El palo de don Cándido

Telmo Barreto arrancó el Mercedes 1114 a las cuatro y veinte, con la ventanilla baja para que el frío le terminara de despertar el cuello. Era mayo en Leandro N. Alem y la picada de tierra colorada brillaba de la lluvia de toda la noche. Del lado de la cabina, en el piso, iba el termo con el mate cebado por Ramona. Atrás, sobre la caja, se acomodaban los tareferos con las tijeras envueltas en trapo.

Esa mañana eran once. Telmo los conocía por la forma de subir: Marilú, de diecisiete, de un salto; los hermanos Acuña, empujándose; y don Cándido Ayala, el último, que se agarraba de la baranda con las dos manos y subía como quien entra a una iglesia.

—¿Llueve de nuevo, Telmo? —gritó Marilú desde arriba.

—Hoy no. Pero el Chico viene crecido.

El Chico era un arroyo que en los mapas no tenía nombre y en la zona se llamaba así. Cruzaba el camino a la altura del yerbal de los Ostrowski, y el paso era un lecho de piedras que Telmo había pisado con el camión mil veces. Con el agua baja, ni se notaba. Con el agua alta, había que pensarlo.

Cosecharon hasta las dos de la tarde. Telmo ayudó a pesar: cada ponchada se ataba por las cuatro puntas hasta formar un raído, y cada raído, unos cien kilos de hoja verde, subía al camión entre resoplidos. Treinta y ocho raídos. Telmo los contó dos veces. La hoja tenía que llegar al secadero y pasar por el fuego antes de las veinticuatro horas de cortada, y la última carga del día la cortaban recién esa tarde, con la luz que quedaba. No había margen para pensar en otra cosa.

Tampoco había margen para lo otro. Esa era la última tarde de Norma Szymczak en el zapecador del secadero. Después de treinta y un años cuidando la llama, se jubilaba. Había avisado que apagaba el horno a las siete, pasara lo que pasara, y que la hoja que llegara después se iba a quedar para el turno del pibe nuevo. Telmo no le había dicho a nadie que quería que la última hoja de Norma fuera de su camión. Se lo había guardado, como se guarda un mate lavado.

A las cuatro y media, con el camión cargado hasta el techo de la baranda, llegaron al Chico. El agua pasaba marrón y rápida, a la altura del cubo de las ruedas, con ramas girando en la corriente. Telmo frenó, apagó el motor y bajó. Se quedó mirando.

—Por Santa Rita son veintidós kilómetros —dijo uno de los Acuña—. Llegamos a las ocho.

—Llegamos a las ocho —repitió Telmo.

Marilú bajó de la caja y se paró a su lado, con el pañuelo todavía atado en la frente. Nadie habló. Se escuchaba el agua y, más lejos, una chicharra que no sabía que era tarde.

Fue don Cándido el que se movió. Bajó despacio, se sacó las botas, se arremangó el pantalón hasta las rodillas y se metió en el arroyo con un palo de lapacho que sacó de la caja. Telmo gritó que no, que se lo llevaba la corriente. Don Cándido no se dio vuelta.

—Mi padre puso estas piedras —dijo, sin gritar, tanteando con el palo—. Antes de que existiera el camión. Tienen un orden. Una, dos grandes, la chica, el escalón.

Avanzó hasta la mitad con el agua a los muslos, y clavó el palo en el medio del cauce. Después miró a Telmo y levantó la mano, con la palma abierta.

—Entrá cuando yo te diga. Y no te muevas del palo.

Telmo subió a la cabina. Le temblaban las manos sobre el volante, y tuvo ganas de tomar mate, aunque ya estaba frío. Metió primera. Despacio, el Mercedes entró al agua, y la corriente le pegó en el costado como una mano grande. Por la ventanilla vio el palo, y detrás del palo la cara de don Cándido, que le marcaba con los dedos: más a la izquierda, más, ahora derecho, ahora esperá.

Dos veces las ruedas patinaron. Una vez, atrás, alguien gritó. Pero el palo no se movió, y el camión siguió el palo como se sigue una voz conocida en la oscuridad. Cuando las ruedas delanteras mordieron la orilla de enfrente, Telmo sintió que el motor respiraba de nuevo.

A las seis y cuarenta entraron al secadero con las luces prendidas. Norma estaba junto al zapecador, con el delantal de cuero y la cara colorada del fuego, mirando el reloj de pared. Vio el camión y no dijo nada. Hizo una seña a los muchachos de la cinta, y los raídos empezaron a bajar uno por uno.

El primero entró al cilindro y la llama lo agarró. Y entonces sonó aquello que Telmo conocía de memoria y nunca había escuchado de verdad: un crepitar parejo, miles de hojas abriéndose al mismo tiempo, como una lluvia de granizo sobre chapa, pero al revés, desde adentro.

—Sa-peca —dijo don Cándido, que se había quedado atrás, descalzo y empapado hasta la cintura, con el palo todavía en la mano—. Ojo que se abre. Así dicen los viejos.

Norma no se rio, pero algo se le aflojó en los hombros. Metió la mano en el delantal, sacó un puñado de hoja recién zapecada y se lo ofreció a Telmo, tibio, verde, con olor a humo dulce.

Telmo lo agarró con las dos manos. Afuera ya era de noche, y el último raído seguía sonando adentro del fuego.

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