La botella verde de la Movediza

Ceferino Lamas llegó al pie del cerro a las siete y cuarto, con una botella de vidrio verde envuelta en un repasador y la rodilla mala protestando en cada escalón de la calle Misiones. Había neblina baja sobre las sierras y olía a pasto mojado y a piedra fría. Arriba, en el filo, la réplica ya estaba en su lugar, tapada todavía con una lona blanca que el viento inflaba y desinflaba como un pulmón.

Cuarenta y un años había trabajado en las canteras. Barrenero primero, después encargado de los adoquines, que en Tandil se cortan a mano, con cuña y maza, una piedra por vez, hasta que el brazo se aprende el golpe de memoria. Se jubiló con el oído medio perdido por los barrenos y con la costumbre de mirar el granito como otros miran a la gente: buscándole el lado por donde se abre.

—¿Usted es de acá, don? —le preguntó el policía de la valla, un muchacho con la gorra torcida por el frío.

—Nací a tres cuadras. Quiero subir un rato antes de que llegue la gente.

—Hoy no se puede. Mañana es el acto, vienen las autoridades.

—No voy a tocar nada. Voy a ir abajo, a lo de los pedazos.

El muchacho lo miró, miró la botella envuelta en el repasador, y se hizo a un lado sin decir nada más. En los pueblos de sierra hay edades que se respetan sin que nadie las explique.

La Movediza original seguía donde había caído: tres bloques enormes en la ladera, grises, con liquen naranja en la cara que daba al sol. Ceferino bajó despacio, agarrándose de las matas de tomillo. Su padre le había contado mil veces la misma escena. Era un jueves de febrero de 1912, un año bisiesto, y él tenía nueve años y estaba sacando agua de un pozo cerca de las canteras cuando sintió el golpe en los pies antes que en los oídos. Un golpe sordo, de toneladas. Después, el silencio de los pájaros.

—Nadie la vio caer —decía el viejo—. Eso es lo que no se perdona. Trescientas toneladas se vinieron abajo y no hubo un solo testigo.

Y cada vez, al final, agregaba la parte que a Ceferino le había quedado clavada: que de chico, con otros pibes, había ido a la piedra con una botella vacía, y que la habían puesto bajo el vértice, como hacían los turistas, para ver si al día siguiente estaba aplastada. Tres veces la habían puesto. Tres veces la piedra se había mecido, había hecho crujir el vidrio, y la botella había quedado entera.

—Era mansa —decía el padre—. Vos no le podías hacer nada. Ella sola decidió.

Esa botella, la tercera, había quedado perdida entre las matas después de la caída. El padre nunca la encontró. Murió en el noventa y uno, y en el cajón de herramientas dejó otra, verde, parecida, con un corcho viejo y un papelito adentro: “Para la Movediza, cuando vuelva”.

Ceferino había pasado quince años sin animarse a leerlo en voz alta. Ahora lo tenía en el bolsillo de la campera, doblado en cuatro.

Llegó al bloque más grande y apoyó la mano abierta. El granito estaba helado y tenía esa aspereza fina, como de lija gruesa, que él conocía mejor que su propia piel. Con el pulgar encontró una veta de feldespato rosado, y casi se rió: en ese mismo rosado había picado miles de adoquines, y ahora estaba ahí, intacto, haciendo de cama a un hormiguero.

—Papá —dijo en voz baja—, vine a traerle lo suyo.

Se sentó sobre una piedra más chica. Desenvolvió la botella. Pensó que iba a decir algo solemne y no le salió nada. Lo que le salió fue contarle, como quien le cuenta a otro en la parrilla, que la ciudad había juntado plata, que habían hecho una piedra nueva en la facultad, que la subían con grúa y camiones y que el intendente iba a cortar una cinta. Que Tandil estaba más grande y más ruidoso, que ya no se oían tanto los barrenos pero se oían los autos. Que él estaba sordo de un lado y bien del otro, y que le alcanzaba.

Arriba, la lona blanca se levantó con una ráfaga y por un segundo mostró el vértice de la réplica, ese punto chiquito donde la piedra hacía equilibrio. Ceferino lo miró con ojo de cantero. Sabía que esa nueva no se iba a mover nunca. La habían calzado, la habían asegurado, y estaba bien que fuera así: nadie quería otro funeral.

Pero la otra, la de verdad, se mecía.

Se agachó, apartó el tomillo con las manos y cavó con los dedos un hueco al pie del bloque, entre dos raíces. Metió la botella con el cuello hacia arriba, dejó el corcho a la vista y el papelito adentro, y la rodeó de piedritas como para que el viento no la tirara. Quedó chica, verde, ridícula al lado de esa mole.

—Listo, viejo —dijo—. Entregada.

Esperó un rato más, por si hacía falta decir algo. No hizo falta. Un benteveo gritó desde un espinillo, y el sol, por fin, abrió la neblina y le pegó de lleno a la cara del bloque, y el liquen naranja se encendió como una brasa.

Subió despacio, con la rodilla otra vez a cuestas. En la valla, el policía le ofreció un mate de su termo sin que se lo pidiera.

—¿Y? ¿Se la encontró? —preguntó, como si supiera.

Ceferino recibió el mate, lo tomó entero, lo devolvió.

—Se la dejé —dijo—. Mañana, cuando todos miren para arriba, que alguien se acuerde de mirar un poquito para abajo.

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