, y el aro del viejo parecía otro objeto, más joven y más terco.
—Con esta no te multa nadie —dijo ella.
—Ya veremos.
Zarparon con el cielo todavía gris, por la bahía, sin hablar. La lancha de Tilo medía once metros, bien adentro de lo que la ley llama artesanal, y entre el frío y el vapor de los termos la cubierta parecía una olla. Luz iba de marinera de turno, con el gorro hundido hasta las cejas. Pasaron frente a la isla de los Lobos, donde los machos tosían entre las rocas, y más allá, chiquito sobre el agua, el faro Les Éclaireurs, rojo y blanco, que los turistas confunden con el del fin del mundo. A Tilo siempre le dio un poco de risa eso. El fin del mundo, decía, queda más lejos y no tiene fotos.
Calaron las cuarenta y ocho trampas en las zonas de siempre. La última, la de la piola nueva, la calaron aparte, a las once y cuarto, en el pliegue frente a la restinga. Tilo soltó la boya con las dos manos, como quien suelta algo más grande, y se quedó mirando cómo se alejaba la bolsa naranja hasta mezclarse con el color del agua.
A las cuatro de la tarde, con la luz ya escurriéndose por detrás del monte Olivia, empezaron a levantar. Las primeras trampas vinieron con cangrejos chicos y hembras con huevos, que Luz devolvía al agua con cuidado, una por una, murmurándoles algo. Los machos grandes se acumularon despacio en la bodega. Faltaba la última.
Cuando el aro del viejo asomó sobre la borda, chorreando, los dos se quedaron quietos. Adentro había una sola centolla. Roja, con las patas largas dobladas contra el caparazón, moviendo apenas una pinza.
—Una —dijo Luz.
—Una.
La midieron ahí mismo con el calibre. Tilo lo apoyó en el caparazón y esperó a que la aguja se asentara, y Luz leyó en voz alta, porque él había dejado los lentes en la cocina.
—Doce y medio.
—Doce y medio —repitió Tilo.
Era justo lo permitido, doce centímetros de ancho el mínimo. Medio centímetro de margen en todo un canal. Entraron a puerto con la última luz y se pusieron en la fila del control de desembarco, con la carga a bordo y sin atracar, como manda el reglamento. Los inspectores trabajaban con linterna. Le tocó una mujer joven, con campera de la provincia y el calibre colgado del cuello, que subió a cubierta, revisó la bodega, contó, midió tres al azar y llegó a la nasa vieja, apoyada aparte sobre unos cajones.
—¿Esta también salió a pescar?
—Salió —dijo Tilo.
Ella se agachó y pasó la mano por la malla. Contó nudos con la uña. Miró a Luz, que miraba el piso, y miró a Tilo.
—Ciento sesenta —dijo—. Justo.
—Justo —dijo Luz, y levantó la cabeza.
La inspectora anotó algo en la planilla, midió la centolla del aro con el calibre, dos veces, y la devolvió a la bodega.
—Doce y medio —leyó, y esta vez sonrió—. Pasa raspando.
Después bajó. Tilo se quedó un rato en cubierta, con el aro de su padre entre las rodillas. Luz le alcanzó el mate, que ya estaba frío.
—Mañana la calamos de nuevo —dijo ella.
—Si hay viento no.
—Si hay viento no —aceptó Luz, y con la uña, despacio, tocó el nudo que había hecho a la veintiuna, el único redondo, el que ya no se iba a aflojar ni con hielo.
Leave a Reply