Aníbal Rossi se levantó a las cuatro, antes que el gallo del vecino y antes que el silbato de la cantera, que ese viernes no iba a sonar. Nadie había dado la orden. Era el primero de marzo de 1912 y en Tandil el trabajo se había parado solo, como se para un reloj.
Calentó el café del día anterior en la chapa de la cocina y se lo tomó de pie. Del colgador sacó la campera de barrenero, dura de polvo de granito, y la dejó donde estaba. Eligió el saco de los domingos. Si lo veían subir, que pareciera un hombre que iba a mirar, como todos, y no uno que iba a buscar.
—¿Vas al cerro? —dijo Lucía desde la puerta del cuarto. Tenía nueve años y el pelo parado de un lado.
—Voy a ver cómo quedó.
—Voy con vos.
—Es temprano. Hay que caminar mucho.
—Yo sé dónde la pusimos —dijo ella—. Vos te acordás para el otro lado.
Tenía razón. Aníbal se había equivocado de lado todo el verano, y ella lo corregía cada domingo sin levantar la voz. Le alcanzó el abrigo.
Salieron por la calle de tierra con el cielo todavía color ceniza. Olía a humo de leña y a pasto mojado. Desde las últimas casas se veía la sierra, y en lo alto, donde durante toda la vida de Aníbal había habido una mole redonda recortada contra el cielo, había ahora un hueco. Lo miraba desde la tarde anterior y todavía no se acostumbraba. Era como mirar la boca de alguien al que le falta un diente de adelante.
—Papá, ¿es verdad que la tiraron los canteristas?
—Quién te dijo eso.
—Don Bastida, en la panadería. Y también dijo que la tiraron los turistas.
—Nadie sabe —dijo Aníbal—. Cayó de tarde, entre las cinco y las seis, y no había nadie mirando.
No agregó que él había pasado esa tarde a cuatro cuadras de la sierra, cargando un barreno en la cantera, y que había sentido en el pecho esa vibración sorda que ya no notaba de tanto sentirla. No agregó que desde anoche, en el boliche de la esquina, había oído más de una vez la palabra “barrenos” dicha en voz baja y mirando para su lado. Él había hecho agujeros en la piedra durante diecinueve años. No sabía si eso alcanzaba para que lo culparan, pero no quería averiguarlo delante de un comisario.
Por eso la botella.
La costumbre venía de su padre. Cada domingo de verano, los canteristas con familia subían con el almuerzo en un repasador y las chicas con moño, y alguien siempre ponía una botella de vidrio bajo el borde de la piedra. Se iban a la sombra, comían, y a la tarde volvían a mirar cómo la Movediza, con su vaivén que el ojo no veía, había aplastado el vidrio sin apuro. Era como una firma. Aníbal y Lucía habían puesto la suya el domingo anterior, una botella de ginebra vacía con un papelito adentro. Lucía había escrito en el papel su nombre y la fecha, con la lengua afuera de la concentración. Si la botella estaba entera, nadie tenía por qué enterarse. Y si estaba hecha pedazos, tampoco, pero Aníbal no quería que la encontrara un forastero, ni peor, un policía que entendiera lo del papelito.
Era una idea chica y bastante tonta. Aun así, la llevaba pegada al esternón desde la noche.
A mitad del camino empezaron a cruzarse con gente. Familias enteras bajaban en silencio, con la cara de quien vuelve de un velorio. Una mujer llevaba en la mano un pedazo de granito del tamaño de un huevo y lo miraba como si pudiera abrirse. Un hombre de bigote, con ropa de ciudad, hablaba de resonancias y de oscilaciones con otro que asentía sin entender. Aníbal bajó la cabeza y siguió subiendo con la mano de Lucía agarrada a la suya.
Arriba el aire era frío y limpio. La roca madre estaba ahí, clara, un poco gastada en el sitio exacto donde había descansado la piedra durante siglos. Más abajo, en el fondo del precipicio, yacían los tres pedazos enormes. Aníbal los miró y sintió que le fallaban las rodillas, no por miedo, sino por una pena tonta, de chico. Él había dado mil golpes de maza en granito, pero a esa piedra nunca se la había tocado.
—Es por acá —dijo Lucía, y tiró de él unos metros hacia la izquierda.
No, pensó Aníbal. Es por el otro lado. Pero se calló.
Ella se agachó entre dos matas de paja brava, apartó unas ramas secas con las dos manos y se quedó quieta.
—Papá.
La botella estaba ahí, de costado, caída del borde. Entera. El vidrio verde oscuro brillaba con el rocío, y adentro, intacto, estaba el papelito doblado en cuatro. La piedra no había llegado a aplastarla. Se había ido antes, el jueves, un poco antes de la hora de hacerlo.
Aníbal se arrodilló y la levantó con las dos manos. Pesaba lo mismo de siempre. Lucía le sacó el corcho con los dientes, sacó el papel y lo abrió.
—”Lucía Rossi, 25 de febrero” —leyó—. Está bien escrito.
—Está muy bien escrito.
—¿Y ahora qué hacemos?
Aníbal miró el hueco en la roca, donde la piedra ya no estaba. Pensó en el hombre de las resonancias, en Bastida, en el boliche, en los barrenos. Pensó que alguien tendría que decir algo cierto sobre todo esto y que no iba a ser él, ni esta mañana.
—Ahora la dejamos —dijo.
Caminó hasta la roca limpia, el lugar exacto donde cada domingo habían puesto la botella, y la apoyó parada sobre el granito, con el papel adentro y el corcho flojo. Quedó chiquita bajo el cielo enorme. El viento le sacó una nota baja, como un silbido de cantera.
Lucía se sacó el abrigo, lo extendió en el piso y se sentó a su lado, de cara al valle.
—Ahora sí aplasta —dijo, muy seria, mirando la botella—. ¿Esperamos?
Aníbal se sentó. Desde abajo subía el humo de las primeras chimeneas de Tandil.
—Esperamos —dijo.
Leave a Reply