A las cinco y media, en Cafayate, el frío de la noche seguía pegado a las piedras. Brígida Guanuco bajó de la camioneta de su hermano con la tijera de podar en el bolsillo del delantal y un balde de plástico en cada mano. En el parral de la finca, a un costado de la ruta 40, colgaban los últimos racimos de torrontés de la temporada. Estaban dorados, pesados, con el rocío todavía encima, y olían a flor y a durazno aplastado.
—Tenés hasta las ocho —dijo Walter sin apagar el motor—. A las ocho viene el hombre con la retroexcavadora.
—Ya sé.
—Es una hilera, Brígida. Con la máquina son diez minutos.
—Y conmigo, tres horas. Andá, andá.
Walter se encogió de hombros y la camioneta se fue levantando polvo de canto rodado. Esa tierra era de arena y de piedras redondas que el río había traído hacía mil años, y cada vez que llovía de verdad, en febrero, devolvía las piedras a la superficie como si las escupiera. Brígida las conocía una por una. Había crecido pateándolas.
La finca ya no era de los Guanuco. Se había vendido en agosto, después del velorio de su padre, a una bodega que iba a arrancar el parral viejo y plantar espalderos con riego por goteo. Era lo razonable. Los parrales de sesenta años rinden poco y cuestan mucho, y nadie quiere subirse a una escalera con el sol de marzo en la nuca. Brígida lo había firmado ella misma, con la lapicera que le prestó el escribano. Lo único que pidió fue la última hilera, la del fondo, hasta las ocho de la mañana. Se la dieron sin discutir. Era un pedido chico.
Caminó bajo el parral con la cabeza gacha. Arriba, las hojas hacían un techo verde y quebrado por donde bajaban rayitos de un celeste que todavía no era día. Llegó al fondo, a las cepas más viejas, con los troncos retorcidos como sogas mojadas. Dejó los baldes en el suelo y se agachó junto al surco, donde la acequia del riego a manto estaba seca desde la semana pasada.
—Un racimo, dos, tres —dijo en voz baja, y empezó.
Su padre contaba así. Anselmo Guanuco cortaba cada racimo con tres centímetros de cabito, ni más ni menos, y los iba nombrando en voz alta para que nadie se distrajera. Decía que el que cosecha callado se apura, y el que se apura desgrana. Brígida sostenía el racimo con la izquierda, cerraba la tijera con la derecha y lo apoyaba en el balde sin tirarlo. Cuando el balde se llenaba lo vaciaba en el cajón, y el cajón se iba llenando de un amarillo espeso que le pegoteaba los dedos y atraía a las avispas.
A las seis y media ya había hecho media hilera. Le dolían las rodillas y la espalda, y las manos habían aprendido de nuevo algo que nunca olvidaron. Afuera, sobre la ruta, empezaron a pasar camiones. El sol tocó primero el cerro del este, que se puso rojo, y después bajó despacio hasta las hojas.
A las siete menos diez escuchó un motor grande, de los que hacen temblar la tierra. Se asomó entre las cepas. Una retroexcavadora amarilla había entrado por el portón y se detuvo junto al galpón. Del lado del conductor bajó un chico de veintipico, con gorra y un termo bajo el brazo, que miró el parral y después la hora en el celular.
—Buen día —dijo, desde lejos—. Soy Lucas. Me dijeron que a las ocho. Llegué antes porque el patrón quiere que a las diez estemos en Tolombón.
—A las ocho —repitió Brígida, sin dejar de cortar.
—Sí, sí. Yo espero. No hay drama.
Se sentó en el escalón de la máquina y destapó el termo. Brígida lo oyó servirse el mate, oyó el golpe del agua, oyó cómo le costaba quedarse quieto. Cuando pasó media hora y a ella todavía le faltaban veinte cepas, el chico se paró y se acercó con las manos en los bolsillos.
—¿Querés que te ayude? Digo, si no te jode.
Ella lo miró de arriba abajo. Tenía las uñas negras de grasa y las manos de alguien que trabaja con hierros y no con frutas.
—Con eso no vas a poder —dijo—. Lavate en la acequia. Ahí, donde queda un poco de agua.
Lucas se lavó. Brígida le dio la tijera del balde de repuesto y le explicó sin mirarlo.
—Con la izquierda agarrás el racimo desde abajo, como si fuera un pajarito. Con la derecha cortás arriba. Tres centímetros de cabito. Y contás en voz alta.
—¿Por qué en voz alta?
—Porque si no, te apurás.
Trabajaron un rato sin hablar, solo contando. Él se equivocaba, cortaba corto, desgranaba un puñado, pedía perdón a las uvas. Ella le corregía la mano, una vez, dos veces, y a la tercera ya no hizo falta. Los cajones se llenaron. La hilera, cepa por cepa, se fue vaciando hacia el fondo. A las ocho menos diez quedaba una sola planta, la última, con un racimo grande colgando de una rama baja, bien a la vista.
—Ese es tuyo —le dijo Brígida a Lucas.
—No, no. Cortalo vos.
—Cortalo vos. Pero dejale el cabito largo.
Lucas cerró la tijera con cuidado. El racimo cayó en su mano izquierda, entero, sin perder un grano. Lo miró como si no supiera qué hacer con eso, y finalmente lo puso arriba de todo en el cajón.
Brígida se acercó a la cepa pelada. Eligió un sarmiento del año, del grosor de un lápiz, con tres yemas hinchadas y apenas verdes. Lo cortó en bisel y lo envolvió en un trapo húmedo.
—Eso es para plantar —dijo Lucas.
—Sí. En el fondo de mi casa. En Salta, capital, en un patio de tres por tres.
—No va a dar uva.
—Va a dar sombra. Y cuando dé una sola uva, una, me la voy a comer contando.
A las ocho en punto sonó el celular del chico. Era el patrón. Lucas dijo que sí, que ya estaba. Cargó los cajones en la camioneta de Walter, que llegó justo, y después subió a la retroexcavadora y encendió el motor. Brígida ya estaba en el portón con el sarmiento envuelto contra el pecho. Lo vio avanzar despacio hacia el parral viejo, bajar la pala y levantarla. Antes de empezar, la máquina se quedó un segundo quieta, con el motor al ralentí, en el aire frío que se iba entibiando.
Después Lucas empezó por la hilera de al lado, y no por la de ella.
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