Las iniciales en el cemento

Teófilo Ramírez salió de su casa a las seis y media, antes de que el calor de Resistencia se pusiera pesado, con el termo bajo el brazo, la yerba bien fría y una libreta de tapas verdes donde había anotado doce direcciones. Setenta y un años. Treinta y cuatro de albañil en la Municipalidad. Y una sola cosa pendiente.

En el 94 le tocó colar las bases de cemento de las esculturas que salían de la Bienal. Los escultores terminaban sus obras en el Parque 2 de Febrero, las levantaban con una grúa, y la cuadrilla de Teófilo las esperaba en alguna esquina con el hormigón todavía blando. Hizo cientos. En una sola, la última de aquel invierno, escribió con la punta de un clavo, bien abajo, donde nadie mira: T.R. 94. Nunca se lo contó a nadie, ni a Estela, que en paz descanse.

Ahora la Municipalidad iba a rehacer las veredas del centro, y las bases viejas se medían, se anotaban y algunas se rompían. Un sobrino que trabajaba en Obras Públicas le había dicho, medio de pasada, que había una lista. Teófilo no quiso ver la lista. Quiso ver la base.

Empezó por la Plaza 25 de Mayo. Dio la vuelta entera con la libreta abierta, agachándose junto a cada pedestal con una mano en la rodilla. Las bases estaban limpias, grises, algunas con el cemento ya picado por los años. Ninguna tenía clavo ni iniciales. Se sentó un rato en un banco, destapó el termo y cebó el primer tereré del día. El agua fría le bajó por la garganta y el hielo hizo ese ruido de cubitos chocando que él asociaba con las siestas de su infancia.

—¿Se le perdió algo, don? —le preguntó un muchacho que barría la vereda de una casa de fotocopias.

—Una firma —dijo Teófilo—. Mía.

El muchacho se rió, pero lo dejó seguir.

Caminó la peatonal Perón con el sol ya alto, esquivando a los que vendían rifas y a las chicas con el termo bajo el brazo, igual que él. Revisó una escultura de hierro retorcido, otra de piedra con forma de mujer sentada, una de quebracho colorado que alguien había lustrado con aceite de lino. Cada vez se agachaba, pasaba la yema del dedo por el borde de la base y se levantaba con una mueca. Para las once la camisa se le pegaba a la espalda y la libreta tenía nueve direcciones tachadas.

La décima era una plazoleta de barrio, a seis cuadras del centro, con tres bancos, un lapacho sin flores y una escultura de bronce oscuro: un hombre cargando un fardo. Teófilo la reconoció antes de llegar. Era la de aquel invierno. Se le aflojaron las piernas.

Pero la base no se veía. Alrededor del pedestal, a ras del piso, habían hecho un cantero con piedras blancas, y adentro crecía una planta de menta, otra de ruda, un malvón. Alguien había cuidado ese cantero con paciencia: la tierra estaba húmeda, sin yuyos. En la parte de arriba del cemento, justo donde empezaba el bronce, alguien había pintado con esmalte celeste un nombre en letras redondas. Luciana.

Teófilo se quedó parado. Después se arrodilló, despacio, y movió con cuidado la menta. Bajó hasta el borde del cemento, donde el cantero lo tocaba. Y ahí estaban, medio tapadas por una raíz, hundidas en el gris: la T, la R, el 94.

—Eso no se toca —dijo una voz de nena.

Tenía diez años, calculó, y una mochila con un osito de peluche colgando. Estaba parada en el cordón, con los brazos cruzados, mirándolo como se mira a un ladrón.

—Perdoname, no quería… —empezó él.

—La menta es de mi mamá. Pero yo la riego. Todos los días, después del colegio.

—Está linda. Está muy bien cuidada.

La nena aflojó un poco los brazos. Miró la base, después a él, después otra vez la base.

—¿Usted qué buscaba?

Teófilo dudó. Podría haber dicho que nada, que se le había caído una moneda, que ya se iba. Pero estaba cansado, le dolían las rodillas, y la nena tenía esa cara que ponen los chicos cuando de verdad quieren saber.

—Hice esta base —dijo—. Hace treinta y dos años. Con un clavo escribí mis iniciales acá abajo, y hoy vine a ver si todavía estaban.

La nena se agachó a su lado, sin pedir permiso, y apartó la raíz con dos dedos. Leyó despacio, moviendo los labios.

—T.R. Noventa y cuatro. —Levantó la vista—. ¿Y por qué las escondió?

—Porque el trabajo de un albañil no lleva firma. Se hace para que el otro se lleve el aplauso.

—Ah —dijo ella, como si eso le pareciera una tontería enorme—. Pero está firmado igual.

Se quedaron un rato en silencio. Una chicharra empezó a sonar en el lapacho. Teófilo sacó el termo, lo miró y, sin saber bien por qué, le ofreció la tapa llena a la nena. Ella probó, hizo una mueca por lo amargo y se lo devolvió.

—Van a cambiar la vereda —dijo él—. Capaz rompen la base.

—No pueden. Mi mamá fue a la Municipalidad y firmó un papel, para que el cantero se quede.

—¿Un papel?

—Con los vecinos. Treinta y una firmas. —La nena se ajustó la mochila—. Si quiere, puede firmar usted también. Mi mamá dice que cuantas más, mejor.

Teófilo se rió, una risa corta y seca que le sorprendió a él mismo. Sacó la lapicera del bolsillo de la camisa, y la nena le alcanzó una hoja doblada en cuatro, ya sobada, con letras de todos los tamaños. Buscó el último renglón vacío.

Escribió su nombre completo, con apellido y todo, bien grande, y al lado, por costumbre, puso la fecha. Después guardó el termo, se limpió las manos en el pantalón y miró otra vez las dos letras hundidas en el cemento, ahora con la menta devuelta a su lugar, cubriéndolas despacio como una mano que se apoya.

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