El ojo que faltaba

Rómulo Sanabria llegó al galpón del club a las cuatro de la tarde del tres de enero, con el pan de miga en una bolsa y la cola vinílica todavía pegada en los nudillos de anoche. Faltaban cuatro horas para que la primera carroza saliera hacia el corsódromo, y la tercera, la del yaguareté, tenía un solo ojo.

Estaba en lo alto de la estructura, a seis metros del piso, con la cabeza de telgopor ya recubierta de papel madera y pintada de ocre y negro. El ojo izquierdo, de vidrio ámbar, brillaba bajo los tubos de luz. En el derecho había un hueco redondo, como una boca abierta que no decía nada.

—¿Y el ojo, Rómulo? —gritó desde abajo Mabel, la que cosía los trajes, con la boca llena de alfileres.

—Viene —dijo él, y no era cierto.

Treinta y un años pegando papel. Empezó de pibe, llevando baldes de engrudo, y aprendió el oficio de Don Aquiles, que decía que una carroza se hace con paciencia y con vinílica, en ese orden. Había empapelado leones, dragones, un Quijote entero. Pero los ojos siempre los hacía Delia, su mujer. Los pintaba al final, con un pincel finito de pelo de marta que guardaba en una lata de Terrabusi, y recién cuando terminaba cada animal parecía mirar a alguien.

Delia se había ido en marzo. Rómulo pasó el invierno sin tocar el galpón, y en octubre el director lo fue a buscar a la casa. “La carroza es tuya, Romu. Los ojos los resolvemos”. Los habían resuelto con un ojo y un hueco.

Subió por la escalera de aluminio con la lata. Adentro estaban los pinceles, un tubito de pintura dorada que se había secado y la receta de Delia, escrita a lápiz en el dorso de una factura de la ferretería: “Ámbar base. Rayita negra vertical, una sola. Brillo con una gotita de barniz, no más”.

Eso era todo. No decía cómo se hacía que una rayita negra pareciera una mirada.

Le temblaba la mano. Probó en un trozo de cartón y le salió un bicho muerto. Probó otra vez y le salió peor. Abajo, los bailarines empezaban a llegar, con los tocados en bolsas gigantes, y el galpón se llenaba de olor a laca, a café quemado y a cola. Alguien puso la batucada en un parlante y el piso empezó a vibrar.

—Tío, ¿lo ayudo? —preguntó un chico de unos doce años, Ezequiel, el sobrino de Mabel, que andaba por ahí con una gaseosa—. Yo hago dibujos.

—Esto no se dibuja —dijo Rómulo—. Esto se mira.

Pero lo dejó subir un escalón. El chico se quedó callado un rato, mirando el ojo bueno, y después dijo algo que Rómulo no esperaba:

—Ese mira para allá. Para donde va a salir la carroza. ¿El otro tiene que mirar para el mismo lado, no?

Rómulo se quedó quieto. Era eso. Delia nunca lo había escrito porque nunca lo había pensado: ella pintaba el ojo desde el costado del animal, parada junto a la cara, y la rayita negra siempre acompañaba la línea del hocico, hacia adelante, hacia la pista. Los ojos no miraban a la gente. Miraban adonde iba el animal.

Se limpió las manos en el pantalón. Mojó el pincel de marta en el ámbar, rellenó el hueco con una sola pasada, esperó. Contó hasta veinte como hacía ella. Después tomó el negro con la punta de las cerdas, casi sin pintura, y trazó la raya vertical siguiendo el filo del hocico, una sola vez, sin retocar.

Quedó chueca. Un pelito chueca, hacia arriba, como si el yaguareté hubiera oído algo entre los pastizales.

Le puso la gotita de barniz. Una, no más.

Bajó de a poco. Desde el piso, con la distancia justa, la cabeza completa lo miró de costado y después miró hacia el portón. Mabel dejó de coser. Ezequiel, con la botella a medio camino de la boca, dijo bajito: “Está vivo”.

—Está torcido —dijo Rómulo, y se le quebró la voz.

—Por eso —dijo Mabel, y le tocó el brazo.

A las ocho menos diez abrieron el portón y la noche entró al galpón con olor a pasto recién cortado y a pochoclo. Los muchachos engancharon la carroza al tractor, despacio, y el yaguareté salió con su ojo ámbar y su ojo ámbar, uno de Rómulo y uno de Delia, mirando hacia adelante, hacia la pista iluminada del otro lado de la calle.

Rómulo caminó al lado de la rueda gigante hasta el final de la cuadra. Después se quedó parado en la vereda, con la lata de Terrabusi bajo el brazo, viendo cómo la cabeza se perdía entre los reflectores. Le pareció que, de lejos, la rayita ya no estaba chueca. Le pareció que apuntaba justo adonde tenía que apuntar.

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