A las siete de la mañana el horno hizo tac, tac, y la llama azul se apagó como si alguien le hubiera soplado desde adentro. Mirta Hughes se quedó con el repasador en la mano, mirando la fuente de la torta negra, que ya llevaba una hora y diez en el calor y todavía tenía el centro blando.
Era domingo, el último del Eisteddfod. Desde la mañana del sábado los de Trelew venían diciendo que a la noche se terminaban las competencias, y ahora tocaba el culto de canto en la Capilla Bethel, y después el té. Y para el té, treinta y cinco años seguidos, la torta negra la hacía una Hughes.
—Es la garrafa —dijo Mirta en voz alta, a nadie—. Es la garrafa, no puede ser otra cosa.
Era la garrafa. La levantó con las dos manos y pesaba lo que pesa el aire. La llamó a su hija Gisela, que atendió con la voz llena de sueño.
—Ma, es domingo.
—La torta se me enfría por la mitad. Traeme una garrafa o traeme la camioneta, lo que encuentres primero.
—No encuentro nada antes de las nueve. Hacela en lo de la tía Dilys.
Mirta cortó. En lo de la tía Dilys el horno tenía los termostatos de otro siglo. Y además la torta no se podía mudar a medio hacer, lo sabía mejor que nadie: la había aprendido de su suegra, Gwenllian, que la hornéaba tres horas a fuego bajo con la puerta cerrada y la prohibición absoluta de abrirla, como quien vela a un enfermo.
Entonces miró la cocina a leña.
Estaba en el fondo, tapada con una carpeta de crochet y una planta de aloe, desde que habían puesto la de gas, hacía veinte años. Mirta sacó la planta, sacó la carpeta, abrió la hornalla y el aire que salió olía a hollín viejo y a manzana guardada. Fue al galpón por leña de álamo. Los álamos eran lo único que había en Gaiman en cantidad, ordenados en cortinas contra el viento del valle, y los de Gwenllian todavía daban leña buena.
Le llevó cuarenta minutos que el fuego agarrara parejo. Se ensució las manos, el delantal y la mejilla. Metió la fuente en el horno de chapa, que no tenía termómetro, y se sentó en una silla de cocina a escucharlo. Desde chica le habían dicho que la cocina a leña habla, y era cierto: crujía, suspiraba, ticaba cuando la chapa se acomodaba al calor.
Gisela llegó a las nueve y diez, con el pelo mojado y sin garrafa.
—¿Qué hiciste?
—Cocino como cocinaba tu abuela.
—Mamá, vos nunca cocinaste como la abuela.
Era verdad y a Mirta le dolió un poco que se dijera así, de mañana. Gwenllian había muerto en el invierno del año anterior, con noventa y un años, hablando galés en la cama del hospital de Trelew. Mirta no entendía casi nada. Siempre había pensado que a ese idioma había que pertenecerle desde chico, como a un apellido.
—Hay una cosa —dijo Mirta, mientras revolvía las brasas— que no te conté. Me pidieron que cante en el culto.
—¿Vos?
—Calon Lân. La primera estrofa sola, antes de que entre el coro. Me lo pidió el reverendo, porque la suegra siempre la cantaba mientras hacía la torta. Dice que la gente se acuerda.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí. Y después no dormí. Me la sé de memoria, pero no sé lo que digo, Gisela. Son sonidos. Es como cantar con la boca de otra.
Gisela se sentó enfrente. Afuera pasó una camioneta, y se oyó el ruido de las chapas de un galpón sacudidas por una ráfaga. El horno ticó.
—Cantámela —dijo.
—No.
—Cantala mientras se cocina. Total, nadie escucha.
Mirta se miró las manos negras de hollín. Cantó bajito, primero. Las palabras salían como las había copiado en un cuaderno de tapa dura, con ortografía inventada: calon lan yn llawn daioni. Un corazón limpio, lleno de bondad. Eso se lo había traducido un nieto de Dilys alguna vez, y lo había guardado como se guarda una receta ajena. Cantó la estrofa entera, y como nadie se rio, la cantó otra vez.
A las once y media abrió la puerta del horno, rompiendo la ley de Gwenllian, y pinchó la torta con un palillo. Salió limpio. La masa era oscura y compacta, olía a pasas, a cáscara de naranja, a ese licor que se quedaba una semana remojando las frutas. Estaba mejor que ninguna que hubiera hecho con gas.
—Se te quemó un costado —dijo Gisela.
—Ese costado es para nosotras.
La envolvió en un repasador limpio, la puso en una caja, y fue a bañarse con el agua tibia de la cocina a leña, que todavía tenía su gusto a ceniza.
En la Bethel, a las cuatro de la tarde, no cabía un alfiler. Cuatrocientas personas sentadas en los bancos de madera, abrigadas por los forros del invierno que no se iba, con las voces afinando en el aire. Mirta se paró adelante, con el cuaderno cerrado en el bolsillo del saco. Vio la ventana, la cortina de álamos, el cielo que se ponía de ese gris luminoso que tienen las tardes del valle.
Respiró, y cantó.
No cantó bien, ni mal. Cantó con la boca de ella, que ahora olía a humo de leña, y detrás del primer verso entró un bajo, y después las mujeres del fondo, y el sonido subió por la madera hasta el techo como sube el calor de una cocina.
En la mesa del té, después, la torta se terminó antes que los scones. Una mujer muy vieja, con una chalina verde, le apretó el brazo y le dijo algo en galés. Mirta no entendió. Asintió igual, y después se lo pidió a Gisela, que lo había escuchado mejor.
—Dice que olía como la de Gwenllian —dijo Gisela—. Dice que ahora se acuerda de lo que le faltaba.
Mirta sirvió el té de la tetera abrigada con su cubretetera de lana, y el vapor le subió a la cara, y por un rato no dijo nada.
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