A las once y diez de la noche, el termómetro de la galería marcaba 3,4 grados y bajaba un décimo cada vez que Eladio Sepúlveda lo miraba, como si lo hiciera a propósito. Afuera no se movía una hoja. En el Alto Valle, en octubre, esa quietud es mala señal: el aire frío no se va a ningún lado, se asienta, y se asienta siempre en los mismos lugares.
Brisa, su nieta, entró con dos mates y la tablet bajo el brazo. Tenía veintiséis años, un título de agrónoma de Cinco Saltos y la costumbre de hablar con números.
—El pronóstico da menos tres para las cuatro —dijo—. Los sensores están en los sectores uno, dos y tres. Con los aspersores en los tres alcanza hasta menos cuatro, según el cálculo.
—¿Y el cuatro? —preguntó Eladio.
—¿Qué cuatro?
—El sector cuatro. Allá al fondo, donde está el zanjón.
Brisa miró la pantalla. El sector cuatro era una franja de peras Williams, las más viejas de la chacra, plantadas por él en el noventa y uno. No tenía sensor. Su padre, cuando lo instalaron, había dicho que ahí abajo no hacía falta, que era el mismo clima que en el resto.
—Es el mismo clima, abuelo.
—No lo es.
Eladio puso el mate sobre la mesa y no dijo nada más, porque sabía que con eso no alcanzaba. Hacía cuarenta años que sabía algo que no sabía explicar. Que a la una de la mañana, cuando el resto de la chacra todavía aguantaba, en la hoya del fondo el frío caía como un balde. Lo había aprendido de su padre, que lo había aprendido del suyo, y en el medio había quedado una época en que él tomaba el teléfono de disco de la cocina y llamaba a los vecinos, uno por uno, para avisarles que había que prender las cubiertas. Ahora las cubiertas estaban prohibidas, y con razón. Se acordaba del humo negro pegado a la ruta 22 y de los pañuelos mojados en la cara. Pero lo del teléfono nadie lo había reemplazado.
—Quiero mostrarte dónde empieza —dijo por fin—. Antes de que baje más.
—Abuelo, hace frío.
—Por eso.
Salieron los dos con campera y linterna. La tierra estaba dura y el olor a hoja mojada y a canal subía desde el costado de la chacra. Se oía el ladrido de un perro en la chacra de al lado, y más lejos, sobre la barda, un camión cambiando marchas. Eladio caminó entre las filas sin mirar el suelo, con el paso corto de quien conoce cada raíz que sobresale. Brisa lo seguía con la linterna baja.
Pasaron los sectores uno y dos. En el tres, el aire tenía un filo limpio. En el cuatro, de golpe, fue distinto: una humedad pesada, quieta, que se pegaba a la cara.
—Pará —dijo Eladio, y levantó la mano—. Sentí.
Brisa se detuvo. Tardó unos segundos. Después se sacó el guante y abrió la palma frente a sí.
—Acá hay dos grados menos —dijo, despacio—. Fácil.
—Más.
—No tengo cómo medirlo.
—Yo tampoco —dijo Eladio, y se rió bajito—. Nunca tuve cómo. Me lo dijo mi viejo parado en este mismo lugar. Dos pasos antes del poste torcido.
Ella señaló el poste. Estaba torcido. Se quedó mirando la ladera suave que bajaba hacia el zanjón y, por primera vez en toda la noche, no sacó la tablet.
—Es una cubeta —murmuró—. Acá se acumula el aire frío, por la pendiente.
—Eso. Una hoya.
—Se llama cuenca de aire frío, abuelo.
—Hoya está bien.
Volvieron a la galería casi corriendo. Brisa llamó a Gustavo, el eléctrico, para que bajara a medianoche y le armara un sensor con un cable largo, y mientras esperaban, ella dibujó en un cuaderno cuadriculado el plano del sector cuatro, con una cruz en el poste torcido. Eladio la dejaba hacer. Había algo de lo que no tenía ganas de hablar, y era lo que sentía mirándola: que había pasado cuarenta años solo con esa cosa en la cabeza, sin saber a quién dársela.
A la una menos diez, el sensor nuevo, colgado a la altura de las flores, marcó menos 0,8 en el sector cuatro. En el uno marcaba 1,1 sobre cero.
—Prendemos —dijo Brisa.
—Prendé el cuatro primero.
Ella tocó la pantalla. Lejos, entre las filas, la bomba arrancó con un golpe sordo y los aspersores empezaron a girar, uno después del otro, con ese tac tac tac de lluvia mecánica. Eladio se quedó en la galería con el termo debajo del brazo, escuchando. A las dos y media, el cuatro marcaba menos 2,6. A las tres y veinte, menos 3,1. El agua seguía cayendo. Cada flor, cada pimpollo blanco de las Williams viejas, iba quedando encerrada en su cubito de hielo, y adentro, a cero grados justos, estaba vivo.
Cerca de las seis, cuando el cielo empezó a aclararse por el lado de Fernández Oro, Brisa lo despertó con un toque en el hombro. Se había dormido en la silla de la galería con el mate frío en la mano.
—Abuelo. Mirá.
Salieron al fondo. El sol todavía no había llegado, pero había luz, y en esa luz las peras brillaban. Todas las ramas estaban cubiertas de una capa transparente, y cada flor adentro, intacta, como una piedra en un anillo. Brisa sacó el cuaderno cuadriculado del bolsillo y, sin decir nada, escribió debajo de la cruz del poste torcido: “Sensor fijo. Hoya de don Eladio.”
Él lo leyó dos veces. Después se agachó, apoyó la mano en la tierra helada, y dijo en voz baja, como si hablara con alguien que ya no estaba, que sí, que era acá, que ya estaba avisado.
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