A las cinco y diez de la tarde, la fila de camiones llegaba hasta el almacén de ramos generales. Hilario Toledo, desde la garita de la balanza, los contaba por el ruido: el chirrido de los acoplados, el resoplido de los motores viejos, el crujido de la caña seca que se acomodaba sobre las chapas. Olía a azúcar quemada y a humo de bagazo. En Santa Lucía, en plena zafra, todo olía así, hasta la ropa tendida.
Hacía treinta y un años que pesaba. Conocía la balanza como se conoce una cara. Sabía que la aguja se quedaba pegada un instante en los ochocientos kilos, y que había que darle un golpecito con la uña del dedo gordo, siempre el mismo, para que siguiera.
Ese junio de 1966 todo el mundo hablaba de los cupos. Habían bajado de Buenos Aires con un papel: el ingenio molería lo que le mandaran y nada más. Los cañeros chicos, los de menos de tres hectáreas, ya no figuraban en ningún registro. Hilario había visto el cartel pegado en la puerta de la administración y había hecho lo que hacía siempre con lo que no le gustaba, mirarlo dos veces y no decir nada.
—Siguiente —gritó.
Entró un camión playo con acoplado, descolorido, con una cruz de ramas de laurel atada al espejo. Bajó un hombre flaco, con sombrero de paja y las alpargatas llenas de tierra colorada. Detrás bajó una nena de unos ocho años, con una vincha de lana.
—Buenas tardes, don Hilario —dijo el hombre—. Soy Ceferino Roldán, de Los Sosa. Mi padre pesaba acá con usted.
—Me acuerdo de tu padre. Se murió en el sesenta y uno.
—En el sesenta y dos —corrigió Ceferino, bajito.
Hilario asintió. Tenía razón. Siempre se equivocaba con las fechas de los muertos.
—¿Tenés boleta de cupo?
Ceferino se sacó el sombrero. Lo apretó con las dos manos, como si le pudiera sacar agua.
—No tengo. Tengo dos hectáreas y media. Con lo que sale de esta carrada pago la cuota de la semilla y le compro zapatos a la Marisa. Ya le pidieron a mi vecino que no entregue, y no entregó. Pero yo ya corté.
La nena miraba la balanza con la boca un poco abierta. Hilario le sostuvo la mirada y le habló a ella.
—¿Querés ver cómo anda esto?
La nena dijo que sí con la cabeza.
—Venite.
La llevó a la garita. Le mostró el cuadrante, las pesas de bronce alineadas en su estante, el libro grande donde anotaba cada carrada con lapicera de tinta azul. Adentro hacía calor y el aire se movía con el ventilador de hojalata, que daba una vuelta y se atascaba, y otra vuelta, y se atascaba.
—Ahora el camión se sube a la plataforma —explicó— y la aguja se mueve. Cuando se frena, ahí está el peso. Yo lo leo y lo anoto. Nada más. Mi trabajo es decir cuánto pesa lo que me traen.
—¿Y si no lo dejan entrar? —preguntó Marisa.
Hilario no contestó enseguida. Afuera, en la fila, alguien tocó bocina. Un chico vendía empanadas de carne en una canasta, y el olor a comino y grasa caliente se coló por la ventanilla.
—Ahí, en la entrada, está el capataz de los cupos —dijo al fin—. Él decide quién entra. Yo decido cuánto pesa.
Ceferino subió el camión a la plataforma. Las lingas de caña, ordenadas con cuidado, brillaban un poco con el sol bajo. La aguja se movió, tembló, y se quedó pegada en los ochocientos. Hilario le dio el golpecito con la uña.
La aguja siguió.
Marcó dos mil trescientos cuarenta kilos. Hilario miró el número. Después miró el libro. Después miró, por la ventanilla, al capataz de los cupos, que estaba a veinte metros, de espaldas, discutiendo con un camionero.
Mojó la lapicera. En la columna del nombre escribió: Establecimiento Los Sosa, cupo Aguirre. Era el cañero de al lado, un viejo con cuarenta hectáreas y la cuota sin cubrir, que dos días antes le había dicho, entre mate y mate, que le sobraba lugar y le faltaba caña.
Escribió el peso con letra prolija. Firmó. Arrancó el talón y se lo dio a Ceferino por la ventanilla, doblado en cuatro.
—Esto lo llevás a la caja. Si te preguntan, pesó en mi balanza. Y es verdad.
Ceferino no dijo nada. Se le llenaron los ojos, y se los secó con el sombrero. Bajó el camión de la plataforma muy despacio, como si pudiera romper algo.
Marisa se quedó un segundo más en la puerta de la garita.
—¿Es siempre así de calentito acá?
—Siempre.
—Yo cuando sea grande voy a pesar —dijo—. Pero lo que quiera.
Hilario sonrió, aunque ya estaba mirando el próximo camión.
—Pesá lo que es. Eso alcanza.
Los vio irse por el camino de tierra, con la cruz de laurel balanceándose en el espejo, hasta que el polvo los tapó. Después salió a la plataforma vacía, se agachó y pasó la palma por el hierro, todavía tibio de la última carrada.
La aguja, sin peso, volvía despacio al cero. Se quedó un instante pegada. Hilario esperó, como siempre, a que ella sola decidiera seguir.
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