El agua de la olla empezaba a tomar el color de una tarde floja cuando Gregoria Bazán entendió que la cebolla no era la de siempre.
Había hervido tres cuartos de hora. Hundió el palo de membrillo, levantó una madeja de lana de oveja y la dejó chorrear sobre el fuego. Salía amarilla, un amarillo de mate lavado, y ella necesitaba el otro, el que su madre llamaba “el de las cuatro”, ese marrón rojizo que se pone en las paredes de adobe de Londres cuando el sol ya no pega pero todavía no se fue.
—Es la cáscara, abuela —dijo Lucio desde el banquito, sin levantar la vista de los hilos—. La que trajo el camión es de cebolla blanca.
—Ya lo sé.
—Yo te dije en el mercado.
—Ya sé que me dijiste.
Era julio y hacía un frío seco que partía los labios. En la galería, el telar criollo esperaba armado, con la urdimbre tensa y un poncho a medio hacer que Gregoria había empezado en marzo. Faltaban cuatro días para la Fiesta del Poncho en el predio de Catamarca, y el pabellón de los tejedores belichos tenía un lugar reservado con su apellido en un cartelito. Ella pensaba llenarlo con una sola pieza: un poncho de guarda atada, de esos que se tiñen por reserva, con la lista que se ve doble, como si el dibujo flotara.
Para eso había atado el hilo. Cuarenta y cuatro vueltas de hilo de algodón, apretadas con la uña sobre la lana, tramo por tramo, en un patrón que no estaba escrito en ningún lado. Lo llevaba en los dedos desde los doce años. Lo que quedaba atado no recibía el color. Lo que quedaba libre, sí. Eso era toda la técnica, y también era imposible de explicar.
Lucio tenía doce, justo la edad. Vivía en Córdoba con la madre, pero pasaba las vacaciones de invierno en la casa de la abuela y había aprendido a atar con una paciencia que sorprendía a todos, empezando por él. Tenía el celular apoyado contra una lata de duraznos, con un video en pausa.
—Mirá —dijo—. Hay gente que usa anilina. Sale en diez minutos y el color es parejo.
Gregoria no contestó. Se sacó el delantal, entró a la cocina y volvió con una cacerola de hierro que usaba para el locro. La puso en el fuego al lado de la olla.
—¿Qué hacés?
—Mi mamá decía que el hierro cierra el color.
—¿Y si lo arruina?
—Entonces lo arruino yo.
Vació un poco del baño amarillo en la cacerola, le agregó dos puñados de cáscara que había guardado del año anterior, secos y quebradizos, de los que huelen a papel quemado, y esperó. El vapor subió con un olor dulce, a cebolla cocida y a lana mojada, que se le metió en la ropa. Metió una hebra de prueba. La sacó. Todavía era más amarilla que marrón, pero tenía algo de rojo en el borde, como un sol que asoma por la cuchilla del cerro.
—Falta —dijo, más para sí.
Le pidió a Lucio que fuera hasta el fondo, donde estaba el viejo tacho de la leña, a buscar un clavo. No uno nuevo. Uno oxidado, de los que se aflojaron del corral. Lucio volvió con tres, y los tiró adentro de la cacerola con un ruido que sonó a monedas.
Esperaron. En la ruta 40 pasó un camión y la casa vibró apenas. Un perro ladró en lo de los vecinos y se calló. Gregoria miraba el agua con la misma cara con la que miraba el cielo antes de decidir si subía las ovejas.
—Abuela —dijo Lucio, al rato—. ¿Y si no sale?
—Sale otra cosa.
—Pero vos querías el de las cuatro.
Ella se secó las manos en la pollera. Le dolían los nudillos, como cada invierno. Pensó en su madre, en las manos hinchadas de su madre atando hilo bajo la misma parra, y en cómo nunca le había enseñado el color, solo la cantidad de cáscara y el tiempo, y que había que mirar.
—Mi mamá no tenía el color de las cuatro, Lucio. Tenía el de ese día.
Sacó la hebra de prueba. Era marrón, un marrón con calor adentro, con un fondo rojizo que se veía solamente cuando le daba la luz de costado. No era el de la memoria. Era otro, pero le pertenecía.
Hundieron la madeja atada. Ella la movió con el palo, él contó los minutos en voz alta, y cada tanto Gregoria le hacía levantar un extremo para ver cómo iba. Cuando la sacaron, humeaba. La dejaron enfriar sobre una tabla y empezaron a cortar los hilos de las ataduras, uno por uno, con una tijera chica.
Debajo de cada vuelta, la lana seguía crema. El dibujo apareció de a poco: una lista de rombos que se encimaban, con el borde blando, apenas movido, como si respirara.
Lucio se quedó con la tijera en el aire.
—Hay uno corrido —dijo, señalando.
Era cierto. En la tercera repetición, un rombo se había desplazado un dedo hacia la izquierda. Una atadura mal puesta, o un hilo que se aflojó en la olla. Gregoria se acercó con los anteojos.
—Es mío —dijo—. Lo até con los dedos duros.
—¿Lo vas a rehacer?
—No me da el tiempo. Faltan cuatro días y tengo que tejer todo el cuerpo.
—Entonces no lo vamos a mostrar.
Gregoria lo miró un rato largo. Después fue hasta el telar, enhebró la lanzadera con la lana recién teñida y la pasó por la urdimbre, y el golpe seco del peine sonó en toda la galería.
—Lo vamos a mostrar —dijo—. Con el rombo corrido.
La noche del jueves, en el pabellón del predio ferial, un hombre de Buenos Aires se detuvo frente al poncho colgado de un caño. Pasó los dedos por la lista y preguntó por qué uno de los rombos no estaba donde correspondía.
Lucio, que estaba sentado atrás con un termo, se adelantó antes de que la abuela abriera la boca.
—Ahí se le movió la mano a la que sabe —dijo—. Es la firma.
Gregoria no lo corrigió. Miró el poncho, el marrón de ese día con su fondo de brasa, y el rombo torcido en el centro de la guarda, y por primera vez en cuarenta años no sintió ganas de arreglar nada.
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