La boletera del Cocomarola

A las siete menos diez, Nilda Báez levantó la persiana de la boletería y el calor entró antes que la gente. Enero en Corrientes pesaba así: aire de plancha, olor a asfalto recalentado y a chipá recién sacado de los puestos de la vereda. Del otro lado del vidrio, la cola ya doblaba la esquina.

Hacía treinta y un años que vendía entradas en el Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola. Treinta y un eneros. Conocía el ruido de la caja de zapatos donde guardaba el cambio, lo pegajoso del mostrador, el modo en que la gente suspira al sacar la plata. Lo que no conocía, de punta a punta, era una noche. Desde la ventanilla le llegaban pedazos: un fueye de acordeón, un aplauso, un sapucay lejano. Nunca el final de nada.

—Nilda, ¿cuántas van? —preguntó Chelo, el de seguridad, apoyado en la reja.

—Siete mil la que entra hasta las nueve y media, nueve mil la que no tiene horario. Esas van.

Era el domingo, la última noche de la Fiesta, y en marzo se jubilaba. Se había prometido una sola cosa: a las once, cuando bajara la persiana, cruzar el portón con su propia entrada y escuchar «Kilómetro 11» sentada en la grada, donde le tocara. La había pagado de su sueldo, sobre el mostrador, como cualquiera. Ahí estaba, en el bolsillo del delantal, doblada en cuatro.

A las ocho y media la cola se acortó. Entre un matrimonio de Resistencia y tres chicas con termo y tereré, apareció un pibe de unos catorce años con un estuche de acordeón más ancho que su espalda. Traía las zapatillas blancas de polvo colorado y una camisa de domingo abrochada hasta el cuello.

—Señora, ¿cuánto sale sin horario?

—Nueve mil.

El pibe contó. Tenía cuatro mil doscientos pesos en billetes chicos, planchados con la palma de la mano. Los dejó sobre el mostrador sin decir nada más.

—Vení mañana, hijo. Mañana no hay función.

—Vengo de Santa Lucía. Son tres horas y media de colectivo. —Hablaba despacio, con ese cantito que arrastra las palabras como quien tira de un carro—. Mi abuelo tocaba. Ahora no ve y casi no oye. Me dijo que si alguna vez pasaba por el escenario grande, lo escuchara por los dos.

—Eso se arregla con la radio, no con una entrada.

—No, señora. Yo no vengo a tocar. Vengo a estar.

Nilda miró el vidrio, donde se le reflejaba su propia cara con el flequillo pegado por el calor. Veinte años atrás habría llamado a Chelo. Diez años atrás habría dicho que las reglas son las reglas y que ella no era la dueña de la caja. Ahora tenía en el bolsillo una entrada doblada en cuatro y la cuenta hecha: si la daba, no había otra, porque la boletería cerraba agotada y esa noche no sobraba ni un asiento.

Sacó los billetes del mostrador y los empujó de vuelta.

—Guardá eso. Es para el pasaje de vuelta.

—No quiero limosna —dijo él, con el mentón duro.

—No es limosna. Es una entrada que sobra.

Y la deslizó por la ranura, doblada en cuatro, tibia todavía del bolsillo. El pibe la desplegó con cuidado, la alisó contra el pecho y la miró un rato largo, como si tuviera que aprendérsela.

—¿Y usted?

—Yo tengo trabajo. Andá, que se te pasa «el que viene».

Chelo lo hizo pasar por el portón, y el estuche del acordeón fue lo último que se vio, balanceándose entre la gente, hasta que lo tragó la luz de la entrada.

Después vinieron los rezagados, un hombre que quería factura, una señora que había perdido las gafas, el cambio que no cerraba por trescientos pesos. Nilda contó dos veces. A las diez y media nadie más hizo cola. A las once menos cinco bajó la persiana hasta la mitad y se sentó en el cajón de gaseosas, con la espalda contra la pared tibia, sin ninguna entrada en el bolsillo.

Entonces el anfiteatro se calló. No fue un silencio de verdad, había grillos, había un motor lejano sobre la costanera, pero se calló la multitud, y por la ranura de la persiana entró, entera por primera vez, la primera frase de «Kilómetro 11». El acordeón dibujó la bajada hacia el río, la guitarra la siguió despacio, y diez mil personas, o las que fueran, respiraron al mismo tiempo.

Nilda cerró los ojos. Pensó en el pibe en alguna grada, con la entrada aplastada contra la camisa, escuchando por dos. Se dio cuenta de que ella también escuchaba por alguien. Por la que fue a los veinte, cuando empezó con la caja de zapatos y juró que algún día iba a oír una noche completa.

Sobre el mostrador, con la uña del dedo gordo, empezó a marcar el compás en la madera. Treinta y un años de ventanilla, y por primera vez la música no llegaba cortada.

Cuando la canción terminó y el aplauso subió como una marea, alguien golpeó con los nudillos la persiana. Nilda la levantó. Era el pibe, sin aliento, con el estuche a un costado y los ojos brillantes.

—Salí un segundo —dijo—. Para que la oiga con alguien.

Y se sentó a su lado en el cajón, a la mitad de la noche, a esperar la próxima.

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