La lámpara de la Santa Rita

A las cuatro y media de la mañana, en la Banquina de Pescadores, Marisol Pettinari todavía no sabía si la libreta de buque que llevaba en el bolsillo de la campera servía para algo. Hacía tres meses que la tenía. Hacía seis años que había dejado un call center de la calle Luro, y desde entonces había aprendido a trenzar cabos en un curso, a marearse sin vomitar y a no contestar cuando alguien le decía “señorita”.

La Santa Rita era una lancha de rada, amarilla, de las que salen de madrugada y vuelven con la tarde. Ocho hombres y ella. El patrón, Beto Cavallaro, tenía casi setenta años, manos como raíces y la costumbre de hablar mirando el cielo. Le habían dicho que la tomara de prueba, nada más, porque faltaba un marinero y en tierra nadie quería el puesto.

—Vos a proa y no tocás la red —le dijo Beto, mientras el motor tosía el primer humo de gasoil—. La red es de los que saben.

—Tengo la libreta.

—La libreta es un papel.

Y se fue a mirar el cielo.

Salieron por la escollera con el termo de café dando vueltas de mano en mano y una lobería roncando contra las piedras. Olía a pescado viejo, a soga mojada y a ese frío salado que se mete por las mangas. Marisol se sentó en un cajón y miró cómo los hombres acomodaban la lámpara: las alas de la red tendidas sobre la banda de babor, el plomo abajo, los corchos arriba, el copo listo para largarse por la popa. Nadie le explicó nada. Ella tampoco preguntó. Miraba las manos.

A las siete, con el sol recién despegado del agua, Beto levantó el brazo. Había una mancha oscura bajo la superficie, un temblor de anchoíta que parecía un cielo de tormenta dado vuelta. La lancha viró despacio. Los hombres largaron el copo y la red empezó a irse al mar por la popa, corcho tras corcho, cerrando un círculo.

—¡Despacio, despacio! —gritaba Beto—. ¡Que no se asuste!

Cuando empezaron a recoger, el agua hervía de plata. Marisol sintió el olor antes que nada, un olor a hierro y a algo vivo. Y entonces vio la cabeza redonda y lustrosa de un lobo marino que salía por el costado del copo, con un pescado en la boca, y detrás de él, en la malla, un tajo del largo de un brazo por donde la anchoíta se escurría a puñados.

—¡Rompió! —gritó el Gallego, un flaco de sesenta que nunca había dicho una palabra de más—. ¡Rompió el copo!

Todos corrieron a la popa. Dos tiraban de la red, uno golpeaba el agua con un remo para espantar al lobo, y Beto, con la cara blanca, gritaba que si no cerraban el tajo en diez minutos perdían la mitad de la pesca y la mañana entera. Marisol vio los dedos de los hombres: gruesos, hinchados de frío, torpes para una aguja. Vio la naveta de madera colgada de un clavo en la cabina, con su hilo ya cargado.

La sacó del clavo sin pedir permiso.

—Ey, nena, eso no es… —empezó Beto.

—Mi abuela cosía redes en el puerto —dijo ella, y se arrodilló en la cubierta, mojada hasta las rodillas—. Aguanten la malla tirante.

No tenía tiempo de recordar nada, pero las manos recordaron solas. La abuela Nené, sentada en un cajón, con la red extendida sobre las piernas como si fuera una manta, enseñándole a diez años el nudo de malla: pasar la aguja, dar la vuelta, apretar con el pulgar hasta que cruja. “Cada malla es un nudo y cada nudo es una promesa”, decía, y Marisol se había reído, porque a los diez años uno no entiende de promesas ni de redes.

Cerró la primera malla. Después la segunda. El Gallego sostenía el borde del tajo con las dos manos y los ojos muy abiertos. Beto se había callado. Arriba, las gaviotas giraban en círculos cada vez más bajos, esperando. El lobo, desde unos metros, observaba la escena con la dignidad de un cobrador.

—¡Ahora, ahora! —gritó ella, cuando cerró el último nudo, y los hombres tiraron todos juntos.

El copo subió pesado, chorreando, lleno. Las anchoítas saltaban sobre la cubierta como monedas.

Volvieron a la banquina a media tarde, cuando ya empezaba la descarga, con los cajones apilados y los turistas mirando desde la baranda con el celular en alto. Marisol se sacó los guantes y descubrió que tenía las yemas abiertas por el hilo. No le dolían. Sentía solamente las manos, como si hubieran estado dormidas seis años.

Beto la esperaba junto a la cabina. Ella pensó que le iba a decir algo sobre el permiso, sobre la naveta, sobre las cosas que no se tocan. Pero el viejo agarró un marcador de grasa, se acercó a la pared de madera donde estaban anotados, uno debajo del otro, los nombres de la tripulación de la Santa Rita, y escribió al final de la lista, con letra grande y torcida:

Marisol.

Después le alcanzó el termo, todavía tibio, y se fue otra vez a mirar el cielo.

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