La carpa ciento catorce

El sudeste había empezado a las seis de la mañana y a las diez todavía no aflojaba. Beba Lastra bajó por la escalera de piedra de Playa Grande con el manojo de llaves en el bolsillo del piloto y la cabeza gacha, como quien camina contra una puerta. Abajo, el balneario estaba cerrado hasta noviembre. Las carpas rayadas dormían apiladas en los galpones, salvo una fila de veinte que Beba dejaba armada todo el año para ir revisando las lonas, porque la sal las pudre más por guardadas que por usadas.

Hacía treinta y un años que era la carpera del balneario. Sabía distinguir por el ruido si un cierre de bronce iba a aguantar la temporada, y sabía, sin mirar el cuaderno, quién había alquilado cada número. La ciento catorce, la de la punta, tenía dueño. No dueño de verdad, pero era como si lo tuviera: Abel Quiroga, de Lanús, la había pagado adelantada cada enero desde 1984, y desde hacía tres temporadas nadie la había visto ocupada.

Ese jueves de agosto, Abel Quiroga estaba parado frente a la ciento catorce.

Beba lo reconoció de lejos por el sombrero de paño, demasiado serio para la playa. Tenía el cuello del sobretodo levantado y un termo bajo el brazo. Se había quedado quieto, mirando la lona cerrada, que el viento hinchaba y soltaba como un pulmón.

—Señor Quiroga —dijo ella, cuando estuvo cerca—. Estamos en invierno.

—Ya sé, señora. Perdone. Vine en el micro de las seis, desde Constitución.

—Siete horas.

—Siete y diez, por una obra en Dolores.

Beba lo miró de arriba abajo. Tendría ochenta, ochenta y pico. Los zapatos tenían barro de la rambla. Le temblaba apenas la mano que sostenía el termo, y no era de frío.

—Quería sentarme un rato en la carpa —dijo él—. Una hora, nada más. Después me tomo el micro de vuelta. Le pago el día, si hace falta.

—No es temporada. No hay guardavidas, no hay baño, no hay nadie. Con este viento la lona se puede volar.

—Ya sé.

—Y el mar está picado. Si te resbalás en la escalera no hay quien te levante.

—Me siento y no me muevo.

Beba suspiró y el viento le llevó el suspiro. Tenía una regla escrita en la primera hoja del cuaderno, con lapicera azul, en su letra de maestra de grado: fuera de temporada, la carpa es de la carpa. Significaba que en invierno nadie entraba, ni los dueños del balneario ni los parientes de los dueños, ni los que juraban que era para sacar una foto. Las lonas descansaban, y todo lo demás tenía que esperar a noviembre.

—¿Por qué justo hoy? —preguntó, en vez de decir que no.

Abel levantó el termo, como si ahí estuviera la respuesta.

—Hoy hubiera sido el cumpleaños de Nelly. Mi señora. Ella elegía el lugar. Siempre la punta, siempre la ciento catorce, porque desde ahí se ve el pico de la escollera y los lobos cuando suben a tomar sol. Decía que a esa hora los lobos parecen jubilados en una vereda.

—¿Y en enero qué hacía?

—Leía. Una novela por día. Yo me dormía. —Sonrió con media cara—. Cuarenta veranos así. Yo nunca vi el mar de verdad, señora. Mientras estuvo ella, yo lo vi de reojo, antes de dormirme. Hoy lo quiero ver con los ojos abiertos.

Beba no contestó. Sacó el manojo del bolsillo, buscó la llave chica, la de la cadenita verde, y le abrió el candado a la ciento catorce. Corrió el cierre un poco y el viento se metió adentro con un ruido de sábana mojada.

—Pase —dijo—. Y espere.

Volvió al galpón a los tropezones. Del fondo, detrás de las garrafas, sacó dos reposeras de madera con la lona deshilachada y un cajón de pescado dado vuelta que usaba de mesa. Las cargó de a una por la arena dura, con la cabeza agachada. Cuando llegó, Abel seguía de pie, adentro de la carpa, con el sombrero en la mano.

Armó las reposeras mirando al agua. Después enterró un poco las patas de adelante para que no se movieran con el viento, como hacía cuando había clientes difíciles. Acomodó el cajón en el medio.

—Sentate —le dijo, y ahí se dio cuenta de que lo tuteaba—. Yo me quedo un rato, si no te jode. Alguien tiene que sostener la lona.

Abel se sentó. Destapó el termo, que traía el café con leche todavía caliente, y sirvió dos tapitas. Afuera, el mar era un bloque gris con crestas blancas que se rompían lejos de la orilla y volvían a armarse. Más allá, en la punta de la escollera, entre la espuma, se movía algo oscuro.

—Ahí están —dijo Beba—. Tres. Hoy son tres.

—Jubilados —dijo Abel.

—En una vereda —dijo ella.

No hablaron más durante un buen rato. El viento seguía tirando de la lona y Beba, sin darse cuenta, había apoyado la mano en el parante para ayudarla a aguantar. El café le supo a canela. Abel miraba el agua sin pestañear, con los ojos muy abiertos, como si le hubieran prometido que iba a pasar algo y no quisiera perdérselo. A los cuarenta minutos, un lobo grande se zambulló desde las piedras y salió más afuera, con la cabeza lisa y brillante, y miró hacia la carpa como si supiera.

—Mirá vos —murmuró Abel.

A las doce y diez, él cerró el termo con cuidado. Se puso el sombrero y se lo acomodó dos veces. Le tendió la mano a Beba, que se la estrechó con la suya, ancha y áspera, de tanto tirar de cabos.

—¿Cuánto le debo?

—Nada. La ciento catorce está paga hasta el 2029.

—Es verdad. —Abel se rió despacio, con el pecho—. No me acordaba.

Lo acompañó hasta la escalera y lo miró subir, un escalón a la vez, apoyado en la baranda de hierro que la sal había vuelto rugosa. Cuando desapareció arriba, Beba volvió a la carpa y cerró el cierre hasta la mitad. Dejó las dos reposeras armadas, mirando al mar, con el cajón en el medio y las tapitas todavía tibias.

En el cuaderno, esa noche, tachó la regla de la primera hoja con una sola raya. Abajo escribió, con la misma lapicera azul: 114, ocupada. Agosto.

Y la lona, sola en la playa vacía, siguió inflándose y soltándose con el viento, como si adentro todavía hubiera alguien respirando.

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