Graciela Oyarzún le puso el sello de goma a la última postal del día y lo apoyó en el almohadillado con más fuerza de la necesaria. Eran las cuatro menos diez. Por la ventana de chapa, la bahía Ensenada tenía el color del acero y las lengas de la costa ya habían largado casi todas las hojas rojas. El pronóstico decía nieve para el jueves, y ella sabía por veintidós temporadas que la nieve de Ensenada no avisa dos veces.
Desde el domingo venía desarmando la estafeta. Había bajado los pasaportes de muestra, guardado las calcomanías en una caja de galletitas y vaciado el buzón rojo por última vez hasta octubre. Quedaba la bolsa de lona con las postales de la semana, atada, lista para la camioneta del correo que subía a buscarla a las cinco.
Del otro lado del canal se veían los picos de Navarino, con la primera nieve en los filos. Graciela había dejado de mirarlos hace años, como uno deja de mirar el reloj de la cocina.
Golpearon dos veces en el marco de la puerta. Entró un hombre grande, de campera azul gastada, con una gorra de lana que se sacó antes de decir nada.
—Disculpe, ya sé que cerró.
—Cerré hace cuarenta minutos.
—Vengo caminando desde el parque. Me bajó el micro en la entrada y me vine por la costa.
Graciela miró el reloj, miró la bolsa atada, miró al hombre. Tenía las manos coloradas de frío y una postal en la derecha, de esas con el buzón rojo y las banderas, comprada afuera, en el puesto de los souvenirs.
—¿Es para el extranjero?
—Es para Puerto Williams.
Ella abrió la boca y la cerró. Después sonrió, porque no pudo evitarlo.
—Don, Puerto Williams lo tiene enfrente. En un día claro le cuento las casas.
—Ya sé. Por eso.
Se llamaba Evaristo Barría. Había nacido en Ushuaia cuando el pueblo tenía más perros que autos, y su hermano Segundo se había ido a Williams a los veintiocho, después de una pelea por una lancha que habían heredado y que ninguno de los dos supo conservar. Eso fue hace treinta y un años. Se hablaron por teléfono tres veces, en velorios. Cruzar el canal en lancha sale plata y papeles, y los dos eran de los que esperan que el otro dé el primer paso.
—Pero una carta puedo mandar —dijo Evaristo—. Y quiero que salga de acá, con el sello de acá. Que el hombre vea de dónde viene.
Graciela dejó la lapicera. Le dio una explicación que ya había dado cien veces a los turistas, sin mala voluntad: la postal sale de la estafeta, va a Ushuaia, de ahí a Buenos Aires, cruza la cordillera por el centro de Chile y baja de nuevo hasta el sur. Tres semanas, con suerte. Cuatro, si agarra feriados.
—Treinta kilómetros por agua —dijo él— y tres semanas de vuelta al mundo. Yo ya lo sé, señora. Escribí la postal pensando en eso.
Se la dio. Ella la leyó, porque era su trabajo leer la dirección, y la dirección estaba bien: un nombre, una calle de Puerto Williams, el país. Del otro lado, con letra apretada de hombre que no escribe, había cuatro renglones. No los leyó completos. Vio la palabra lancha y vio la palabra perdoná, y dio vuelta la postal.
Afuera se levantó el viento. El techo de chapa empezó a hacer ese ruido de cuando alguien camina arriba.
—No le puedo cobrar el franqueo a esta hora —dijo ella, y abrió el cajón—. Se me cerró la caja.
—Yo le pago lo que sea.
—Me lo paga en octubre.
Sacó las estampillas, las contó con el dedo mojado en la lengua, como le había enseñado su madre, y pegó tres en la esquina. Apretó cada una con el pulgar. Después abrió la almohadilla, sopló el sello para sacarle la pelusa y estampó la fecha, el nombre de la unidad postal y el dibujo, bien al centro, sin que se corriera.
—El sello más austral del país —dijo Evaristo, medio en broma.
—El más austral que tenemos nosotros. Del otro lado le queda uno más al sur.
Él se rió, por primera vez, un ruido corto y seco. Graciela soltó la bolsa de lona, desató el nudo, y puso la postal arriba de todas, para que fuera lo primero que viera el cartero al abrirla en Ushuaia.
Escucharon la camioneta antes de verla, el motor en la ripiada, las luces amarillas cortando el aire. Evaristo se puso la gorra. En la puerta se dio vuelta.
—¿Y si no contesta?
—Entonces usted va a saber una cosa que hoy no sabe —dijo Graciela—, y yo no soy quién para decirle cuál.
El hombre asintió. Salió al muelle y se quedó parado frente a las montañas de enfrente, con las manos en los bolsillos. Ella cerró con llave, subió la bolsa a la camioneta y, antes de subir, miró hacia donde miraba él.
Empezaba a nevar sobre Navarino. Los copos todavía no llegaban a la bahía; se los veía caer lejos, despacio, sobre las casas de Williams, y en alguna de esas casas había una cocina con la luz prendida.
La camioneta arrancó. Evaristo Barría no se movió del muelle hasta que se acabó la luz.
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