La cubierta de arriba

Casilda Ayala sacó la última tanda del tatakuá a las cuatro y media de la mañana, cuando en Encarnación todavía ladraban los perros de toda la cuadra. Las chipas salieron doradas y con ese olor a anís y a queso que se le pegaba a la ropa hasta el jueves. Las acomodó en el canasto, tapó todo con el paño de cuadros y se echó el bulto a la cadera, como hacía desde hacía treinta años.

Ese jueves 8 de marzo de 1990 no era un día como los otros, aunque nadie en el muelle lo sabía todavía. Se hablaba del puente, claro. Hacía meses que se hablaba del puente. Pero se hablaba como se habla del invierno en febrero.

—Doña Casilda, buen día —dijo Quirino, el marinero, ayudándola a subir la planchada—. Cuidado el escalón.

—Mba’éichapa, Quirino. Ese escalón me conoce más que vos.

Se sentó donde siempre, en la cubierta de abajo, junto a la caja del motor, que mantenía calientes las chipas durante el cruce. Alrededor se fueron acomodando las otras: la que traía mandioca, la de las gallinas, el hombre con las dos damajuanas de caña. El ferry, que había venido de Escocia hacía tantos años que ya hablaba guaraní de tanto escucharlo, soltó un bufido largo, se separó del muelle y empezó a cruzar el Paraná.

Casilda vendió en Posadas hasta las once. En la costanera, junto a la rampa, los changadores le compraban de a tres y los de la aduana de a media docena, sin que nadie pronunciara la palabra «coima» ni la palabra «regalo». A las doce le quedaban dieciséis chipas, la espalda dura y una idea que le daba vueltas desde que había subido a la planchada esa mañana.

Arriba. Nunca había subido.

La cubierta de primera tenía bancos de madera barnizada, barandas pintadas de blanco y un toldo, y desde abajo se veía a los pasajeros apoyados en la baranda, mirando el río como si lo hubieran comprado. Treinta años mirando esos zapatos desde el piso de abajo. En la boletería, ese día, el pasaje de primera costaba lo que ella ganaba con catorce chipas.

Fue hasta la ventanilla a las tres de la tarde, con el canasto, y Venancio Ríos, que cortaba boletos desde antes de que ella tuviera canas, levantó la vista.

—Casilda. ¿Qué se le perdió?

—Un boleto para la de arriba. Ida y vuelta.

—¿Usted? —Venancio se rascó la nuca—. Si usted viaja abajo desde que yo tengo bigote.

—Y por eso mismo.

Él no preguntó más. Hizo la cuenta en voz baja, movió los labios y dijo el número. Casilda abrió el monedero y contó lo que había hecho en toda la mañana, billete por billete, hasta que le faltó una parte.

—Me faltan unas chipas —dijo.

—Entonces se las cambio —dijo Venancio, y señaló el canasto con el mentón—. Cuántas quedan.

—Dieciséis.

—Me quedo con todas.

—No. Con catorce. Dos son para Ovidio.

Ovidio Benítez era el maquinista. Todas las tardes, a la una de la vuelta, Casilda le bajaba dos chipas calientes a la sala de máquinas, y él las agarraba con el trapo, sin decir gracias, porque desde el primer día había decidido que no se agradece lo que se repite.

Venancio contó catorce chipas sobre el mostrador, sacó el boleto y lo selló con la fecha. Casilda lo guardó en el corpiño.

A las cinco y diez subió la escalera de hierro agarrándose fuerte, con un solo escalón por vez, como si el barco pudiera arrepentirse. Arriba el viento era distinto. Venía de más lejos, sin olor a gasoil, y movía la punta del pañuelo que se había atado en la cabeza. Se sentó en un banco de madera del lado del río y puso las manos sobre las rodillas, sin nada que cuidar. Le pareció raro no tener el canasto.

El ferry se despegó de la orilla. Casilda miró hacia abajo por entre los barrotes, por primera vez desde arriba. Vio el techo de la caja del motor, caliente, y las cabezas de las mujeres con sus canastos en el regazo, el pañuelo de la de las gallinas, el sombrero del de la caña. Se veían chiquitas y juntas, y ella no había sabido nunca que así eran. Desde abajo, cada una pensaba que cargaba sola con lo suyo.

Al otro lado, lejos, entre las nubes bajas, se veía la mole gris del puente, con las torres y los cables todavía sin ninguna luz.

—Va a ser raro —dijo alguien a su lado. Era un hombre de saco, con un portafolios sobre las piernas.

—Va a ser rápido —contestó Casilda—. Pero raro, no sé.

El hombre sonrió sin entender y siguió mirando el agua.

En el muelle de Encarnación, ya de noche, Quirino tiró la amarra y el ferry quedó pegado al paragolpes con un golpe seco. Después ocurrió algo que Casilda no había escuchado jamás en treinta años de viajes. Desde la sala de máquinas, abajo, el motor se fue apagando de a poco, un temblor menos cada vez, hasta que quedó apenas el chasquido del metal enfriándose.

Y entonces se escuchó el río. Sonaba bajo y parejo, lamiendo el casco y las maderas del muelle, como si hubiera estado ahí todo el tiempo esperando que lo dejaran hablar.

Casilda se quedó sentada un rato más en el banco de arriba, con las manos vacías, hasta que Ovidio asomó la cabeza por la escotilla, con el trapo en el hombro y una chipa a medio comer.

—Mañana no hay barco, doña —dijo.

—Ya sé. —Se levantó y se alisó la pollera—. Mañana hago el doble. Que los del puente también comen.

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