Los versos que faltaban

Casilda Condorí llegó al mojón antes de que el sol terminara de pasar el cerro, con la caja colgada del hombro y un atado de albahaca que había arrancado de la maceta de la cocina. Abajo, Tilcara todavía dormía la fiesta de la noche anterior. Quedaban serpentinas colgadas de los cables y harina pisada en el cordón de la vereda. Hacía frío de febrero en la quebrada, ese frío fino que sube del río seco y se te mete por los puños.

Era el primer Carnaval sin Ramón. Cuarenta y un años habían bajado juntos con la comparsa, él con el erque y ella con la caja, y cada año, cuando se armaba la rueda de copleros, él tiraba una copla a medias y la dejaba picando en el aire, esperando que ella la cerrara. El último febrero la dejó sin cerrar. Cantó dos versos, se rió con esa risa de costado, y justo pasó el tropel de diablitos y la rueda se deshizo. En abril se murió, sin avisar, mientras pelaba habas.

—Abuela, no hace falta que vaya sola —le había dicho Marisol, la nieta, por teléfono desde Jujuy capital—. Yo le pido a mi papá que la lleve.

—Voy sola, hija. Con él no fui nunca acompañada, fui con él. Es distinto.

Ahora el mojón estaba ahí, la pirca de piedras que cada año se abre para sacar al Pujllay y se cierra para dejarlo dormir. Había gente alrededor, vecinos de la comparsa, un chico con una bolsa de papel picado, don Teodoro con la botella de alcohol. Casilda saludó a todos con el mismo gesto: la mano en el pecho, la cabeza apenas baja.

—Casilda —dijo don Teodoro—. Pasá, que sos de las primeras.

Los hombres sacaron las piedras de a una. Alguien tapó la boca del mojón con un rebozo, y Casilda arrimó el tarro con brasas y echó la k’oa, y el humo salió dulce y espeso, un olor a monte seco y a casa vieja. Hay que hacer dormir la k’oa, decía su suegra, para que baje hondo y la tierra se avise de que vamos.

Después vinieron las ofrendas. Coca, chicha, cigarrillos prendidos que quedaron clavados en la tierra como pequeñas chimeneas. Casilda se arrodilló, le dolieron las rodillas, y dio todo con las dos manos, porque quien da con una sola mano recibe poco. Derramó el primer trago de la chicha en el suelo. Challó. Y no pidió permiso solamente para el Carnaval.

Cuando se puso de pie, don Teodoro ya había sacado al Pujllay. El muñeco salió con la cara de trapo manchada de tierra y el sombrero torcido, y el chico del papel picado le tiró un puñado en la cabeza. Alguien gritó. Alguien empezó a tocar una caja, y otra, y el sonido rebotó en las paredes de adobe de la calle de arriba.

La rueda se armó sola, como se arma siempre. Un círculo de ponchos, pañuelos, caras blancas de harina. Los copleros tiraban versos de a uno, uno que había vendido la camioneta, otra que se acordaba del año de la nevada, y cada copla volvía al círculo con una respuesta distinta. Casilda se paró en el borde. Apretó la caja contra la cadera y esperó. Notó que esperaba una voz que no iba a llegar, y que el hueco donde tendría que estar era del tamaño exacto de un hombre sentado, con el erque entre las rodillas.

—Casilda —dijo la señora Pastrana, la de los pasteles, desde el otro lado de la rueda—. ¿No tenés algo para nosotros?

Se hizo un silencio que no era de fiesta. La rueda esperó. Casilda sintió que se le cerraba la garganta, y entonces, sin pensarlo, golpeó la caja. Una vez, otra, el ritmo lento de la baguala que él siempre arrancaba. Y cantó, con la voz rajada de la mañana:

—Dos versos me dejaste, Ramón, el año pasado, y el tercero lo guardé con el sombrero doblado.

Se detuvo. Nadie se movió. Podía oír el río, y al fondo el motor de una moto, y su propia respiración. La copla de Ramón la sabía de memoria: «Con tu permiso, compadre, yo me voy a sentar, que el cerro no se me achica y el camino es para andar». Faltaban los dos versos de cierre. Nunca los había escrito, porque siempre fueron cosa de ella, el remate, la respuesta que él esperaba, la risa.

Cerró los ojos. Y los dijo.

—Anda nomás, compadre viejo, que yo me quedo a cantar; si la tierra te abraza, yo la vengo a convidar.

La caja siguió sola un compás más. Después alguien, en la rueda, soltó un ay largo, y un hombre al que ella casi no conocía le tendió el vaso de chicha. Casilda lo tomó. Derramó un chorrito en el suelo, a los pies del mojón, y bebió el resto de una vez.

—Con permiso de los señores —dijo, y la rueda contestó, como siempre, «que sea en buena hora».

Esa tarde, cuando la comparsa subió a la primera casa invitada y se sentó en los bancos de la galería a comer el guiso, Marisol llegó en un colectivo de línea con la cara llena de harina que alguien ya le había tirado en la parada. Se sentó junto a la abuela sin decir nada. Casilda le pasó un pedazo de pan.

—Cerré la copla —dijo.

—Ya sé, abuela. Me avisaron por WhatsApp. Tres personas.

—Qué cosa —dijo Casilda, y se rió, y la risa le salió de costado.

Afuera seguían cayendo serpentinas. Y en el mojón, a esa hora, quedaba un cigarrillo prendido y una mancha de albahaca sobre la tierra abierta.

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