La nasa diecisiete

El despertador sonó a las cuatro y Bruno ya estaba sentado en la cocina, con las botas puestas y el mate cebado sin apuro. Afuera el viento del oeste le sacudía la chapa del galpón. Era 31 de octubre. A la medianoche empezaba la veda del centollón y las nasas tenían que estar todas arriba, contadas y lavadas.

Todas menos una, pensó, y se tomó el mate hasta el fondo.

Bajó al muelle con el termo bajo el brazo. La lancha, doce metros de casco que había comprado a medias con un cuñado, olía a gasoil y a algas viejas. Mauro, el ayudante, ya la tenía lista y miraba el cielo sobre el Monte Olivia, donde las nubes venían bajas y grises, apoyadas en la nieve que todavía quedaba arriba.

—¿Cuántas faltan? —preguntó Mauro, sin levantar la vista de la planilla.

—Cuarenta y una en la línea de afuera. Y la diecisiete.

—La diecisiete no está en la planilla.

—Ya sé que no está.

Mauro no insistió. Soltó las amarras y la lancha se separó del muelle con ese quejido de goma contra madera que Bruno conocía mejor que su propio apellido.

Salieron por el canal con el agua negra y quieta, pesada de frío. Las gaviotas los siguieron un rato y después se aburrieron. Bruno gobernaba con una mano y con la otra sostenía el termo, y pensaba en la diecisiete, que no era una trampa cualquiera.

La había armado su padre en el invierno del noventa y tantos, en el fondo de una casa de la calle Maipú, con aro de hierro, red de nudos hechos a mano y una boca de embudo que le llevó tres noches de maldecir. Tenía el número pintado con minio en una tablita clavada al aro. Nunca había tenido marbete. Cuando salieron las reglas nuevas, con la malla mínima de ciento treinta milímetros entre nudos para el centollón, la red de su padre quedó chica. No servía. Bruno la guardó en el galpón colgada de un clavo y compró nasas nuevas, habilitadas, con su marbete de plástico atado a cada una.

Hasta el mes pasado. Un domingo de septiembre, dando una vuelta con Mauro, la había calado en el último cabo de la línea, un poco por capricho y otro poco por vergüenza de haberla dejado tanto tiempo colgada. La tiró afuera de la planilla, a treinta metros de la boya naranja de la cuarenta y dos. Después vino una semana de temporal y no volvió a pasar por ahí.

Ahora las nasas legales subían una detrás de otra. El guinche chillaba, el cabo chorreaba agua helada sobre la cubierta y las jaulas aparecían llenas de espuma, de piedras, de centollones de caparazón espinoso que Mauro iba midiendo con la regla y tirando a un cajón o devolviendo al agua. Bruno trabajaba callado. A las diez y media llevaban treinta y nueve nasas arriba y dos cajones llenos.

—Faltan dos de la línea —dijo Mauro— y después volvemos. Prefectura nos espera con la carga a bordo antes de amarrar, no podemos llegar tarde.

—Lo sé.

—Bruno. ¿Y la diecisiete?

Bruno miró el agua. Ahí, treinta metros al sudeste de la cuarenta y dos, había un puntito blanco que se movía con la ola. No era naranja. Era una boya de telgopor sin pintar, atada con piola gastada.

—Ahí está —dijo.

Maniobró despacio. Con el bichero enganchó la piola y la pasó por la roldana. El guinche gimió más que con las otras. Mauro se acercó, sin decir nada, y los dos esperaron mirando el cabo subir, tenso, empapado, oscuro de tanto fondo.

La nasa salió del agua con un golpe de espuma. El aro de hierro estaba cubierto de una costra de mejillones chiquitos y la red se había puesto verde y blanda. La tablita con el número aguantaba, medio comida, con el 17 todavía legible en minio. Adentro había una sola cosa. Un centollón del tamaño de una palma, con las patas dobladas, quieto.

—Es chico —dijo Mauro.

—Es chico —repitió Bruno.

Lo levantó con las dos manos. El bicho abrió una pinza, despacio, como si recién entendiera dónde estaba, y Bruno lo dejó caer por la borda sin ceremonia. Se hundió en un segundo.

Después se quedó parado un rato con la nasa de su padre sobre las rodillas, probando con el dedo los nudos. Estaban firmes. Todavía estaban firmes, después de tantos inviernos y tantas semanas de temporal. Los hilos de abajo, los del fondo, estaban doblados de otra manera, con una vuelta de más que su padre le había enseñado una sola vez, mirando para otro lado.

—Esa no pasa la inspección —dijo Mauro con cuidado.

—No. No pasa.

—¿Entonces para qué la subimos?

Bruno no contestó. Puso el termo sobre la tapa del cajón, sirvió dos mates y le pasó uno. El viento había bajado un poco. Hacia el este, por entre dos nubes, se abrió una grieta de luz fría sobre el canal y el agua se puso de un verde que duraba poco.

A las dos y cuarto entraron al muelle, con la carga a bordo, como mandaba la norma. La inspectora los esperaba con la tablilla en la mano y el gorro bien calado por el viento. Revisó los cajones, midió tres bichos al azar, contó las nasas apiladas en cubierta. Al llegar a la última se detuvo.

—Esta no tiene marbete —dijo.

—Es de mi viejo. Quedó fuera de norma hace años. La subí para retirarla.

Ella miró la malla, la tablita, a Bruno. Anotó algo y arrancó la hoja.

—Queda decomisada para destrucción. Es el procedimiento. —Hizo una pausa y agregó, sin levantar la vista—: Los cabos y la boya no son parte de la nasa. Eso es suyo.

Bruno asintió. Con el cuchillo cortó la piola donde estaba atada al aro, soltó la boya de telgopor y la tablita del número, y los puso sobre el cajón vacío. La nasa se la llevaron en una carretilla, con el verde del fondo goteando sobre el cemento del muelle.

Esa noche, en la cocina, Bruno clavó la tablita en la pared, arriba de la mesa, entre el almanaque del puerto y la foto de la lancha nueva. El 17 en minio, comido por el agua, quedó torcido un poco hacia la izquierda. Se tomó un mate lavado, mirando la tablita, mientras en la calle empezaba otra vez el viento.

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