El parche se rajó a las once de la noche, con un chasquido seco que Ceferina Juárez sintió en los dientes antes de oírlo. Dejó la llave del tensor sobre el banco. Por la grieta, chica como una uña, se veía el ceibo hueco del casco, lustrado por dentro hasta parecer una boca.
Era la tercera semana de junio y en el patio de tierra, bajo el algarrobo, hacía un frío que se metía en las articulaciones. En el galpón olía a cuero mojado, a humo de brasero y a viruta. Colgaban del techo tientos largos de vaca, tiesos como tallarines secos. Sobre el banco esperaba el aro de quebracho blanco, doblado a mano con agua hirviendo, y el arillo trenzado de sacha lazo, ese bejuco del monte que a ella le había enseñado a cortar su padre.
Mañana a la noche, en el club de la villa, tocaba la peña de la chacarera. Y el bombo tenía que estar.
No era para el conjunto. Era para su hermano Zenón.
Zenón tenía setenta y cuatro años y había tocado el bombo toda la vida, parado a la derecha del guitarrero, con el cuerpo medio inclinado, como si escuchara algo que le contaba el cuero. Hacía dos inviernos que no oía nada. Primero perdió las voces, después los pájaros, al final la radio. Desde entonces iba a la peña igual, se sentaba contra la pared y miraba las bocas.
—Es como ver una película sin sonido —le había dicho una vez, con esa risa corta que tenía—. Lo que no me banco es que los pibes se equivoquen en la entrada y yo no pueda ni hacerles la seña.
A Ceferina se le ocurrió la idea sin querer, un domingo, mientras apoyaba la mano sobre un parche recién tensado y sentía cómo le temblaba la palma con cada golpe. El sonido del bombo no se queda en el aire, pensó. Pasa por la madera, por el piso, por los huesos. Si no se lo puede oír, quizás se lo pueda tocar.
Desde entonces estuvo seis semanas con ese casco. Buscó un ceibo bien estacionado, de los que su familia guardaba en el fondo, y lo ahuecó con gubia gruesa, media y fina, hasta que las paredes quedaron finas como para cantar y gruesas como para aguantar. Lo lijó con lija gruesa y después fina. Le quemó las pelusas con el soplete. Eligió un casco algo más hondo que de costumbre, porque un bombo grave se siente más lejos.
Sólo faltaba el parche, y el parche se había rajado.
Ceferina se sentó en el banquito y se quedó mirando la grieta. En el galpón quedaba un solo cuero de cabra de animal adulto, grueso, de los buenos. No era de ella. Era de su padre, que lo había curtido treinta años atrás y lo había guardado enrollado en una lata, entre bolitas de naftalina, para una ocasión que nunca llegó. Ella lo conocía bien. Lo había sacado y vuelto a guardar más de una vez.
—Papá —dijo en voz alta, sin saber por qué—, si lo uso, no queda nada.
El brasero chisporroteó. Del otro lado de la pared, el perro se dio vuelta en su cajón.
Abrió la lata a las doce. El cuero salió duro, color ámbar, con ese olor dulzón a cosa vieja y limpia. Lo puso a remojo en la batea, con agua tibia, y se sentó a esperar. Fumó medio cigarrillo, que no fumaba desde hacía años. Al rato fue a la cocina, calentó un jarro de mate cocido y se lo tomó sin sentirle el gusto.
A las dos de la mañana cortó el cuero con el cuchillo, dejando un borde ancho. Lo cosió al arillo con tiento fino, puntada por puntada, tirando parejo. Lo apoyó sobre el casco, encajó el aro de quebracho y empezó a pasar el tiento grueso por los agujeros, de una presilla a otra. Cada vuelta que apretaba la hacía contener el aliento. Si tiraba de más, volvía a rajarse. Si tiraba de menos, no iba a tener cuerpo.
A las cuatro, el frío del patio le entumecía los dedos. Fue entonces cuando golpeó el parche por primera vez, con los nudillos, muy despacio.
No sonó mal. Sonó redondo, hondo, con una cola larga que se iba apagando contra las paredes del galpón. Pero faltaba. Ceferina sabía lo que faltaba, aunque no tuviera el nombre: ese temblor final que se queda en el cuero un instante antes de callarse. Acercó el brasero al parche, a buena distancia, y esperó a que el calor lo estirara un poco. Después apretó una presilla más, apenas un cuarto de vuelta.
Volvió a golpear. Esta vez la madera le devolvió el golpe en las rodillas.
Se quedó dormida contra el banco, con el bombo entre las piernas.
La peña empezó a las diez de la noche siguiente. El club olía a empanadas, a vino de damajuana y a perfume dulce. Había un guitarrero de pelo gris, un violinista que afinaba de espaldas, dos parejas calentando los pies en el piso de baldosa. Zenón estaba en su lugar, contra la pared, con la gorra puesta y las manos cruzadas sobre el bastón.
Ceferina cruzó la sala con el bombo colgado del hombro. Nadie dijo nada, porque todos sabían a quién le tocaba. Se paró frente a su hermano y le levantó el bastón de las manos, con cuidado, como quien levanta algo que puede romperse. Después le apoyó el bombo sobre las rodillas, le acomodó la palma de la mano derecha contra el parche y le puso el palillo en la izquierda.
Zenón la miró sin entender.
—Tocá —dijo ella, vocalizando—. Despacito.
Él golpeó. Una vez, floja. El cuero respondió con un temblor que le subió por el antebrazo y le llegó al pecho. Ceferina vio cómo se le cambiaba la cara. Primero fue sorpresa, después una especie de memoria muy vieja que le volvía de golpe al cuerpo.
Golpeó otra vez. Y otra. El guitarrero, sin que nadie le avisara, empezó a rasguear la chacarera por el lado del compás, y el violín lo siguió. Zenón entró en el tiempo justo, con la mano abierta sobre el parche, el cuerpo inclinado a la derecha, escuchando con las costillas.
No se oía nada de lo que él sentía. Pero Ceferina, parada al lado, con los brazos caídos, vio que su hermano sonreía con los ojos cerrados, y que el bombo de su padre, hecho de cuero de cabra y de paciencia, le hablaba al oído por dentro.
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