La franja de la pileta siete

El primer golpe de pico sonó a plato roto. Yanina Colque lo esperaba, porque el tío Casiano se lo había dicho en el auto: los primeros diez centímetros son sal sucia, tierra y viento cristalizados, y no se venden. Se tiran a un costado. Ella clavó la punta en la costra, hizo palanca y levantó una placa gris del tamaño de una bandeja.

Eran las nueve de la mañana y ya hacía calor de fuego sobre la sal. Alrededor, el salar se extendía blanco hasta las sierras de Chañi, y en el aire había un olor limpio y metálico, como de moneda mojada. A los lados de la pileta número siete, las otras seis, ya cosechadas por los mayores, mostraban su fondo húmedo.

—Más parejo —dijo Casiano desde la caja de la camioneta, donde estaba sentado con la mano izquierda envuelta en una venda—. No cortes en diagonal, que se te desmorona.

—Ya sé, tío.

—Ya sabés, ya sabés. Hacelo.

La pileta medía cuatro metros por dos y medio, y cuarenta centímetros de profundidad. La habían cavado en septiembre del año anterior, ella y su abuela Eustaquia, con palas carboneras, y habían volcado la salmuera con baldes, uno por uno, hasta que el agua llegó a la marca. Después Eustaquia se fue a vivir a Jujuy, a la casa de una hija, porque las rodillas ya no aguantaban los tres mil cuatrocientos metros. Se despidió de la pileta como se despide a alguien que se queda: le dejó un puñado de coca y un poco de alcohol en cada esquina.

—Doce meses —le había dicho—. Cuando esté dura, es tuya.

Ahora estaba dura. Yanina fue sacando placas, apilándolas afuera, y cada una dejaba ver un tono más blanco. Hacia el mediodía llegó al límite de los diez centímetros, y la sal de abajo apareció brillante, en cristales gruesos que crujían bajo la pala. Se sacó el pañuelo de la cara, se secó la frente y sonrió.

—Mirá eso —dijo.

—Bien —dijo Casiano—. Dos toneladas, más o menos. El camión de la fraccionadora viene a las cinco. Si llegás, cobrás completo.

Siguió. Las bolsas de arpillera se llenaban con la pala carbonera, se cerraban con hilo y se apilaban junto a la camioneta. Hacia las tres y media llevaba cuarenta y dos. Le ardían los antebrazos, y cuando levantaba la vista el cielo azul oscuro le parecía más cercano que de costumbre.

Fue entonces que la pala dio contra algo distinto. No sonó a sal. Sonó a madera seca.

Se agachó. A unos veinte centímetros del fondo, cruzando la pileta de lado a lado como una cinta, corría una franja marrón de un dedo de espesor. Tierra. Una tormenta de polvo, quizás en febrero, en el único mes en que llueve, cuando el viento arrastra el barro del camino y lo deposita sobre la salmuera. La sal se había formado igual, arriba y abajo de esa raya, como si no hubiera pasado nada. Pero la raya estaba ahí.

—Tío —dijo.

Casiano bajó de la caja con esfuerzo y se acercó al borde. Miró un rato largo, sin decir nada, y después escupió al costado.

—Y, mala suerte —dijo—. Pasa. Muele todo junto y listo. La fraccionadora la va a lavar igual, ¿qué van a saber?

—Va para consumo humano.

—Va a pasar por una planta.

—Va para la mesa de alguien, tío.

Casiano se rascó la nuca con la mano sana. En el camino, a lo lejos, un punto blanco se acercaba levantando una columna de polvo. Era temprano. El camión.

—Si sacás la franja y todo lo de abajo, perdés media tonelada —dijo—. Más. Con las bolsas que llevás, quedás en una y media. Y el pago es por dos, Yanina. Es el primer año, y la cooperativa mira cómo cumplís.

Ella lo sabía. Hizo la cuenta de memoria, dos veces, y le dio lo mismo las dos.

Se arrodilló en el borde. Con el filo de la pala fue cortando la franja, despacio, sin mezclarla. El marrón se levantó en una tira quebradiza que se partía en pedazos, y debajo apareció la sal de abajo, más blanca todavía, sin una sola partícula de polvo. Cortó esa tira entera y la dejó afuera con la costra descartada. Después limpió el borde de cada costado con el pañuelo, como había visto hacer a Eustaquia, y siguió palando.

El camión llegó, frenó y dejó que el polvo se asentara. Bajó el chofer, un hombre de bigote ralo con una planilla.

—¿Dos toneladas?

—Una y media —dijo Yanina—. Y limpia.

El chofer pesó una bolsa, la abrió, metió dos dedos y probó. Se quedó mirándola con el ceño fruncido, pero no era un ceño de enojo. Era el gesto de quien contrasta un número con un sabor.

—Me falta media tonelada —dijo.

—La tiene la pileta —dijo ella—. Se la voy a dar el año que viene, cuando esté lista.

Casiano miró al chofer. El chofer miró a Casiano. El hombre anotó algo en la planilla, tachó otra cosa y le extendió la mano a Yanina.

—Una y media —dijo—. Pero la próxima vez me avisás antes de que llegue el camión.

Cuando el camión se fue, el sol ya tocaba las sierras. Yanina se quedó parada al borde de la pileta vacía. En el fondo, por una grieta, empezaba a subir un hilo de agua oscura desde el ojo de abajo, despacio, como si la pileta respirara. Se agachó, mojó un dedo, se lo llevó a la boca. Salada, pero otra vez salada de cero.

Del bolsillo sacó el último puñado de coca que le había dejado Eustaquia y lo repartió en las cuatro esquinas.

—Hasta el año que viene —le dijo a la pileta.

El agua siguió subiendo, y el viento, que a esa hora ya se había calmado, no movió ni un grano.

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