A las cinco y cuarto de la mañana el taller de El Maitén todavía olía al fuel oil de ayer y a yerba mojada. Gladis Quilodrán prendió la luz del torno, se calzó los anteojos de acrílico y puso sobre el banco un taco de acero del largo de su antebrazo. Afuera el viento del oeste sacudía la chapa del techo con ese ruido de tambor flojo que a ella, a los diecinueve años, le seguía pareciendo una amenaza.
El jueves, en la maniobra de la tarde, se había cortado el pasador del enganche entre la Henschel y el ténder. No pasó nada grave, solo un tirón y un golpe seco, pero el sábado era la Fiesta Nacional del Tren a Vapor, y para el sábado había diez mil personas anunciadas y una locomotora que no podía arrastrar ni su propio carbón.
—Hacelo vos —había dicho don Aníbal Currumil, sin mirarla, mientras se limpiaba las manos con estopa—. Es hora de que hagas uno de verdad.
Ese pasador no se compraba en ninguna parte. Hacía décadas que nadie fabricaba repuestos para una máquina de 1922 que corría sobre una trocha de setenta y cinco centímetros. En El Maitén las piezas se hacían a mano, con el plano doblado en cuatro que colgaba de un clavo y con el ojo de quienes ya no estaban.
Gladis trabajó toda la mañana. Desbastó, midió, volvió a medir. Tomó mate sin soltar el calibre. A las diez, don Aníbal se acercó con su paso de rodilla mala, agarró el pasador y lo giró contra la luz de la ventana. Lo pasó por el agujero del enganche viejo, que estaba sobre el banco con el resto de la barra.
—Entra justo —dijo.
—Bien, ¿no?
—No. Justo es lo que no sirve. —Le devolvió la pieza—. Cuando la máquina trabaja, el hierro se calienta y se agranda. Si entra justo en frío, el sábado a las tres de la tarde, con el sol pegando en el ténder, se traba. Y si se traba, se corta. Tiene que quedar suelto lo que cabe en una hoja de cuaderno.
—Eso no está en el plano.
—No está en ningún plano. —Don Aníbal se encogió de hombros—. Eso lo aprendés cuando se te rompe uno.
Gladis sintió que la cara se le ponía caliente. Volvió al torno. Rebajó dos centésimas, probó, rebajó otras dos. Lo hizo tres veces más, con el viento golpeando afuera y el eco de la lima en la nave vacía. Los viejos tornos de transmisión por correa, que ya nadie usaba, la miraban desde el fondo como una platea.
A la una de la tarde el pasador giraba en el agujero con un jugo apenas visible, una sombra de aire. Don Aníbal lo probó con el dedo, lo probó con una hoja de cuaderno de cuadros que le prestó ella misma, y asintió una sola vez.
—Sirve. Falta la marca.
Gladis levantó la vista. Sabía de la marca, claro. Toda pieza que salía del taller llevaba las iniciales de quien la había hecho, estampadas con punzón en un lugar que no se viera. Pero eso era para los oficiales, los que habían cumplido los cinco años, los que podían decir esto lo hice yo sin que nadie levantara una ceja.
—Yo todavía no…
—Es un decir —la cortó el viejo—. Antes de que la pongas, sacá el pasador roto del enganche. Está trabado en la barra, hay que golpearlo desde adentro. Y fijate bien debajo de la cabeza.
Ella no entendió, pero agarró el botador y el martillo de bronce y se metió bajo la barra, de rodillas sobre el piso frío, con la linterna entre los dientes. Golpeó. Una, dos, siete veces. El pedazo salió de golpe y le cayó en la mano, negro y pesado como una piedra de río.
Se sentó sobre los talones y lo dio vuelta. Bajo la cabeza, donde el metal nunca había visto la luz, alguien había marcado a punzón dos letras y un número chiquito: R. A. 51. Las letras estaban parejas, hundidas con un solo golpe limpio. Las había hecho una mano que sabía lo que hacía y que, probablemente, también había tenido diecinueve años alguna vez.
—¿Quién era R. A.? —preguntó, todavía de rodillas.
—Ramón Aravena. Entró en el cuarenta y siete. —Don Aníbal se apoyó en el torno—. Murió cuando yo era pibe. Lo conocí de nombre y de este pasador. Cada ocho años la máquina viene a desarme completo, y cada ocho años alguno abre esto y se lo encuentra. Yo lo encontré dos veces. Este era el tercero.
—¿Y por qué no me avisó antes?
—Porque nadie me avisó a mí. —Sonrió de costado—. Te toca ahora.
Gladis volvió al banco. Sacó el punzón de las iniciales de la caja, uno de esos que tenían el mango pulido por tantas palmas. Apoyó el pasador nuevo de costado sobre el yunque, justo debajo de la cabeza, a un dedo de donde ella imaginaba que podía haber estado la otra marca. Le temblaba un poco la mano. Después de un rato de mirar, dejó el punzón.
—Don Aníbal. ¿Puedo ponerle el año?
—Ponele lo que quieras. Es tu pieza.
Respiró hondo. Un golpe seco, parejo: la G. Otro, la Q. Después las dos cifras del año, con el aliento contenido, hasta que el metal brilló un segundo bajo la luz. No eran perfectas, pero las letras habían quedado hundidas, y sobre todo habían quedado abajo, en un lugar donde nadie iba a verlas en mucho tiempo.
El sábado, a las tres de la tarde, con el sol pegando en el ténder y el humo subiendo recto hasta que lo agarró el viento, la Henschel resopló, soltó vapor por los costados y arrancó con un tirón largo que hizo gritar a los chicos de la plataforma. Gladis lo vio desde la puerta del taller, con un mate frío en la mano. El pasador trabajaba suelto lo que cabe en una hoja de cuaderno, y en ocho años alguien iba a abrir el enganche, a darlo vuelta bajo la linterna y a leer sus iniciales sin saber nada más de ella.
Ya había decidido dejar lugar para una tercera marca, al lado, cuando le tocara a otro.
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