Una pluma torcida

Nelson Bordón abrió el portón del galpón de la calle Estrada a las siete y media, con el termo bajo el brazo y el frío de noviembre todavía metido en los huesos. Adentro olía a pegamento de contacto y a telgopor lijado, y arriba, en las vigas, colgaban los espaldares del año pasado como murciélagos enormes, de a decenas, con las plumas atadas hacia abajo.

Su trabajo, en esa época, era el menos vistoso del taller. Los costureros hacían los trajes nuevos, los soldadores levantaban las carrozas, y él se ocupaba de lo que ya había brillado: sacarle las plumas a lo viejo, separar las que servían y teñir de negro las que no. Las plumas llegan blancas o de color natural, le había explicado un director cuando entró, y se van oscureciendo de a poco porque se ensucian. Cuando ya no dan más, se pintan de negro y vuelven a la pasarela hechas sombra.

Puso a calentar el tacho sobre la hornalla de la pileta del fondo. Con una pinza fue desatando un espaldar. Las plumas de gallo caían una por una en la caja, y él las iba mirando contra la luz de la ventana alta: esta sí, esta no, esta al tacho.

—¿Y esa, Nelson? —le preguntó Mailén, la pibita que había entrado en septiembre a ayudar con la batucada y que ahora andaba por todos lados—. Esa está bárbara.

—Esa no se toca.

Era una pluma blanca, larga, con la punta apenas torcida hacia la izquierda, como si se hubiera acordado de pronto de algo. La había visto en el tercer espaldar de la fila, y la reconoció sin buscarla. Hacía catorce años, Delia, su mujer, había salido por la pasarela con ese espaldar, cuarta bastonera de la segunda comparsa, con treinta y siete años y un traje que pesaba diez kilos. Él la miró desde la tribuna, entre gente que se levantaba. Cuando ella pasó frente a su sector, una pluma se le torció con el viento del río y Delia, sin dejar de sonreír, la acomodó con un movimiento de cuello que él nunca olvidó.

Delia ya no estaba. Los espaldares, sí, porque en el carnaval nada se tira.

—¿Y qué vas a hacer con esa pluma? —insistió Mailén.

—Nada. Guardarla.

—Pero hay una regla. Todo lo que se desarma va al inventario. Se lo dijo Villalba el otro día a los de costura.

Nelson no contestó. Siguió con la pinza, cada vez más despacio. Sabía que Mailén tenía razón. Las plumas eran el mayor capital del club, un faisán de ciento diez centímetros costaba una fortuna, y él mismo había visto cómo pesaban las cajas en una balanza antes de cerrarlas con precinto. Esa pluma no era de él. Era de todos y era, sobre todo, de la comparsa del año que viene.

A media mañana apareció Villalba, el director, con una planilla y la gorra para atrás.

—¿Cómo vamos con las plumas, Nelson?

—Vamos.

—Tengo que cerrar el conteo antes del viernes. ¿Cuántas para teñir?

Nelson le mostró las cajas. Villalba contó con el dedo, murmurando. Llegó a la caja de las blancas y se quedó un segundo mirando la torcida.

—Esa es linda —dijo.

—Es del año de Delia.

Villalba levantó la vista. No se movió. Afuera pasó un camión con el ruido seco de las chapas y se oyó, lejos, la batucada ensayando en el corsódromo, que está en el predio de la vieja estación de trenes, donde ya no llega ningún tren pero siguen sonando los bombos como si fuera a llegar.

—Ah —dijo Villalba—. No sabía que era esa.

—No importa. Si hay que teñirla, se tiñe.

Fue lo más difícil que dijo en mucho tiempo. Villalba no contestó enseguida. Se sacó la gorra, la dio vuelta en las manos y volvió a ponérsela.

—Mirá. Si la dejo afuera del conteo, me falta una pluma de trescientas cincuenta del espaldar de la bastonera. Pero eso se arregla. Hay plumas que se rompen cada año, siempre se rompe alguna. Anotamos esa como rota y listo.

—No quiero que mientas por mí.

—No miento. La pluma se rompió hace catorce años, cuando pasó por la pasarela. Es una forma de decirlo.

Nelson soltó una risa corta, de sorpresa. Villalba tachó algo en la planilla y se fue silbando.

Esa tarde, cuando el galpón se vació y la luz bajó anaranjada por la ventana alta, Nelson tomó la pluma de la caja. La sostuvo un momento. Estaba un poco amarillenta en la base, y en la punta, la parte torcida, conservaba un brillo fino como de escarcha. La envolvió en un repasador limpio y la guardó dentro del termo vacío, de pie, para que no se doblara más.

Mailén lo esperaba en el portón con la mochila al hombro.

—¿Se la vas a mostrar a alguien?

—A nadie. Me la llevo y la pongo en el aparador, al lado de la foto.

—Y cuando te toque teñir la del año que viene, ¿qué hacés?

Nelson cerró el portón con la llave grande, la de cabeza redonda, y se quedó mirando la calle. Del otro lado, en el corsódromo, alguien probaba un redoblante: tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa.

—Tiño la que venga —dijo—. Esa ya tiene dueña.

Caminó hacia su casa por Estrada con el termo apretado contra el pecho, y a la altura de la esquina, sin darse cuenta, empezó a marcar el compás con el pie.

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