La rayita de los doce

A las cinco y media, cuando todavía no había aclarado del todo, Brian Oyarzún tenía las manos metidas en un balde de agua helada y la cara de quien se pregunta por qué dijo que sí. La Calafate cabeceaba en el muelle de Ushuaia con las luces de cubierta prendidas, y desde el fondo del canal subía ese olor frío y salado que se te mete hasta el sombrero.

—Los guantes no son para que los mires —dijo Ramona, sin levantar la vista de la soga que estaba empalmando—. Son para ponértelos.

Ramona era su tía abuela y tenía sesenta y un años, una lancha de doce metros y un permiso de pesca artesanal que le había costado más papeles que muebles tuvo en toda su vida. Brian tenía dieciséis, un trabajo de verano que le habían conseguido a la fuerza y una sola idea en la cabeza: el cumpleaños de su abuela Nilda, el sábado. Setenta y ocho años, y desde que se había mudado a Río Grande extrañaba la centolla como otros extrañan a un hermano.

Zarparon con el cielo color ceniza. El canal estaba planchado, algo raro, y las montañas del otro lado tenían la nieve de noviembre pegada en los bordes. Ramona manejaba parada, sin apuro, con un mate apoyado en la consola. Cada tanto señalaba algo con el mentón: una boya naranja, un cormorán, un pedazo de costa donde, decía, había habido un aserradero.

Las trampas estaban calladas en el fondo, en líneas de diez, unidas por un cabo largo que terminaba en una boya. Ramona enganchó la primera con el bichero y el malacate empezó a gemir. Subió la nasa tronco-cónica chorreando, con las redes llenas de algas coloradas, y adentro, apretadas contra los restos de carne que habían servido de cebo, tres patas largas y espinosas se movían despacito.

—Ahora aprendés —dijo Ramona, y sacó del bolsillo del mameluco una regla de acero con una escuadra soldada en la punta, tan gastada que los números casi no se leían—. Se mide el ancho del caparazón. Doce centímetros o más, se queda. Menos de doce, vuelve al agua. Sin discutir.

—¿Y si le falta poquito?

—Si le falta poquito, le falta.

Brian midió el primer bicho, un macho que daba catorce y que lo pellizcó a través del guante. Lo tiró al cajón. Midió el segundo, de trece. Al tercero lo dio vuelta para mirarle la panza, como le había enseñado Ramona: las hembras la tienen ancha y redonda, los machos angosta y en punta. Era hembra. Volvió al canal con un chapuzón y un reto del mar.

A las diez habían levantado seis líneas. El cajón tenía cuarenta y dos centollas de buen tamaño y a Brian ya no le dolían los brazos sino algo más hondo, que no sabía nombrar. El viento había empezado a levantarse del sur. Ramona se calzó la capucha.

En la última trampa de la última línea, bien al fondo, entre dos bichos grandes, había uno más chico. Brian lo sacó con las dos manos, lo dio vuelta y confirmó que era macho. Apoyó la regla. El borde del caparazón quedó justo, justo, pegado a la marca de los doce. Miró de nuevo. Se veía la marca, no se veía la marca.

—Dice doce —murmuró.

Ramona se acercó con las manos en los bolsillos. Miró la regla, miró el bicho, miró a Brian.

—A ver. Apretá la escuadra.

Brian apretó. Entre la punta del metal y el caparazón se coló una rayita de luz, finita como un pelo.

—Once ochenta —dijo ella.

—Tía, es una rayita.

—La rayita es la ley.

Brian se quedó con el animal en las manos. Pensó en Nilda, en la cocina de Río Grande, en la olla grande que había comprado de apuro, en las cuarenta y dos centollas que ya estaban en el cajón y que nadie iba a notar que eran cuarenta y una. Pensó que el bicho se iba a morir de todos modos de viejo, o lo iba a pescar otro, o lo iba a comer una gaviota. Pensó muchas cosas rápido, como se piensa cuando uno sabe lo que tiene que hacer.

—¿Cuánto tarda en crecer ese centímetro? —preguntó.

Ramona sonrió por primera vez en el día, apenas, con un costado de la boca.

—Un año, dos. Y después alguien lo pesca, ya sin rayita. Y se lo come tu abuela, o la abuela de otro.

Brian lo sostuvo un segundo más sobre la borda. Después lo soltó. El animal giró en el aire, golpeó el agua y se hundió con las patas abiertas, despacio, hasta que el canal lo borró.

Volvieron con viento de cara y la cubierta barrida por salpicaduras. Ramona no dijo nada hasta que el muelle estuvo a la vista, con los techos de chapa y la ciudad subiendo por la ladera. Entonces pidió que le alcanzara la caja azul de debajo de la consola.

Adentro había una centolla grande, ya cocida, envuelta en papel de diario.

—La hice anoche. Para el sábado. Pasá por la pescadería y que te la pongan en hielo.

—Pero si yo no…

—No es regalo. Es adelanto de sueldo. —Ramona acomodó la soga en el cornamusa y apagó el motor—. Y mañana venís a las cinco y media. Con los guantes puestos.

Brian se quedó un rato en cubierta, con la caja entre las rodillas, mirando cómo el canal se cerraba otra vez donde había caído el bicho. En el bolsillo de la campera, sin saber cuándo, había guardado la regla gastada de Ramona. La sacó. Entre la escuadra y el metal, a contraluz, todavía se veía la rayita.

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