La caja estaba colgada del clavo desde el jueves, y Casiano Vilte la miraba desde la cama como se mira a un perro que sabe que lo van a sacar y se hace el distraído.
Era sábado, el sábado anterior al Miércoles de Ceniza, y por la ventana de la pieza entraba el olor a humo de leña y a albahaca machacada. En la calle Buenos Aires de Humahuaca ya pasaban los primeros, con las serpentinas enroscadas al cuello y las bolsas de papel picado. Se oía un petardo suelto, lejos, hacia el cerro.
Se sentó. Le crujieron las dos rodillas, una después de la otra, como puertas. Tosió para probar la voz y la voz salió finita, con un hilo de aire adentro.
—Así no vas a cantar ni el cumpleaños —dijo en voz alta, y se rió solo.
Hacía un año, en esa misma mañana, su compadre Ceferino Mamaní había cantado en el mojón una copla que terminaba mal a propósito. Era su manera de provocar: dejaba el último verso colgado para que el otro lo completara, y el otro, que siempre era Casiano, lo completaba. Cuarenta carnavales de eso. Pero el año pasado Casiano llegó tarde, con el camión de la verdura descompuesto en Tilcara, y Ceferino cantó la copla a medias frente a todos, esperó, miró para el camino y se encogió de hombros. En octubre se murió.
La copla quedó debiendo.
Casiano la sabía de memoria. La había repetido todo el año mientras pelaba papas, mientras esperaba el colectivo, mientras Marta le decía que comiera. Decía:
Yo tenía una vicuña / que se me fue para el cerro,
y la busqué con la luna / y la busqué con el perro…
Y ahí se cortaba. Casiano probaba un verso y otro. Ninguno cerraba. Rimaba con perro, claro, pero rimar no alcanzaba. Ceferino jamás había dejado una copla que alcanzara con rimar.
Se vistió despacio. Se puso el sombrero negro, el poncho de lana gruesa y, en el ojal, una ramita de albahaca que Marta le prendió sin preguntar. Después bajó la caja del clavo. El parche estaba tenso y fresco, y al rozarlo con el nudillo hizo un ruido hondo, de adentro de la tierra.
—Vamos, entonces —le dijo.
La cuadrilla se juntaba al pie del cerro, del lado del río seco. Subieron en silencio, como se sube al mojón: los músicos con los instrumentos en la mano y los demás con los disfraces bajo el brazo. En la pirca de piedras ya había un botellón de chicha y una bolsita de coca abierta sobre una piedra plana. Abrieron el hueco con las manos. Cuando apareció la olla de barro enterrada el año anterior, alguien dejó escapar un suspiro largo y empezó la corpachada. Cigarrillos, vino, serpentina, un puñado de harina, el cerro con la boca abierta tragándoselo todo.
Casiano se paró detrás, con la caja contra la cadera. Esperó el momento. Siempre había un momento, cuando la gente se aflojaba y alguien pedía la copla.
—Don Casiano —dijo una voz, y una mano le tironeó el poncho.
Era Yamila, la nieta de Marta, ocho años, con la cara ya manchada de talco y un diablito de trapo en la mano.
—¿Qué tenés?
—Mi abuela dice que usted tiene algo que cantar.
—Tu abuela habla de más.
—¿Es la de la vicuña?
Casiano la miró. La chica le sostuvo la mirada con la seriedad de quien ya hizo un cálculo.
—¿Cómo sabés vos de la vicuña?
—Usted la canta bajito en la cocina. Siempre se queda en el perro. Yo le tengo la respuesta, pero no se la quería decir porque se enoja.
—No me enojo.
—Sí se enoja. Cuando dijo lo de la luna se enojó con el mate.
Alguien pidió la copla. Las caras se dieron vuelta hacia el viejo. Casiano sintió que la garganta se le cerraba como un puño.
—Decime rápido —murmuró.
Yamila se paró en puntas de pie y se lo dijo al oído, con el aliento caliente de chicha de maní que le habían dado en la plaza. Casiano escuchó. Se quedó quieto. Después soltó una risa corta, de tos, que le sacudió el poncho.
—Pero esto no se puede cantar —dijo.
—Ceferino lo cantaba así.
—Ceferino se murió.
—Por eso —dijo la chica, y se encogió de hombros igual que el muerto, igualito, con la misma mueca—. Alguien tiene que contestarle.
Casiano levantó la caja. Le dio el primer golpe con el palillo, grave, y el segundo, y la gente se calló, porque el ritmo del coplero viejo se conocía a ciegas. Abrió la boca. La voz salió rota, finita, tironeada, pero salió, y lo que cantó fue esto:
Yo tenía una vicuña / que se me fue para el cerro,
y la busqué con la luna / y la busqué con el perro,
y la encontré cuando dejé / de buscarla, compadre Ceferino:
estaba esperando conmigo / en el mismo camino.
Nadie dijo nada. Se oyó el río seco, que no tenía agua pero tenía viento. Alguien se secó la cara con la manga. Alguien más tiró un puñado de papel picado, flojo, casi con vergüenza, y lo agarró una ráfaga y lo llevó cerro arriba, y ese fue el permiso: los bombos empezaron todos a la vez, y un diablito con la máscara de espejos soltó un petardo que hizo ladrar a medio pueblo.
Casiano bajó la caja. Tenía la mano temblando y no sabía si era la edad o el resto.
—Ni rima —dijo.
—Ni falta que le hace —dijo Yamila, ya corriendo detrás del diablito.
Cuando bajaron al pueblo con el muñeco en alto, Casiano iba último, golpeando la caja a su paso. Sobre la piedra del mojón, junto a la olla, quedó el vasito de chicha que alguien había servido de más. El viento lo fue vaciando de a poco, y hasta la tarde nadie se animó a levantarlo.
Leave a Reply