La hilera del fondo

A las siete y diez de la mañana, en julio, el agua de la acequia de la calle Los Álamos estaba quieta y dura como una chapa. Arnaldo Quintriqueo la cruzó pisando el borde de cemento, con la escalera de madera al hombro y la tijera colgada del cinturón en su funda de cuero. Tenía setenta y un años y la rodilla izquierda le avisaba de cada escalón antes de que lo pisara.

La chacra ya no era suya. Se la había vendido en marzo a un muchacho de Roca, y el muchacho, Maxi, le había dejado una sola cosa en la conversación, casi como un favor: «Hasta el lunes tiene la llave del portón, don Arnaldo».

El lunes llegaba la máquina.

La hilera que quedaba era la última del cuadro del fondo, pegada a la cortina de álamos del lado oeste. Doce perales Williams. Los había plantado en el setenta y cuatro, con Delfina todavía viva, cuando el cuadro era puro alfalfa y la acequia se abría con una compuerta de chapa que ahora estaba oxidada y torcida. Los demás cuadros ya tenían espaldera y goteo. Esa hilera seguía como entonces: troncos gruesos, ramas con codos, la corteza en escamas grises.

Apoyó la escalera en el primer árbol. Lo miró un rato largo desde abajo, como se mira a alguien antes de decirle algo. El peral Williams no perdona al que poda con apuro: hay que dejar las ramas jóvenes hasta que armen su estructura, sacar las que ya dieron todo lo que tenían, abrir la copa para que entre luz, cortar siempre sobre una yema que mire hacia afuera. Delfina decía que podar era decidir quién se queda y quién no, y que por eso él volvía de la chacra con cara de juez.

Subió. El frío le mordía los dedos a través de los guantes. Cortó una rama chupona, después otra. El serrucho chirrió contra la madera vieja y soltó un olor dulce, a pera y a humedad, que él conocía mejor que el de su propia casa.

Iba por el cuarto árbol cuando oyó la camioneta. Un motor corto, un portazo, pasos sobre la escarcha.

—Don Arnaldo —dijo Maxi desde abajo, con las manos metidas en la campera—. Le dije que el lunes.

—Hoy es jueves.

—Ya sé. Pero esa hilera se arranca. No tiene sentido que la pode.

Arnaldo siguió con la tijera. Un corte limpio, en diagonal, a un dedo de la yema.

—Los perales viejos rinden poco —insistió Maxi—. La fruta sale chica. Lo hablamos en marzo, usted estuvo de acuerdo.

—Estuve de acuerdo.

—Entonces, ¿para qué?

Arnaldo bajó dos escalones. Se sacó un guante y se frotó la rodilla. Del lado oeste, el viento entraba entre los álamos con ese ruido de papel que hacen en invierno, cuando no les queda una hoja.

—Mirá esto —dijo, y señaló un brazo grueso, con una cicatriz en forma de boca—. Ese corte lo hice en el ochenta y dos. Se me fue la mano. Delfina me dijo que se iba a morir de eso. No se murió. Echó cuatro ramas nuevas, y de esas cuatro, tres siguen dando fruta.

Maxi miró el árbol sin decir nada. Era flaco, de cara joven, con la nariz colorada del frío. No parecía un hombre que viniera a sacarle algo a nadie. Parecía alguien a quien le habían explicado mal una cuenta.

—Yo no vine a apurarlo —dijo al fin—. Vine porque el tractorista me llamó. Dice que prefiere empezar por el cuadro de las manzanas, que está más cerca del galpón.

—Y después.

—Y después, esta hilera. Si le da el tiempo.

—¿Y si no le da?

Maxi se encogió de hombros, y en el gesto había algo que no era del todo una respuesta. Se agachó, juntó del suelo una rama recién cortada y la dio vuelta entre los dedos. Miró la herida blanca del corte, la yema chica y apretada.

—¿Siempre sobre la que mira para afuera?

—Siempre.

—¿Por qué?

—Porque la que mira para adentro se pelea con las otras. —Arnaldo volvió a subir, despacio, agarrándose con una mano—. Traé la otra escalera, que está en el galpón. Hacemos dos árboles a la vez y nos sacamos el frío.

—Yo no sé podar.

—Nadie sabe. Se aprende cortando mal en un árbol que alguien ya pensó arrancar.

Maxi se quedó un momento ahí, con la rama en la mano. Después caminó hasta el galpón y volvió arrastrando una escalera de aluminio, que clavó torcida en la tierra helada. Arnaldo se la enderezó con el pie sin mirarlo.

Trabajaron hasta el mediodía. Arnaldo hablaba poco: «Ahí no», «Esa sí», «Más abajo». Maxi cortó de más en el segundo árbol y de menos en el tercero, y a la altura del quinto ya miraba el árbol de abajo hacia arriba antes de acercar la tijera. A las doce sacó un termo del auto y le alcanzó un mate a Arnaldo, que lo tomó sentado en un escalón de la escalera, con la espalda contra el tronco.

—Quedan cuatro —dijo Maxi.

—Quedan cuatro.

Del lado de las manzanas se escuchó, lejos, el motor de un tractor que todavía no era el de la máquina. El viento del oeste seguía pasando entre los álamos. En las ramas de los perales, a la luz baja de julio, los cortes recientes brillaban claros y húmedos, uno junto al otro, como si la hilera entera estuviera mirando algo.

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