Un hilo para la Trochita

El tren de Esquel todavía no se veía, pero Aurora Cayul ya lo sentía en la mesa. Los frascos de mermelada de rosa mosqueta temblaban un poco sobre el mantel, y desde el Paseo de Artesanos, en Nahuelpan, se escuchaba el pito largo que la máquina tira antes de la última curva.

—Ya viene, abuela —dijo Brian, que tenía nueve años y vigilaba con los binoculares de plástico colgados del cuello.

—Ya sé que viene. Pasame la bolsa.

La bolsa era de nailon, de supermercado, y adentro había un ovillo de lana color óxido, grueso, hilado a mano. No era para vender. Aurora lo había teñido en abril con corteza de calafate y barro de la orilla, y lo había guardado en el cajón de la cómoda, al lado de la libreta de enrolamiento de su marido.

Néstor Cayul había sido ayudante de maquinista en La Trochita cuando todavía iba hasta Ingeniero Jacobacci. Murió hacía cuatro inviernos, un martes, mirando por la ventana de la cocina cómo se iba el humo. Antes de morir le había pedido una sola cosa, medio en broma, medio no: que alguna vez le atara un cordón de lana a la máquina, como se hacía con los animales para que volvieran a la majada.

Aurora no lo había hecho. Primero por el duelo, después por vergüenza, y este año porque la lana, por fin, había quedado del color que ella quería.

El tren apareció entre los sauces, chico y negro, con los vagones de madera pintados de marrón. Pasó la tranquera con un resoplido de fuel oil y vapor, y frenó con ese chirrido de trocha angosta que a Aurora le arrugaba el cuero cada vez. Bajaron los turistas, setenta u ochenta, con las camperas atadas a la cintura y los celulares en alto. Venían de tres horas y diecinueve kilómetros, con cuarenta y nueve curvas que algún guía les había contado.

Tenían cuarenta y cinco minutos. Ella también.

—Vos quedate acá, vendé lo que puedas —le dijo a Brian—. Y no te dejes engatusar con el precio de los guantes.

Cruzó entre los puestos con la bolsa apretada contra el pecho. Pasó la Casa de las Artesanas, donde su prima Elvira estaba cobrando un poncho, y llegó al borde de la vía justo cuando la locomotora soltaba un chorro blanco por los costados. Era una Baldwin del veintidós, pesada y negra, con las bielas todavía quietas.

Un hombre joven, de gorra azul y manos limpias, revisaba algo debajo de la caldera con una linterna. No tendría más de treinta años.

—Disculpe, señor.

—No se puede pasar de la cuerda, señora.

—Ya sé que no se puede. Soy de acá. —Aurora levantó un poco la bolsa—. Necesito atar una cosa en la baranda. Un minuto nomás.

El maquinista se incorporó, se sacó la gorra y la miró con cortesía y con firmeza.

—Tengo que hacer la maniobra para el regreso. La máquina se desengancha, da la vuelta por el desvío y se vuelve a enganchar del otro lado. Hay que cuidar que nadie esté cerca. Es el reglamento, no se lo invento yo.

—Mi marido fue ayudante en esta línea. Néstor Cayul.

—No lo conocí. Yo entré hace seis años.

—No lo iba a conocer —dijo Aurora, y se le quebró un poco la voz en la erre, aunque trató de que no se notara—. Es una lana nomás. Se la ato y me voy.

El maquinista miró el reloj. Miró el tren. Miró la bolsa, y después a ella, y Aurora vio que estaba haciendo una cuenta que no tenía que ver con minutos.

—Faltan veintidós para la maniobra —dijo al fin—. Si usted me espera a que la desenganchemos y la dejo en el desvío, la máquina queda quieta unos instantes. Ahí le abro la cuerda.

—¿Cuántos instantes?

—Los que usted tarde en hacer un nudo.

Aurora asintió. Volvió al puesto, compró un mate cocido con un turista que no se lo había pedido, le acomodó a Brian la gorra y vendió dos pares de guantes, uno de ellos sin regatear. Cada tanto miraba el reloj de la estación, que marcaba una hora distinta de la de su teléfono.

A los treinta y cinco minutos, el auxiliar soltó el enganche con un golpe seco. La locomotora avanzó sola, despacio, con el humo bajo, hasta el desvío. Los turistas se acercaron a sacar fotos desde detrás de la cuerda.

Aurora caminó contra la corriente. El maquinista la esperaba junto a la baranda, de espaldas a la gente, como si estuviera ocupado con una válvula. Le hizo una seña mínima con el mentón.

Ella pasó por debajo de la cuerda con la bolsa en la mano. La baranda de la locomotora estaba tibia y tenía un olor a aceite y a metal que le devolvió, de golpe, los domingos de cuando era joven y esperaba en la estación con un tupper de sopaipillas. Sacó el ovillo, cortó un tramo con los dientes, lo pasó dos veces por el caño y lo ató con el nudo que le había enseñado su madre para los corderos recién señalados.

—Que vuelvas —dijo bajito, en mapuzugun, una sola frase que casi nadie en el pueblo sabía ya completa.

No le dio tiempo a nada más. El maquinista cerró la cuerda detrás de ella con un clic y subió a la cabina sin mirarla.

Aurora volvió al puesto. Brian le dio la plata de los guantes y no hizo preguntas, que era lo que ella más le agradecía.

La locomotora se enganchó del otro lado, sacudió los vagones y pitó dos veces. Los turistas subieron con bolsas de lana y frascos de mermelada. El tren arrancó con ese lento arrastre de la trocha, y por la ventanilla de la cabina el maquinista sacó el brazo y saludó, no a la gente, sino a la baranda.

Desde la curva se alcanzaba a ver un hilo color óxido flameando en el viento, adelante del humo, rumbo a Esquel.

—Abuela —dijo Brian, con los binoculares—. Se lleva la lanita.

—Sí, mijo.

—¿Y vuelve?

Aurora guardó la bolsa vacía en el bolsillo del delantal y se acomodó la manta en los hombros.

—Mañana a las diez —dijo—. Siempre vuelve.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *