El grito de las seis menos diez

A las cinco y media, el aire de Rosario todavía olía a pan de panadería y a cemento mojado. Anselmo Giuliani caminaba por Sarmiento con el saco de los domingos, el que le quedaba ancho de hombros desde que lo había comprado, y con una bolsa de tela donde llevaba el termo, un banquito plegable y nada más.

Era el 7 de noviembre, el Día del Canillita. Hacía seis años que no tenía puesto. Lo había cerrado en abril, después de la pandemia, cuando la persiana se le atascó una mañana y se dio cuenta de que ya no valía la pena pelearla.

Frente al edificio del diario, en el 763, esperaba la camioneta de reparto. Un pibe con campera naranja bajaba atados de a dos, los ataba con precinto y los dejaba sobre el cordón.

—¿Cuántos va a llevar, don? —preguntó el pibe sin mirarlo.

—Uno.

—No se vende de a uno.

—Ya sé. Lo pago yo.

El pibe se encogió de hombros, cortó un precinto y sacó un ejemplar del medio del atado, todavía tibio de la rotativa. Anselmo lo sostuvo un segundo con las dos manos. El papel tenía ese olor a tinta que no se parece a nada, algo entre metal y pan quemado. Pagó con un billete que había planchado el día anterior contra el mantel.

Caminó hasta la esquina de Córdoba y Laprida, donde había tenido el puesto durante treinta y un años. Ahora había una cerrajería con la cortina baja y un cajero automático con la luz verde prendida. Armó el banquito sobre la vereda, justo donde antes iba la pila de revistas, y se sentó con el diario sobre las rodillas.

Había prometido hacer esto. No se lo había prometido a nadie vivo. Se lo había dicho a Nilda, su mujer, una tarde en que ella ya no podía levantarse de la cama: que el día que se cumpliera lo del Día del Canillita iba a volver a la esquina, aunque fuera una vez, y que iba a gritar el diario como lo gritaba a los veinte años.

Pasó un colectivo vacío. Pasó una mujer con auriculares, que lo esquivó sin sacarse nada de los oídos. Un hombre de traje salió del cajero con los billetes en la mano y miró el diario de Anselmo como se mira una estampilla.

—¿Eso es de hoy? —preguntó.

—De hoy.

—Pero eso está en el celular.

—Ya sé —dijo Anselmo—. Pero no se lo puede doblar para ponerlo bajo el brazo.

El hombre sonrió con educación y siguió de largo. Anselmo se quedó mirando la tapa. Abrió la boca para pronunciar el nombre del diario y no salió nada, salvo un aire áspero, de garganta vieja. Probó de nuevo. Salió algo parecido a un carraspeo con ganas.

Se acordó de lo que le había enseñado su tío Bartolo, que lo había metido en el oficio a los once años: el grito no se tira desde la boca, se tira desde el piso. Se paró, aflojó las rodillas, apoyó los pies como si fuera a levantar un bolsón, y lo intentó otra vez. Sonó casi como antes, pero a mitad de la palabra se le quebró la voz, y quedó colgado de un agudo ridículo, de gallo.

Del otro lado de la calle alguien se rió. Era un nene, de doce o trece años, con mochila y guardapolvo, parado frente a la parada del colectivo.

—Perdone —dijo el nene, y cruzó sin esperar el semáforo—. No me río de usted. Me río porque mi abuelo hace lo mismo con el mate cuando se le cae la tapa.

—No pasa nada —dijo Anselmo—. Se me rompió.

—¿El grito?

—La voz. Hace años que no la uso para esto.

El nene miró el diario, después la esquina vacía, después otra vez el diario.

—¿Usted vendía acá?

—Treinta y un años.

—¿Y gritaba así?

—Así, pero mejor.

El nene se sacó la mochila y la apoyó en el suelo. Tenía las zapatillas atadas con doble moño.

—Yo me llamo Thiago. Yo grito bien fuerte en la cancha. ¿Me enseña?

Anselmo lo miró un rato largo. Pasó un camión de reparto de gaseosas, haciendo temblar las baldosas flojas.

—Pará las piernas separadas. Así. Las rodillas blandas. No grites con la boca, gritá con la panza, como si tuvieras que mover algo pesado.

Thiago gritó. Le salió un chillido de pájaro asustado, y un perro dormido al fondo de la cuadra levantó la cabeza.

—Más abajo —dijo Anselmo—. Y con ganas, pero sin enojo.

El segundo le salió mejor. El tercero, bastante mejor. Una mujer que abría una verdulería a media cuadra se asomó con el cajón en los brazos. Anselmo levantó el diario por encima de la cabeza, con el brazo estirado, igual que lo hacía en el setenta y cuatro, cuando la esquina era una fila de gente con monedas en la mano.

—Ahora los dos —dijo.

Contó hasta tres con los dedos. Respiró desde el piso, desde los zapatos, desde el banquito donde se había sentado Nilda las tardes en que lo iba a visitar con un sándwich de miga, y gritó. Esta vez no se le quebró.

La voz del nene se le metió abajo, más aguda, más torpe, pero pareja, y las dos subieron por Córdoba como una sola, pasaron las persianas bajas, el cajero verde, el balcón donde alguien abrió una ventana y asomó medio cuerpo en pijama.

La mujer de la verdulería dejó el cajón en la vereda, caminó hasta la esquina con la cartera en una mano, y sacó unas monedas.

—Dame uno —dijo.

Anselmo miró el diario que tenía en la mano, el único que había comprado, todavía tibio. No lo vendió enseguida. Lo dobló en cuatro, como se hacía para que entrara bajo el brazo, y se lo puso en la mano a ella.

—Se lo regalo —dijo—. Ya está pagado.

Y le dio la espalda a Thiago, que ya estaba tomando aire de nuevo, para que el nene no lo viera secarse la cara con la manga del saco.

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