El círculo de Cacho

La bolsa de cal pesaba veinte kilos y Cacho Benítez la arrastró por el pasto hasta el medio de la cancha como quien arrastra a un perro viejo que no quiere ir al veterinario. Eran las cinco de la tarde del sábado. Desde la Ruta 3 llegaba el ruido de los camiones, y del lado del barrio, olor a leña mojada y a algo friéndose.

Mañana a las diez jugaban la final los de once años del club. Cuarenta chicos, madres con termos, un padre con parlante. Y la cancha seguía siendo pasto pelado con rayas de otro año, lavadas por las lluvias de octubre.

Cacho sacó del bolsillo el piolín, un carretel de albañil, y los tres clavos que guardaba en una lata de duraznos. Después sacó los lentes. Los miró contra la luz, los limpió con la remera y se los puso. Servían igual que antes, o sea, para el gasto.

—¿Usted marca solo?

Era una nena sentada arriba del alambrado, con las zapatillas colgando. Tenía la camiseta del club, enorme, y un raspón en la rodilla que ya era costra vieja.

—Siempre marqué solo.

—¿Y cómo hace para que quede derecho?

—Con piolín. Pero el piolín hay que tensarlo de los dos lados.

—Entonces solo no.

Cacho resopló. La nena bajó de un salto y caminó hacia él por el pasto, sin pedir permiso. Dijo que se llamaba Brisa, que jugaba de cuatro y que su hermano estaba en la categoría de los grandes, los que entrenaban a esa hora en la cancha de al lado, así que ella tenía un rato.

—Agarrá esto —dijo Cacho, y le dio la punta del piolín—. Andá hasta aquella esquina y no te muevas hasta que yo te diga.

La nena fue. Cacho clavó el primer clavo en la esquina de la derecha, junto al poste de luz, y el segundo en la otra, y tensó. El hilo vibró un segundo y quedó quieto, una línea amarilla contra el verde gastado.

Llenó el carrito marcador, un cajón de chapa sobre dos ruedas de bicicleta que había armado Rolando Peralta en el taller de la calle Juan B. Justo hacía veintitantos años. Rolando se había ido en el 2019 y el carrito seguía derecho. Cacho lo empujó pegado al piolín. Un hilo blanco de cal salió por la ranura y se acostó sobre el pasto. Olía a yeso, a escuela, a patio de abuela.

Fueron haciendo los costados. La nena aprendía rápido: cuando él levantaba la mano, ella corría el clavo un paso, y cuando bajaba la mano, se quedaba firme. A las seis y media estaban hechas las áreas y el arco de cada lado, y a Cacho le dolía la espalda en un punto exacto, abajo a la izquierda, donde le dolía desde 1998.

—Falta el círculo —dijo ella.

—Falta el círculo.

Caminaron hasta el medio. Cacho midió con pasos contados y se agachó, o mejor dicho se fue bajando por partes. Buscó con la mano en el pasto.

—Acá era.

No encontraba nada. Pasó la palma por el suelo, abrió con los dedos los yuyos. La nena se puso a buscar también, de rodillas, con la cabeza casi pegada a la tierra, y fue ella la que lo encontró: un clavo grande, oxidado, hundido casi a ras, con una chapita de gaseosa aplastada encima.

—¿Esto?

—Eso.

—¿Quién lo puso?

—Yo, hace treinta años. Con Rolando. Midió él, nueve con quince de radio, que es lo que dice el reglamento. Yo clavé. Todos los años le dábamos un golpecito para que no se saliera.

Brisa se quedó mirando el clavo y después a Cacho, y no preguntó por Rolando, que era lo que él temía. Preguntó otra cosa.

—¿Y si lo clavamos de nuevo?

—Ya está clavado.

—Pero está flojo. Mire.

Era cierto. Se movía un poco, como un diente de leche. Cacho fue hasta la bolsa de herramientas, volvió con el martillo y le pegó tres veces, despacio. El clavo hizo un ruido sordo, de tierra que acepta. Ató el piolín en la cabeza, midió nueve con quince con la cinta, que ya no le hacía falta pero la usó igual, y le tendió el otro extremo a la nena.

—Vos lo girás. Tenso, sin aflojar. Yo voy atrás con el carrito.

Brisa dio la vuelta caminando de costado, con el piolín tirante como una caña de pescar, y detrás de ella Cacho empujaba el carrito y la cal iba cerrando el círculo. El sol se estaba cayendo del lado de la Ruta 21 y la línea blanca se prendía de un naranja suave. Cuando las dos puntas se encontraron, la marca se juntó con su propio principio sin una sola costura, y Cacho se quedó parado, con las manos en los riñones, mirando algo que le salía bien.

—Quedó redondo —dijo la nena.

—Quedó.

—Mañana lo van a pisar todos.

—Para eso es.

Brisa se fue a las siete menos diez, corriendo, porque el hermano ya la estaba llamando desde el alambrado. Cacho juntó los clavos, enrolló el piolín y se sentó un rato en el cajón del carrito, con los lentes en la mano.

Al otro día a las diez, el árbitro, un pibe flaco con silbato de plástico, dejó la pelota en el medio. Brisa, que ese partido iba al banco, se había parado en la línea de afuera, justo frente a Cacho, del otro lado del círculo. Se miraron.

Cuando sonó el silbato, el nueve de los locales pisó el clavo con el taco del botín para sacar. Nadie en el mundo sabía que estaba ahí abajo. Cacho sí, y sonrió detrás del alambrado.

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